Un gobierno al revés que no tardó en volverse disfuncional

OPINIÓN Por Agencia de Noticias del Interior
Las críticas internas al presidente expresaron el desacuerdo de su vice respecto de decisiones como la de Vicentin. Sin control, el doble comando impactará sobre la gobernabilidad
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La idea de una vicepresidenta con poder que designa a un presidente para que ejerza su antiguo papel de jefe de gabinete no está funcionando. Súbitamente empezaron a llover sobre el presidente críticas de su propio sector por el diálogo con empresarios o la toma de distancia respecto del régimen chavista para congraciarse con la administración Trump en medio de las negociaciones por la deuda externa. La lluvia provenía del instituto Patria y coincidió con la caída de la popularidad de Fernández a causa de la prolongada y mal gestionada cuarentena.

Los cuestionamientos fueron pronunciados por personajes de cuarta fila, pero sospechados de actuar como voceros de la vicepresidenta. Por eso Fernández les escribió cartas o trató de justificarse personalmente como en el caso de un ex locutor de fútbol. No eran para ellos las disculpas, sino para su jefa política. A ella le debe el cargo.

Todo empezó con un “tweet” de CFK elogiando un artículo en un diario “K” en el que se cuestionaba el acercamiento del gobierno a empresarios (ver Visto y Oído). Lo peligroso de estos reproches obligó a solidarizarse con Fernández a miembros por lo general silentes de su gabinete como Rossi o Cabandié.

Pero esa solidaridad no está programada para durar para siempre, si el presidente sigue tomando decisiones que no satisfagan a su gran electora, que en la expropiación de Vicentin había puesto en juego a su vocera, Anabel Fernández Sagasti, y la vio salir mal parada por el retroceso presidencial.

Fernández no quiso pagar el costo del repudio popular, cuando eso es lo que se espera de él. Su gobierno es de “transición” y en algún momento deberá hacerse cargo del duro ajuste que continua demorando. Le asignaron el papel que Duhalde desempeñó respecto de Néstor. Hacerse el distraído es insostenible como estrategia de largo plazo.

La crítica periodística de la que se había hecho eco Cristina Kirchner era por el mensaje oficial del 9 de Julio que Fernández dio rodeado de empresarios no “K” del “grupo de los seis”. Era su respuesta a una reunión secreta de Máximo Kirchner con empresarios “K” a la que no había sido invitado. Temió parecer superfluo y quiso pulsear con el poder real: salió magullado.

Como si con eso no alcanzara quedó además descolocado frente al “establishment”. Después de la embestida de Bonafini, el presidente de la Bolsa, Adelmo Gabi, acusado apenas veladamente de oligarca y represor, se sintió obligado a aclarar que él no había secuestrado a nadie. El presidente de la Sociedad Rural tuvo que soportar el enojo de sus representados ¿Qué empresario va a concurrir a la próxima convocatoria de Fernández? Otra pregunta: ¿qué control del aparato sindical peronista le aseguran la CGT y la CTA, si en pleno gobierno peronista Hugo Moyano embiste contra la principal empresa del país?

El kirchnerismo no sólo le complica la búsqueda de consenso entre los poderes “de facto”. También lo hace con los políticos. Juntos por el Cambio forzó en la Cámara de Diputados un encuentro con el oficialismo del que fueron excluidos otros sectores de la oposición. No se esperaba ningún avance concreto. Se conformaban con el gesto. Pero, acto seguido, el cristinismo del Senado organizó un incidente que llevó a la oposición a retirarse de una comisión bicameral ante lo que consideró una provocación: la firma de un dictamen sobre un DNU de Mauricio Macri que ya contaba con dictamen. Un incidente gratuito y evitable, pero también un mensaje: no habrá ningún diálogo mientras la vice no quiera.

Al diálogo en Diputados no concurrió el sector que lidera Elisa Carrió. Simplemente no le creen al presidente, dificultad insalvable para cualquier negociación.

No es una novedad que el presidente tiene doble discurso. Sobre Venezuela, sobre el aumento a los jubilados, sobre pacto con Irán, etcétera. Muchos políticos lo tienen. Pero el problema no es el discurso, sino la falta de un poder efectivo que lo obliga a cambiarlo. Ir y venir como un yoyó lima su credibilidad.

Por eso las rectificaciones pueden ser razonables siempre que no sean forzadas por la debilidad, como ocurrió con Vicentín. Si son efecto de la impotencia, pueden evitar un error, pero generan otros: como las actuales señales de una ruptura interna en la fuerza gobernante que llenan de incertidumbre el horizonte. Las expectativas son lo primero debería despejar el presidente, si quiere empezar a diseñar cualquier solución económica para el diluvio que viene.

Esa imperiosa tarea está en veremos porque demora o equivoca las decisiones, lo que estrecha su margen de maniobra. Hoy su principal obstáculo es político, antes que sanitario o financiero. Está en la extravagante construcción electoral de CFK, que fue exitosa en las urnas, pero que en apenas siete meses demuestra su disfuncionalidad para gobernar.

Por Sergio Crivelli para La Prensa

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