Horacio Rodríguez Larreta volverá a poner a prueba la semana próxima su equilibrio interno y el vínculo con la Casa Rosada

POLÍTICA Por Gustavo Alzirac
La reforma judicial enrarece el clima político mientras el jefe de Gobierno tiene que negociar con el oficialismo cómo sigue la cuarentena. El rol de Elisa Carrió
LARRETA

Según los comensales, el almuerzo del jueves en las oficinas del tercer piso de la calle Uspallata tuvo en su menú más política que de costumbre.

Frente a sus socios de la UCR y la Coalición Cívica -un encuentro que encabeza con frecuencia-, representada por Maximiliano Ferraro y Paula Oliveto, flanqueado por algunos de sus funcionarios más cercanos y con Martín Lousteau conectado vía Zoom, Horacio Rodríguez Larreta escuchó más de lo que habló.

El jefe de Gobierno porteño quiso saber de primera mano qué se decía en el Congreso en torno al controvertido proyecto de reforma judicial, que a menos que el Gobierno decida lo contrario se encamina a tener media sanción en el Senado a mediados de la semana entrante.

Rodríguez Larreta, un experto en hacerse el distraído, está inquieto. Es que a fines de la próxima semana, y horas después de que la Cámara alta discuta el proyecto de reforma judicial que la oposición rechaza de cuajo, deberá volver a sentarse por séptima vez consecutiva junto a Alberto Fernández y Axel Kicillof para anunciar cómo sigue la cuarentena.

El jefe de Gobierno, como buena parte de la cúpula original del PRO, se guía por las encuestas: los sondeos que desmenuzan semanalmente en las oficinas de la administración local dan cuenta que los porteños valoran el trabajo conjunto de gestión de la pandemia entre la Casa Rosada y el Gobierno de la Ciudad. La política, dicen, va por otro carril.

“Nosotros tenemos que administrar la crisis”, repiten de forma insistente colaboradores porteños. Aunque reconocen que el límite es “finito”. Y que caminan todo el tiempo sobre un desfiladero.

Rodríguez Larreta subraya en privado que cada vez que tuvo que marcar diferencias con la Casa Rosada lo hizo, y que los exponentes del sector más radicalizado de la oposición tienen mucha más libertad que él para defenestrar al Gobierno porque no tienen la responsabilidad de gobernar. A pesar de que la confrontación, con excepción de casos aislados, no figura entre sus rasgos característicos.

Pero incluso en esas diferencias -el caso Vicentin, la pasividad del Frente de Todos ante la liberación de presos producto del coronavirus o el eventual intento por ampliar la integración de la Corte Suprema-, el jefe de la Ciudad tuvo que administrar el vínculo con el oficialismo y las tensiones internas.

El comunicado reciente de Juntos por el Cambio sobre la reforma judicial, por ejemplo, después de una reunión virtual de la cúpula opositora que contó con la participación de Mauricio Macri en remera desde una habitación francesa, provocó un intenso cruce telefónico entre el jefe de Gobierno y Patricia Bullrich, que lidera al sector más combativo del PRO.

Rodríguez Larreta se enfureció porque en el texto que incluía duras críticas al proyecto del Frente de Todos aparecía su firma y no las del resto de los gobernadores de Cambiemos. Comprensible: el alcalde negocia con la Casa Rosada el traspaso de la Justicia nacional penal a la órbita de la Ciudad. Además de la gestión de la crisis sanitaria.

El debate parlamentario de mediados de semana tendrá, afuera del Congreso, un contexto peculiar: desde un sector de la oposición fomentan una convocatoria en las puertas del Senado para protestar por el “plan de impunidad” que Cambiemos jura que Cristina Kirchner pretende instalar para limpiar su legajo judicial.

Por esas horas, el jefe de Gobierno, el Presidente y Axel Kicillof estarán abocados, en paralelo, a resolver la continuidad de la cuarentena, sobre la que hace tiempo empezaron a multiplicarse críticas de la oposición. El alcalde empezará desde hoy a planificar su cronograma de reaperturas, que pretende que siga adelante.

Los colaboradores de Rodríguez Larreta le restan dramatismo. Dicen que es parte de la dinámica de la gestión. Que la semana anterior también compartió el escenario presidencial de Olivos y que 48 horas después se registraron las protestas del feriado con epicentro en la Ciudad que Alberto Fernández y Kicillof fustigaron, y de las que el propio alcalde se desmarcó.

Dicho anuncio estuvo atravesado por sutiles mensajes cruzados. “Se trata de ir recuperando progresivamente las libertades que esta pandemia restringió en el mundo entero”, deslizó el jefe de Gobierno en su discurso de quince minutos. El concepto “libertades”, en el que empezó a machacar en las últimas conferencias, suele irritar especialmente al jefe de Estado. Alberto Fernández anotó en un papel mientras hablaba el alcalde.

Y al final, contestó, serio: “Algunos comentarios finales... nosotros nunca restringimos libertades, solo cuidamos la salud de la gente”. La armonía política, aún desde la retórica, pende siempre de un hilo.

En el encuentro remoto de este martes, la jefatura de Juntos por el Cambio mostró algarabía por la concurrencia de la convocatoria. Desde Europa, Macri mandó a escribir en sus redes sociales que estaba “orgulloso” de los argentinos. Bullrich remarcó que “la gente va a dejar en el camino a los tibios”. El jefe de Gobierno, en cambio, avisó horas antes de la reunión virtual que ya tenía agendada una cita por planificaciones presupuestarias de su gobierno. No participó del Zoom. María Eugenia Vidal, su socia interna, sí lo hizo. Pero no abrió la boca.

Las tensiones por la marcha del lunes y el rol de la oposición volvieron a quedar expuestas. Y fue de nuevo Elisa Carrió, después de una charla telefónica con Rodríguez Larreta, la que le tiró un salvavidas. Aseguró a través de sus redes que “nadie debe arrogarse o sacar ventajas de la movilización” y amplió: “Hay que mantener un diálogo mínimo con el Presidente”. “(La radicalización de Cambiemos) Es funcional a Cristina Kirchner”, agregó. Música para los oídos del jefe de Gobierno.

En medio de esa tirantez interna, Rodríguez Larreta se encamina a otra semana de equilibrio político. Y vuelve a insistir en que no comulga con la grieta. Aún cuando le sirva para llegar a ser gobierno, su objetivo histórico. “Tengo 54 años y hace 50 que quiero ser presidente. Con la grieta puedo llegar a ser presidente, pero no sirve para gobernar”, se confiesa en privado, entre sus colaboradores.

Con información de www.infobae.com sobre una nota de Federico Mayol

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