Borrell: “Lukashenko es como Maduro. No le reconocemos pero hay que tratarle”

INTERNACIONALES Por Carlos E. CUÉ
El Alto Representante asegura que la UE no quiere otra Ucrania y habla con Rusia para empujar a la democratización
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“Yes, ¿mister Lavrov? This is mister Borrell”. La entrevista, realizada el jueves durante un descanso del curso Quo vadis Europa que dirige desde hace 20 años en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en el paraíso tranquilo del palacio de la Magdalena en Santander, se acaba como estaba previsto cuando le llama el ministro de Exteriores ruso para hablar de Bielorrusia. Josep Borrell (La pobla de Segur, 73 años), Alto Representante europeo para Asuntos Exteriores, curtido en mil batallas, charlará con él en un pasillo del palacio intentando convencerle de que esta vez no es como el fiasco de Ucrania: ahora la UE no quiere pelear el control geoestratégico con Rusia, solo promover la democracia y ayudar a los bielorrusos que piden libertad. El superministro de Exteriores de la UE ha pasado todo el verano apagando incendios. Y aún le quedan muchos.


Pregunta. ¿Hasta dónde va a llegar la UE para lograr que Alexandr Lukashenko deje el poder de manera pacífica?

Respuesta. El caso de Bielorrusia no es comparable al de Ucrania. Allí hubo una tensión entre la vocación europea y la de asociarse con Rusia, los manifestantes llevaban banderas europeas. Tuvo una dimensión geopolítica. Los bielorrusos no están discutiendo ahora si papá o mamá. Simplemente reclaman un régimen de libertades y derechos civiles. No hay banderas europeas en las manifestaciones. Y la UE tampoco tiene intención de convertir Bielorrusia en una segunda Ucrania. Tenemos que impulsar una reforma política pero evitando aparecer como un factor distorsionante que es como se nos podría percibir del lado ruso. Esa tensión entre Europa y Rusia se saldó a tiros, con violencia y con una disgregación del territorio ucranio que todavía dura. El problema de hoy de los bielorrusos no es escoger entre Rusia y Europa, es conseguir libertad y democracia, que son valores básicos de la Unión Europea y que, por lo tanto, apoyaremos.

P. ¿No le interesa a la UE que Bielorrusia no caiga en manos de Vladímir Putin?

R. Nos interesa sobre todo que los bielorrusos puedan vivir en un régimen de libertades políticas, y tener buenas relaciones con todo nuestro vecindario. Un vecindario muy complicado, como se ha demostrado este verano. Desde el Sahel a Oriente Próximo, pasando por Libia, Turquía, Irán y ahora Bielorrusia, todo nuestro vecindario es conflictivo. Y la UE no tiene varitas mágicas. Tenemos recursos financieros, hemos movilizado 50 millones de euros para ayudar a la sociedad bielorrusa, tenemos influencia política, pero Bielorrusia no debe ser una segunda Ucrania.

P. No hay banderas europeas, pero sí cierto deseo de occidentalización, de democratización en Bielorrusia. ¿Puede pasar como en Ucrania, que ese deseo de apertura acabe al revés, en un mayor control de Putin de esa zona?

R. Es también lo que hay que evitar. Por eso estamos en contacto con Rusia. El presidente del Consejo ha hablado con el presidente Putin y yo con el ministro Lavrov para evitar malentendidos y que del lado ruso se tomen decisiones que podrían desestabilizar la situación. Ya en 2010 dijimos que esas elecciones eran falsas, y Lukashenko respondió con la misma violencia a los manifestantes. En 2006 ya establecimos sanciones contra el propio Lukashenko y 230 responsables. Después hizo un tímido movimiento de liberalización, soltó unos cuantos presos políticos, quisimos creer que era una buena señal y levantamos la totalidad de las sanciones. Está claro que ahora habrá que volver a ponerlas.

P. ¿Para la UE, Lukashenko tiene que caer?

R. No lo reconocemos como presidente legítimo. Como tampoco reconocemos a Nicolás Maduro. Desde este punto de vista Maduro y Lukashenko están exactamente en la misma situación. No reconocemos que hayan sido legítimamente elegidos. Sin embargo, nos guste o no, controlan el Gobierno y tenemos que seguir tratando con ellos, a pesar no reconocer su legitimidad democrática. El objetivo es que los bielorrusos tengan la oportunidad de expresarse libremente. Eso es lo que decidió el Consejo Europeo.

P. ¿Qué relación debe tener Europa con Rusia, que quiere ocupar cada vez más espacio?

R. La relación con Rusia es tan compleja como la relación con China. Es un poliedro que tiene muchas caras. Con Rusia, por una parte la sancionamos pero por otra tenemos una dependencia energética que para algunos países es muy fuerte. No se ve igual lo de Rusia si eres lituano o portugués. Rusia es un actor en la política internacional, con deseos de volver a jugar un papel de potencia, no es la única que siente la vieja tentación imperial. Pero, nos guste o no, hay muchos problemas de los que tenemos que tratar con Rusia para intentar resolverlos, desde el Ártico a Siria.


P. ¿Le preocupa el posible envenenamiento del opositor Alexéi Navalni?

R. Naturalmente que nos preocupa, y además nos ocupa. Un avión lo ha llevado a un hospital alemán. Estas cosas nos recuerdan acontecimientos que ya nos preocuparon. Pero aún está todo por verificar.

P. ¿Por qué cuesta tanto consolidar la democracia en Rusia?

R. No solo en Rusia. La democracia está muy poco consolidada en muchos países del mundo. Y en otros hay una preocupante fatiga democrática. Los europeos no somos conscientes de la enorme suerte que tenemos de vivir en la mejor combinación de libertad política, prosperidad económica y solidaridad social que hay en el mundo.

P. ¿Putin respeta la UE?

R. ¿Me preguntas por Putin o por Trump? Cuando Putin actúa como actúa, primero en Siria y después en Libia, y antes en Ucrania, lo hace utilizando su potencial militar y su voluntad de actuar con una potencia hegemónica regional. Para él sería más fácil que no existiera la Unión Europea. Entonces solamente tendría que tratar con países uno a uno, y algunos poco tendrían que decir. Precisamente para hacer frente a los riesgos y a las amenazas en nuestras fronteras, la Unión Europea tiene cada vez más razón de ser.

P. Francia quiere acercarse a Rusia.

R. Francia tiene una posición más aperturista con Rusia, cierto. Pero Alemania también, es perfectamente consciente de que Rusia es un mercado y un suministrador energético. La situación de Polonia y de los países fronterizos antes dominados por la Unión Soviética, en particular los bálticos, es distinta. El problema que tenemos en Europa a la hora de hacer una política exterior común es que no compartimos la misma visión de cuáles son nuestras amenazas. Porque no tenemos la misma historia. Y por eso nuestra visión del mundo es diferente. Pongo un ejemplo: los polacos creen que deben su libertad a Estados Unidos y al Papa. Y tienen razón. Pero yo como español pienso que he soportado la dictadura franquista en buena medida por el apoyo de Estados Unidos y el Vaticano. La política exterior es la proyección del resto del mundo de tu identidad histórica.

P. ¿El fondo de recuperación salva a la UE?

R. El virus ha tenido un gran efecto de catalizador de la integración europea. Sin él seguiríamos diciendo que no se puede acudir mancomunadamente a los mercados financieros, que no se pueden dar transferencias financiadas con deuda. Una vez más se comprueba que la UE se construye en las crisis. O según el refranero, a la fuerza ahorcan.

P. ¿La pandemia puede haber salvado a la UE?

R. Le ha dado una nueva imagen. Al principio de la pandemia, Europa tuvo muy mala imagen. Vimos italianos quemando las banderas europeas. Y un sálvese quien pueda, con los alemanes que no querían vender sus stocks de material sanitario a Italia y aviones rusos y chinos aterrizando en Milán con las banderas desplegadas diciendo aquí estamos nosotros, que somos los buenos. Al principio la imagen no fue brillante. Pero después hubo una respuesta mancomunada, difícil de gestar, que rompió moldes. Hemos de sentirnos satisfechos. Ahora los europeos ven que Europa se moviliza organizando la solidaridad de una manera más profunda.

P. ¿España está preparada para gastar bien ese dinero?

R. No va a ser fácil ejecutar esos miles de millones. Porque las transferencias no se dan sin condiciones. Pero no va a haber hombres de negro en el sentido de la troika, porque no va a haber ajustes macroeconómicos, pero sí va a haber lógica condicionalidad para que estos recursos se empleen para los fines a los que se destina, desarrollando la respuesta climática, la transición ecológica, la digitalización de la economía. Ni hombres de negro ni cheques en blanco. Es lógico que haya preocupación por la ejecución de ese ambicioso plan.

P. ¿Hay preocupación con la situación política de España, en particular con una coalición inédita en Europa?

R. No particularmente. Mire, fui ministro de Obras Públicas, me tocó administrar buena parte de los fondos estructurales. Aquello fue más fácil porque los fondos estructurales eran básicamente infraestructuras de obras públicas que sabíamos construir. Pero fuimos los que mejor gestionaron los fondos estructurales, y eso que fue un aluvión de dinero. Ahora es más difícil, porque a un camarero que se ha quedado sin trabajo en la Costa del Sol no le vamos a decir solo que su futuro será verde y digital. Te dirá “vale, ¿pero qué hay de mi presente?” A corto plazo hay un problema de mantenimiento de rentas y capitalización de empresas, que es un trabajo más micro. Esto va a exigir una gran eficacia administrativa a todos los países.

P. Si Donald Trump gana las elecciones, nos encaminamos a un mundo de guerra comercial entre dos grandes superpotencias, con China. ¿Cómo se coloca ahí la UE?

R. La UE tiene que definir su propia política internacional y no quedar presionada dentro de esa confrontación chino americana que va a marcar este siglo. Ahora mismo, EE UU ha perdido una votación en el Consejo de Seguridad porque no han votado sus propuestas sobre el embargo de armas a Irán países como Francia, Alemania y el Reino Unido. Pero no es solo Trump, hay una corriente de fondo también en la sociedad americana que es la relación con China. Seguramente tanto los americanos como nosotros hemos pecado de una cierta ingenuidad y ahora queremos nivelar el terreno de juego. Lo que pasa es que nosotros hacemos de una manera más, digamos, negociada.

P. ¿Europa tiene que ocuparse más de su propia defensa sin depender siempre de EE UU?

R. Es lo que se llama la autonomía estratégica europea, lo cual no quiere decir que nos vayamos a ir de la OTAN. El euro nos da una cierta autonomía estratégica europea, sin el euro España no se habría podido ir de Irak, pobre peseta si la hubiéramos tenido. Pero no la tenemos todavía en materia de defensa, como se demostró en Libia. La hemos de construir de forma complementaria a la que nos da la pertenencia a la OTAN. Desarrollar una política de seguridad y defensa europea es una de las tareas que me toca hacer, sabiendo que no todos los países europeos lo ven de la misma manera y no todos tienen el mismo interés en ella.

P. ¿La situación en Libia puede provocar una crisis migratoria como la de Siria?

R. No es Libia, es la presión migratoria que viene del Sahel. Sobre Siria tenemos acuerdos con Turquía discutidos y discutibles, pero no estamos dando dinero al Gobierno turco, estamos dando dinero a los refugiados en Turquía, que son 3,7 millones de personas, la mayor masa de refugiados que acoge ningún país.

P. ¿No es una subcontratación de un problema?

R. La alternativa es que las sociedades europeas decidan aceptar que esos 3,7 millones de exiliados vengan y se instalen en Europa. ¿Lo quieren? Pues si no quieren hay que buscar una solución alternativa. Hacer política exige definir objetivos de acuerdo con tus capacidades. Poner la cabeza en el cielo dejando de tener los pies en el suelo no sirve de mucho.

P. No hay forma de evitar que siga muriendo gente en el mar frente a Europa?

R. Sí, pero para ello hay que regular la inmigración y el asilo a escala europea, y desde hace demasiado tiempo la UE ha sido incapaz de hacerlo. La inmigración no puede ser un fenómeno desregulado, que infunda temor en las sociedades, porque es fácilmente manipulable. Pero Europa necesita inmigración. Algunos países europeos no lo quieren reconocer, prefieren envejecer a mezclarse, como los japoneses, por cierto. Otros están más abiertos. Pero todos necesitamos compensar nuestro bache demográfico con inmigración. Ah, y llamemos a las cosas por su nombre: la guerra de de Siria no mandó migrantes, mandó exiliados, como la Guerra Civil española mandó exiliados a las playas francesas, exactamente igual.

P. ¿Hay riesgo de choque armado entre Turquía y Grecia?

R. Es una situación muy tensa. En el Consejo de ministros de Asuntos Exteriores que hemos tenido en este verano, que me he pasado con un teléfono en cada oreja, las tres palabras más usadas fueron solidaridad con Grecia y Chipre; desescalada, porque hay muchos barcos de guerra maniobrando en la misma zona y el otro día hubo un choque accidental entre un barco griego y otro turco que mañana puede ser otra cosa; y negociación. Con Turquía las cosas han ido de mal en peor, necesitamos recomponer la relación y eso solo se hace negociando.

P. ¿Habrá sanciones contra Turquía?

R. El Consejo me pidió que presentara una panoplia de posibles sanciones. Ya las ha habido contra algunos directivos de empresas que hacen perforaciones. Si las cosas no van mejor habrá que actuar, pero estamos tratando de evitarlo. Mi función no es echar leña al fuego sino evitar el incremento de las tensiones.

P. Ha dado la bienvenida al acuerdo Israel-Emiratos Árabes pero algunos socios creen que puede ser una puñalada a la causa palestina.

R. Depende. Tenemos buena relación con Israel, con Emiratos, con los palestinos. Todo tiene ventajas e inconvenientes. Este acuerdo ha servido al menos para evitar que durante el verano se produzca la anunciada anexión del valle del Jordán que hubiera sido un punto de grave desencuentro con Israel. Lo que sí hemos dicho claramente desde la UE es que el plan de paz presentado por Jared Kushner no es buena base para la negociación.

P. Lleva nueve meses en el cargo. ¿Es frustrante tener que pactar todo por unanimidad?

R. Llegué al cargo convencido de que había que abandonar la regla de la unanimidad y ahora lo estoy más que nunca. Pero soy consciente de que para cambiar la unanimidad... hace falta unanimidad, y tal cosa no existe, todo el mundo quiere guardarse el derecho al veto. Es un cargo apasionante en el que tienes que tener mucha paciencia, saber que es un maratón. Agradezco a la vida tener la oportunidad de acabar mi carrera política en un puesto tan exigente.

Fuente: El País

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