Luz amarilla: los técnicos del FMI niegan fondos frescos

ECONOMÍA Por Walter Graziano*
Los argentinos solemos tener con el dólar la misma relación que los analizantes tienen con los psicoanalistas.

Los argentinos solemos tener con el dólar la misma relación que los analizantes tienen con los psicoanalistas. El analizante por momentos ama al analista, por momentos lo odia, escudriña qué es lo que puede estar pensando acerca de lo que le dice, o incluso teme, infantil y erróneamente, una sanción acerca de ello. Los argentinos, por su parte, a veces amamos al dólar, a veces lo odiamos, pasamos un buen tiempo pensando para donde puede ir, e incluso, infantil y erróneamente tememos que nos impida hacer un buen negocio. Y ahora, como se acerca fin de año, las reservas no son muchas y sobre todo porque se está negociando con el FMI muchos empiezan a temer que haya cambios abruptos en el dólar oficial. ¿Tiene esto sentido? Quienes piensan que sí argumentan que la magnitud de la brecha cambiaria es altísima, que el “dólar solidario” de $140 le pone un piso al “dólar Bolsa” y al “dólar contado con liquidación” para acercarse al dólar oficial de $82 y que las brechas cambiarias cuando son tan altas se cierran por un único camino: la devaluación brusca del dólar oficial. Ahora bien, todo eso puede ser muy cierto y sin embargo también puede ser no aplicable a la situación argentina actual. La brecha puede ser altísima, el “dólar solidario” puede ser a medias un obstáculo para que las variantes libres del dólar bajen y quizás, para cerrar la brecha en el corto plazo no hay otra forma de hacerlo que devaluando bruscamente el dólar de $82.

Sin embargo, la gran pregunta que debemos hacernos en este punto es cuál es el objetivo que hay atrás de cerrar la brecha y porqué el FMI muchas veces lo recomienda. Y la respuesta es sencilla: muchas veces una brecha cambiaria de gran magnitud implica atraso cambiario acumulado por meses o incluso por años.

Ese atraso cambiario a su vez suele generar abultados déficits de balanza comercial y de cuenta corriente que no pueden ser solucionados de ninguna otra manera que con una devaluación de magnitud muy considerable. Y como si esos grandes déficits comerciales y de servicios reales y financieros no son solucionados las reservas se extinguen inexorablemente, la realidad -y el FMI- presionan en tales casos por una maxidevaluación.

Sin embargo, este hoy por hoy no es el caso argentino. Si se mide comparativamente -como muchos economistas gustan erróneamente- el tipo de cambio de $82 no está retrasado con respecto a la historia. Si en cambio se lo mide con respecto a la situación de la balanza comercial y el resultado de la cuenta corriente de sector externo que ha generado en el pasado reciente, lo que se observa es un muy abultado superávit de balanza comercial, y a partir de la renegociación de la deuda, también un superávit en la cuenta corriente.

Por lo tanto, ¿para qué estamos tan desesperados para cerrar la brecha cambiaria si la pérdida de reservas no existe por causa de ningún déficit de balanza comercial? No es difícil imaginar que si se hiciera caso a esta recomendación que muchos hacen la cuestión concluya así: gran devaluación seguida de gran aumento de precios, generación de un superávit comercial aún mayor por caída adicional de las importaciones y rápidamente generación de un nuevo dólar “contado con liquidación” y un nuevo “dólar blue” flotando tranquilamente otro 20%, 30% o 40% por encima del nuevo “dólar oficial” tras la flamante devaluación. Pero eso en forma inicial. Tras sólo unos meses ante la menor situación de desconfianza o de conflicto entre variables económicas la brecha volvería a superar el 50% dando origen nuevamente a todo tipo de razonamientos a favor de una nueva devaluación. Con devaluación y nada más atrás nada bueno se puede conseguir. Quizás una ganancia efímera de reservas que nuevamente tenderían a perderse al calor de la suba de la nueva brecha cambiaria. Devaluar y nada más hoy es como el perro que se muerde la cola. Puede intentarlo mil veces que es imposible.

El Gobierno parece presentir esto, y el propio FMI lo desaconseja. Es probable que ambos en este punto estén en lo correcto y el consenso de los analistas económicos equivocado.

Sin embargo, antes de que las autoridades clausuren peligrosamente el tratamiento de este tema, también deben tener en cuenta la muy magra cifra de exportaciones industriales y de servicios que en forma conjunta no llegan ni al 20% de las exportaciones totales, por lo cual el debate acerca del tipo cambio real merece ser puesto bajo un paraguas tras definir algunas cuestiones que es preciso resolver con el FMI en vez de cerrarse por completo. Recientemente uno de los funcionarios de carrera del FMI expresó que prácticamente no hay margen para que Argentina reciba dinero fresco de esa entidad y que debe buscarlo del Banco Mundial, el BID y otros organismos. No hay que confundirse: el aporte de fondos frescos que esos organismos pueden otorgarle al país es muy bajo. Se necesitan fondos frescos de entre u$s10.000 millones como mínimo y u$s15.000 millones de manera más realista para que la economía argentina pueda tener un 2021 tranquilo. No serían fondos para gastar ni para intervenir masivamente en el mercado de cambios como Sturzenegger o Caputo lo hacían en 2018, sino para engrosar las reservas y evitar así que los exportadores acumulen granos sin vender o demoren hasta el último día sus liquidaciones y los importadores se agolpen en la puerta del BCRA demandando dólares que no son baratos a $82 por temor a tener que hacerlo en meses a $120, $130 o $140.

Esto es lo que está ahora presionando sobre las reservas del BCRA, y el resabio del “dólar ahorro” cuya supervivencia es difícil de entender.

Es para eso que se necesita el apoyo del FMI. Y uno de sus funcionarios técnicos prácticamente anuncia que no habrá fondos frescos de magnitud para el país. Era cantado que un funcionario técnico de la línea del FMI iba a decir eso. Los créditos a los diferentes países se calculan según la cuota que tienen en ese organismo y Argentina recibió bajo el Gobierno de Macri un préstamo que excede con creces los límites máximos según la cuota que posee en el FMI. Todo parece indicar que es errónea la forma de negociar con el FMI por la que se ha optado. El área técnica de ese organismo va a resultar un frontón inexpugnable y por ese lado es una gran pérdida de tiempo conseguir fondos frescos.

Hay que hacerlo, sin demora, como ya hemos dicho, mediante el lazo que en cuestión de meses el presidente Fernández o el canciller Solá puedan generar con sus pares de los países principales aportantes del FMI, que son Estados Unidos, Europa Occidental y Japón y China. Si no se empieza a llamar a esos jefes de Estado va a ser muy difícil que veamos un solo dólar nuevo del FMI. La línea jerárquica interna de ese organismo no va a tenernos la menor piedad. Sólo el directorio del organismo puede enmendar la terrible “gaffe” que el FMI cometió al otorgarle a Macri un supercrédito fuera de los límites estatutarios del FMI para que gane las elecciones de 2019. El FMI debe reparar ese gran error y para que lo haga es necesario que EE.UU., Alemania, Francia, Italia, Japón, el Reino Unido , Canadá y China como mínimo -los primeros siete conforman el G-7- realicen conciliábulos entre ellos en los que se decida no dejar librada a la Argentina a las vicisitudes que pueden ocurrir producto de un bajo nivel de reservas. Para eso existen las RRPP y las RRII en el mundo.

Para cuestiones por el estilo. Pero en Argentina a veces se da la peculiaridad de no darle importancia al G7 -que concentra una mayoría de votos suficiente para decidir en el FMI- al mismo tiempo que se le debe ir a pedir financiamiento especial. Y se pretende que los funcionarios de línea del FMI eleven a sus superiores y al directorio del organismo el petitorio de fondos frescos. Forma asegurada de no obtener nada de nada. Es la hora de que aparezcan, en este tema, el canciller y el propio presidente. Si se deja correr el tiempo, todo va a resultar más difícil.

* Para www.ambito.com

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