La agenda judicial se convirtió en el campo de batalla para la política

POLÍTICA Por Gabriel Morini*
Año signado por intentos reformistas que todavía no se plasmaron, fricciones internas y la Corte Suprema como protagonista. Oposición y oficialismo abonaron a la judicialización de la política. Desafiante 2021 por impacto económico de sentencias.

Las tensiones internas dentro de la coalición que conforma el Frente de Todos quedaron en evidencia mayor en la arena de lo judicial. El primer año de gestión de Alberto Fernández comenzó con una pelea que abarcó a gran parte del Poder Judicial -con el recorte del régimen especial de jubilaciones- y terminó, en una hipérbole respecto de la Corte Suprema, responsabilizada de las principales desventuras que no solo aquejaron al oficialismo, sino que supuestamente jaquean a los otros dos poderes del Estado. Así planteado, 2020 fue un año para medirse y 2021 asoma como el que debería desembocar en una pelea a 12 rounds. Pero la superficie de lo simbólico no necesariamente acompaña la praxis política, en un tiempo en el que se ha exacerbado la judicialización de la política, en extremo. Las partes acuden a un árbitro al que no respetan porque dicen que inclina la cancha, en un “loop” más difícil de explicar que de aceptar. La pandemia logró solamente estirar un poco los plazos pero no modificó el imaginario de dos sectores que conviven en el oficialismo y que van a continuar en permanente movimiento, como placas tectónicas.

Desafíos 2021

Fuera de la superficie discursiva, el año próximo deja en un signo de interrogación respecto de gran cantidad de expedientes de alto impacto económico. Los cambios en las fórmulas previsionales, el impuesto a las grandes fortunas, el reparto de los fondos coparticipables de las provincias y de la Ciudad, los juicios que recibe el Estado por pago de suplementos de forma irregular en las fuerzas de seguridad. Son algunos ejemplos de los pendientes. Todos ellos capaces de tornarse dramáticos para un Estado malherido en su macroeconomía y que debe dar señales de cuidado de su “caja” para evitar desequilibrios mayores.

El 2020 fue también el año de los ensayos de reformas. Ninguna terminó de constituirse más allá de los bocetos y otras quedan pendiente de actualización legislativa, con destino incierto. Eso en un contexto de anomia en los sectores más expuestos a las luces del Poder Judicial que, luego de años de adquirir visibilidad a fuerza de decisiones discutibles que ingresaban en la agenda como un modo de hacer política, de los que hizo uso y abuso Cambiemos, pasó al modo “Cigarrillo 43”, tal como se conoce al juego popular donde quien está de espaldas cuenta mientras el resto avanza, y cuando se da vuelta a mirarlos, se quedan estáticos.

En ese aspecto, 2020 se irá como un paréntesis en las reformas estructurales y también en los cambios en el modo de hacer. Para una sociedad desanimada respecto de sus principales instituciones, en la judicial tampoco ha encontrado la seguridad que necesitaba para aventar temores y descontar desconfianzas. El fenómeno de la judicialización de la política dejó así una nueva marca por batir.

La carta de Cristina de Kirchner podría encuadrarse en el epílogo que sintetiza las peripecias del año. Pero también como ordenadora hacia el interior del oficialismo, y como carta de introducción para el año venidero. Una piedra lanzada al estanque para contar cuántas ondas genera. En el camino, una ampliación de estructuras judiciales que ya hoy nadie tiene tan presente, el trabajo de una diversa comisión de juristas que elaboró una serie de sugerencias para la reforma de muchos procedimientos judiciales, la modificación de la Ley de Ministerio Público -que sigue dejando en suspenso el nombramiento de un Procurador General, algo que parecía que iba sobre ruedas-, y la discusión por los jueces trasladados. Todo podría ser una historia en desarrollo porque ningún episodio llegó a su clímax. Adicionalmente, Comodoro Py aprovechó la pandemia para volar debajo del radar. Jueces políticamente expuestos cultivaron el bajo perfil y supieron contener la respiración debajo del agua. Como en muchos aspectos de la vida, el confinamiento y la pandemia pusieron pausa a la acción, y pese a la hiperactividad en materia de reformismo solo hubo movimientos de sparring.

Culpa de todos

La oposición no mejoró el score y la falta de consensos también guió la necesidad de resolver en tribunales lo que la discusión de los poderes representativos no zanjó. Hasta las sesiones remotas, en plena pandemia, fueron objeto de presentaciones judiciales. La calidad del debate volvió a dejar insatisfechos a quiénes nadan contra la corriente para que la “grieta” no se los fagocite. En este escenario, siempre dinámico y con múltiples condicionamientos, surge la necesidad de alcanzar un umbral que permita -institucionalmente- dar los pasos necesarios para salir del lodazal para el que, a veces, hace falta mirar el calendario para comprobar que no han sido experiencias ya vividas.

Fuera del combate de trincheras quedan empresas que deben empezar a reconstruirse tras meses de actividad paralizada, individuos que perdieron sus empleos, abogados que deben retomar actividades, personas que deben dirimir cuestiones cotidianas de sus vidas a través de los tribunales y un sistema de administración de justicia que mostró excesivos flancos débiles con la ausencia de presencialidad. La discusión acerca de una modernización efectiva que permita en la era digital agilizar los procesos pudo haber sido una prioridad. Esperanzas para 2021.

* Para www.ambito.com

Te puede interesar