Anne Boyer: “El mundo entero está catastróficamente enfermo”

OPINIÓN Por ANDREA AGUILAR
Ganadora del Premio Pulitzer por su libro ‘Desmorir’, que llega a las librerías el 22 de febrero, la poeta y profesora construyó una historia cultural y personal del cáncer a partir de su experiencia
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Cuando empezó a recibir felicitaciones en su móvil cuenta que pensó que era un error. Estaba impartiendo su clase de filosofía, literatura y escritura a los alumnos de Kansas City Art Institute, y ríe al recordar su preocupación por cómo tendría que aclarar el malentendido y contestar que “se habían confundido de Anne”. Pero no, resultó que era ella Anne Boyer (Topeka, Kansas, 46 años) quien se alzó con el Pulitzer de no ficción la pasada primavera. A esta poeta y ensayista le había ido la vida, en más de un sentido, con ese libro premiado, Desmorir (Sexto Piso), un ensayo en el que abordó el agresivo cáncer de mama que padeció. En esas páginas construyó una historia literaria, cultural y social de la enfermedad, resistiendo con conmovedora fuerza “el miedo a convertir el dolor en un producto”.

Hace cinco años y medio que Boyer terminó el tratamiento, pero hoy ve cómo el mundo entero en plena pandemia está pasando por algo que guarda ciertas similitudes con lo que ella pasó. “Todos padecen de ese miedo, ansiedad, negación, y esos periodos de demencia, en los que intentas enfocarte en cualquier otra realidad que no sea la que tienes que afrontar. Han empezado a vivir como nosotros, los pacientes de cáncer; como si el mundo entero estuviera catastróficamente enfermo”, dice desde Kansas City donde está de sabático.

Mientras estuvo enferma nunca dejó de trabajar, de pagar facturas de criar a su hija, pero dice que cuando todo pasó resultó difícil readaptarse. “Cuando tienes cáncer todo está en alta definición y vives con intensidad la lucha por cada día. Cuando todo no es a vida o muerte, aunque tengas secuelas del tratamiento no es nada épico, solo te sientes cansada. Había algo especial en todo lo que rodeaba la enfermedad que se termina al volver a la vida”.

El libro empezó cuando le dieron el diagnóstico porque ella anota desde siempre todo en sus diarios. “Luego reunirlo parecía interminable e imposible, poco inspirador. Los problemas crónicos de salud que desarrollé y las dificultades cognitivas, la adaptación a la nueva manera en que era vista, me hacían pensar que no iba a terminarlo”. Le costó. “Condensé y apreté las palabras y el proceso de encontrar esa forma para el libro casi hizo soportable enfrentarme al tema”. Dice que comprende perfectamente a quienes, ante una enfermedad grave, optan por ponerse un chándal, tomar un valium y colocarse frente al televisor mientras están con el tratamiento. “Es algo muy razonable, pero mi carácter me lleva a meter la cabeza en las fauces del león”, asegura. En la estantería que tiene detrás hay una figura de cerámica de un tigre como si rugiera. Recuerdo de una almoneda.

En las primeras páginas de Desmorir hace un repaso por una serie de escritoras que han tratado el cáncer: Alice James, Audre Lorde, Rachel Carson, Susan Sontag, Kathy Acker, Fanny Burney, Jacqueline Susann, Ellen Leopold, Eve Sedgwick. “Tuve que aceptar que padecía una enfermedad con género, pero me resistía. Sin embargo, yo era esa mujer lo quisiera o no”, afirma. “Mirar lo que estas escritoras brillantes habían hecho era muy importante. Luego investigué y llegué a Elio Aristedes”. El sofista griego y el poeta John Donne acompañan a Boyer, como también Virginia Woolf.

Escribe que “bajo el barniz de una salud perfecta estábamos enfermos y totalmente sanos en un mundo enfermizo”. Las condiciones socioeconómicas no son ajenas al análisis y la poesía de su libro. “Ves esta distribución de la riqueza e incluso que los que forman parte de la clase media sienten que el mundo tiembla bajo sus pies, y todo esto crea un paisaje común. Ahí estamos tratando de ser felices, haciendo ejercicio compulsivo, o lo que sea, y por debajo está este universo de cosas venenosas que compartimos”.

Boyer se rebela y reflexiona sobre la estigmatización que conlleva el cáncer. “Puedes tener 7 o 70, si vas a quimioterapia los demás solo ven eso. Otra cosa que complica la tarea de escribir sobre este asunto son las narrativas sentimentales con lágrimas, madres que mueren, amantes trágicamente separados por la enfermedad o la pérdida de la belleza. No quería eso. Ese no era mi cáncer, pensaba en mortalidad y capitalismo y no quería que esa sentimentalidad se impusiera”. Optó por agrandar la perspectiva con una dimensión más abstracta. ¿Una intelectualización del dolor? “Hay una gran bola dialéctica del cuerpo y el intelecto. Lo que intenté hacer es impedir que uno dominara sobre el otro. Quería dar un testimonio sincero y vulnerable de lo que es tener un cuerpo, sentir dolor, pasar miedo y no quería hacer trampa”, explica. Imaginó su libro en dos planos o “rectángulos”. Uno era su cama “donde estaba tumbada con mis sueños y sentimientos”; el otro era “una pantalla”, es decir, la información médica, libros, redes sociales, internet. “El libro se mueve entre estas dos versiones del mundo: una íntima y vulnerable; y, la otra, un universo de datos”.

Advierte en Desmorir que el sufrimiento de las mujeres puede caer en el “oportunismo literario”. ¿Y el de los hombres? “Hay algo heroico y masculino en los hombres que se sobreponen a la dificultad y sufren”, reflexiona. “A las mujeres se les da una especie de pasividad cinemática. Está la manera preciosa y femenina de sufrir, y luego está la vida real”.

Si ella tuviera que entrocarse con una tradición lo haría dice con la de los poetas que escriben prosa, como Donne o Lorde. ¿Cuál es la principal diferencia entre la generación actual de ensayistas y digamos, Susan Sontag? “Fue una pionera que abrió el camino, y por eso creo que ocupaba un lugar bastante solitario y único entre la clase intelectual. Hoy parece como si hubiera un proyecto colectivo con muchas voces”. Y ante esta proliferación de ensayistas femeninas en el panorama estadounidense Boyer habla de “una increíble y excitante transformación de la literatura”, que se ha abierto para incluir a más gente, no solo a mujeres. “Con las nuevas voces surgen nuevas formas”, sopesa. “Parece que este es un buen momento para escribir; hay mucho que decir”.

Por ANDREA AGUILAR para El País de España

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