La historia de pobreza de Maia: su vida en la calle, sus juegos con el secuestrador y la carpa que compartía con su mamá

CIUDADANOS Por Milton DEL MORAL
El caso de la menor secuestrada que se convirtió en una historia nacional revela una situación grave de vulnerabilidad a la vera de la autopista Dellepiane. La ayuda de los vecinos y la paradoja de volver
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Maia Yael Beloso no va a volver a casa porque no tiene casa. Vive en la calle. Duerme en la calle. Cuando los días son normales, descansa sobre un colchón de goma espuma dentro de una carpa junto a su mamá, Estela, respaldada por dos árboles bajos y delimitada por un perímetro constituido por una reja, la tela de un cartel, la lona de una pileta, un cobertor de nylon y dos acolchados -uno de rosas y otro de perros dálmatas-. El peso de dos tablas de maderas mantiene estirados los elementos que componen las paredes.

La carpa ahora tiene techo. El techo es la continuidad de la pared que se sostiene en una reja que divide el trazado de la autopista Dellepiane con el territorio del barrio, la villa Cildañez de Parque Avelllaneda. El techo es la tela gruesa de una publicidad estática recuperada de un baldío. Los acolchados, la lona vinílica de pelopincho y las otras “paredes” son también fruto del cirujeo. Antes, como lo simula un rancho aún más precario ubicado a 20 metros, la choza era un cuadrado de telas dispuestas sobre la periferia. Carlos Savanz, el secuestrador de Maia, lo reforzó: trajo maderas gruesas y largas, las ató a las paredes y las ubicó sobre los árboles y en el suelo.


Savanz consiguió también una mesa de madera, donde ahora descansa un papel higiénico, un recipiente de lata y alimentos no perecederos. Sobre la reja cuelgan un paraguas, prendas íntimas, una caja con un mate, una bombilla, yerba, azúcar, bolsas, botellas, paquetes de galletitas, un abrelatas, una toalla. Distribuida por la tierra del terraplén de la autopista crece un monte de ropa, pelotas desinfladas, un cuaderno, envoltorios aleatorios. Dentro de la carpa, subsiste más basura aparente: un encendedor, botines de fútbol, el esqueleto de una silla, cartas, juegos, juguete sin pilas, ojotas, útiles, un chupete.


La carpa está deshabitada hace tres días. Los vientos y las lluvias rompieron las paredes, que ahora no consiguen esconder el interior de la choza. Lo que hay no disimula basura y acumulación. No parecen ser los bienes, el patrimonio y los recursos de una familia. Maia nació y se crió ahí: en la casilla de la esquina de la manzana cinco de la villa Cildañez, a metros de la intersección de las avenidas Dellepiane Norte y Escalada. La zona es donde coquetean Parque Avellaneda, Villa Soldati y Villa Lugano, el sur degradado de la Ciudad de Buenos Aires.

En las casas, la gente vive. En las carpas, la gente duerme. Maia vivía en la villa y dormía en la carpa junto a su mamá Estela. Desde hace dos semanas, también junto a Carlos Savanz, un hombre ajeno, un externo del barrio. No lo conocía nadie. Los habitantes de la avenida Dellepiane Norte lo veían integrado al núcleo familiar de Maia y Estela. “Se manejaba como si fuese su padre”, afirmó una mujer que vive en esa arteria y que solicitó anonimato. El pensamiento común de la gente era de esperanza: “Al fin alguien que la ayude y que la quiera. Él tenía pinta de malevo, con la cara hundida, chueco y con el cuerpo arqueado, pero las defendía muchísimo a Estela y a la nena. No quería que nadie se acercara a ellas”, contó la mujer.

Carlos apareció de la nada. No sorprendió su presencia ni su permanencia en el círculo íntimo de la familia en situación de calle. Lo interpretaron como un hecho de teórica prosperidad. Estela es adicta al paco: sus vínculos podían hacerse o regenerarse con rapidez. Estela es también hija de la villa, víctima de la vulnerabilidad y de la pasta base. Una persona interesada en ella y en su hija podría llegar a ser algo extrañamente bueno.


El hombre desconocido jugaba con Maia. La alzaba, le hacía upa. Andaban en bici por las calles y por el terraplén que separa la calle de la autopista. En ese terreno amplio, con más tierra que pasto, Estela quemaba los cables para descubrir y vender cobre. En esa superficie en desnivel se distribuyen un estacionamiento, una canchita, juegos de plaza y un área gastronómica en donde la comunidad paraguaya monta sus “polladas”. Enfrente, sobre la vereda de la avenida Dellepiane Norte, hay tres kioscos. Maia compraba caramelos y chupetines. “No gastaba más de 30 pesos, pero venía siempre”, dijo uno de los administradores del local más cercano a la carpa. Llegaba con monedas y billetes. Cuando no le alcanzaba, volvía al rato con la plata justa.

Hasta que apareció Carlos. Los consumos cambiaron. Iban los dos juntos al kiosco. Él le pedía que eligiera lo que más le gustara. “No solo le compraba caramelos y chupetines, también le regalaba alfajores, helado, Doritos. Venía con mucha plata. No parecía tener recursos para gastar tanto”, dicen en el barrio. Tanta generosidad en tan poco tiempo había despertado recelo. Las demostraciones de cariño levantaron sospechas en el barrio. Pero a Estela no le pareció extraña la última propuesta. El lunes 15 de marzo a las nueve de la mañana, Savanz despertó a la mujer y le dijo: “Voy y la traigo, vamos a buscar la bicicleta”. El hombre le había prometido a Maia comprarle una bicicleta nueva y se la llevó.

Cinco horas después, la comunidad de villa Cildañez cortó la autopista Dellepiane. Había desaparecido una niña de siete años. Se la había llevado un hombre extraño. Maia había nacido y se había criado ahí. Era, al igual que su mamá, propiedad de la villa, una hija de la Cildañez. Los vecinos la apadrinaban. La llevaban a comer a sus casas. La llevaban a bañar a sus baños. La describen cariñosa, amorosa, dulce, dócil y educada. “Es una niña divina, muy agradecida, siempre te responde ‘Dios te bendiga’”, destacó una vecina.

“Es la hija de todos”, apuntó otra.


Todos conocen a Maia en la Cildañez: en los comedores, en los merenderos, en la salita, en las ferias, en los pasillos, en las ocho manzanas de la villa, “la nena de la Beloso”. Los vecinos la recuerdan recostada en el cochecito de bebé, comiendo un pan, sucia, con el pañal cargado, sin ropa, a la intemperie, expuesta al frío y al sol, a veces sin la madre. Cartoneaban juntas. Se despertaban tarde y volvían tarde. Durmieron en el CEMIC 14, antes de que un incendio arrasara la estructura en agosto de 2018. Durmieron en autos abandonados y en autos prestados, debajo de los puentes de la autopista y debajo de los balcones de la cuadra en noches de lluvia.

“El único lugar donde Estelita podía estar tranquila es en esa esquina”, afirmó una vecina. Élida, la abuela de Maia, dijo que su hija también nació y se crió en el barrio Cildañez. “Nosotros nos tuvimos que ir a vivir a la provincia, pero la villa era su locura. Me decía que en la provincia no quería vivir y se volvió”. Estela tuvo ocho hijos. Ninguno quedó a su cuidado. Todos fueron a resguardo del padre y de la abuela materna. El cuidado de Maia, la menor de los hermanos, lo tiene Élida. Desde organismos internos del barrio explicaron que la madre sabía que si pedía ayuda, iban a quitarle a su hija. Por eso escapaba de la asistencia del Estado. Sus registros revelan que no cobraba ningún plan social.

“La abuela tiene a Maia desde chiquita -confesó Carlos Ramón Beloso, el tío-. Pero Estela nació acá. Ella se halla más en la villa y un día se la trajo de González Catán sin permiso. Los otros chicos están con el padre y con la abuela. Pero Estelita quería estar con su hija y la pibita la extrañaba mucho. Ellas andan para todos lados juntas. Acá todos la conocen a Estela y es cierto, es adicta, pero para ella su hija es todo”.


Maia tampoco se quiere alejar de la villa y de los brazos de su madre. “Esa es su casa, juega en la calle y los vecinos la ven, la cuidan”, explicó el tío. Cuando los vecinos la ven, le preguntan si comió. Enfrente, en la casa de una amiguita del barrio, se baña casi todos los días. Juega con los primos y los chicos de su edad. Nunca está sola, ni cuando se despierta. Como se duerme tarde después de cirujear toda la noche, se levanta tarde. Al despertar, sus amigos ya dejaron los dos centros de primera infancia del barrio, Reina Batata y Tortuga Manuelita.

“Este es el mejor barrio del mundo, nos ayudamos y nos conocemos todos. Acá todos saben quién es el hijo de quien. Acá adentro de la villa no tengo miedo de que mi nieta ande sola. Pero afuera del barrio sí”, expresó el tío, que vive en el corazón del barrio, en la casa donde la familia hizo la vigilia. La última noche durmieron en su casa 30 personas, todos familiares de Maia. Enfrente de su casa, a donde se accede por un pasillo característico de los barrios marginales, vive Silvia. Al enterarse de que el primer pedido de la niña fue comer una hamburguesa de McDonald’s, prometió recibirla con una hamburguesa casera completa con lechuga, tomate, huevo y papas fritas. Mientras tanto, el Gobierno porteño analiza su situación con el Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. Separarla de su familia y llevarla a un hogar, dicen, es la última opción.

Fuente: Infobae

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