Quedaron "varados" en Nueva Zelanda: “Acá hay trabajo y podemos vivir cómodos”

CIUDADANOS Por Carolina BALBIANI
Luz Campos y Nahuel Olea planeaban visitar Indonesia, pero se declaró la cuarentena y prefirieron quedarse a vivir en Nueva Zelanda. Con esfuerzo obtuvieron una visa de trabajo y se pudieron comprar un auto
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Cuando Nahuel Olea (35) y Luz Campos (29) sacaron sus tickets aéreos en 2019, el mundo era muy distinto al día en que su avión despegó. Su luna de miel empezaba con un vuelo de Latam con destino a Nueva Zelanda en su camino hacia Bali, el miércoles 11 de marzo de 2020. Sin embargo, ese sería un día histórico para la humanidad: el director general de la la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, anunció al planeta que la nueva enfermedad por coronavirus (COVID-19) debía considerarse una pandemia. Y sostuvo que, hasta ese momento, había 118.000 casos registrados, en 114 países y habían muerto 4291 personas. Era solo el principio de lo que vendría.


Mientras eso se daba a conocer en Ginebra, Suiza, y la mayoría de nosotros empezábamos a familiarizarnos con términos desconocidos y situaciones imprevistas, ellos se subieron a su avión y despegaron.
Un año después, la pareja sigue en Nueva Zelanda y esta es su historia.
Casamiento pre pandemia


Nahuel y Luz son de Tigre, provincia de Buenos Aires. Se conocieron siendo adolescentes porque sus familias eran amigas. Se pusieron de novios cuando Luz tenía 19 y Nahuel 25, y no se separaron más. Probaron distintos trabajos: ser empleados de comercio, atender un kiosco de fotocopiadoras, desempeñarse en negocios de iluminación... pero para el 2019 ya hacía seis años que convivían y estaban más seguros de lo que querían hacer. Ella, estudiaba diseño de indumentaria en la UBA y tenía un showroom en su casa; él, era sonidista. y trabajaba con eventos y producciones.


El 6 de diciembre de 2019 se casaron por civil y el 13 hicieron una ceremonia con amigos, en una quinta al aire libre, donde celebraron a la Pachamama para rendirle tributo a la madre tierra.


Decidieron que la luna de miel sería larga: se prolongaría durante tres meses. El destino escogido fue Indonesia. Descubrieron que la forma más económica para llegar a Bali era volar a Nueva Zelanda y, una vez allí, sacar los pasajes para Indonesia y, luego, dirigirse a la isla. Navegando por la web encontraron una buena oferta de pasajes para el 11 de marzo de 2020. Los compraron y empezaron a planear al detalle su viaje. Devolvieron la casa que alquilaban y guardaron o prestaron sus cosas a amigos y familiares. Ahorrar era la premisa de esos tiempos.


Lograron reunir 5000 dólares para concretar este sueño.


“El día que salimos de viaje sabíamos que algo pasaba allá lejos, en China, por lo que se venía diciendo en los medios, pero no mucho más. El primer llamado de atención fue cuando escuchamos, en el mostrador del check in, que a unos pasajeros que iban a Miami les decían que no les garantizaban la vuelta… A nosotros no nos dijeron nada. Íbamos para la otra punta del mundo. Salimos y, en la escala en Santiago de Chile, experimentamos otra cosa extraña. Al bajar del avión, nos tomaron la fiebre. Nos pareció rarísimo, pero tampoco nos alarmó. Era nuestro primer vuelo largo, ¡solo conocíamos Brasil!”, cuentan haciendo memoria.


Lo cierto es que para la mayoría de los mortales la palabra pandemia y lo que implicaba para nuestras vidas era un término a descubrir.


La idea de Nahuel y Luz era llegar a Auckland, comprar el pasaje para Indonesia y aprovechar para conocer la ciudad unos cuatro o cinco días. Pero en esos cuatro o cinco días las reglas planetarias cambiaron radicalmente.


Varados... antes del destino


Una vez en Nueva Zelanda, el panorama se complicó.


“No teníamos movilidad así que llegar con nuestras mochilas al hostal que elegimos en las afueras de Auckland, un pueblo llamado Hunua, fue un lío: colectivo, tren y Uber… Era un lugar donde no había nada, pero era lo más barato que encontramos”, cuentan.


Las noticias que empezaron a ver de otros viajeros que seguían por Instagram y que estaban en Bali, eran desalentadoras. El mundo se ponía espeso. Todo sucedía con rapidez extrema.


“Leíamos que en Indonesia había muchos problemas. Por los viajeros en las redes, veíamos que en Bali la cosa se había puesto heavy. Cerraban los templos, no se podía recorrer… ¡No íbamos a poder disfrutar de nada! Busquemos otra alternativa, nos dijimos”, explica Luz.
A partir del 16 de marzo empezaron las cuarentenas; el 18, los confinamientos más estrictos. Tal como estaban las cosas decidieron olvidarse, por el momento, de continuar con su viaje. Todo se había alterado. Ahora la prioridad era encontrar un lugar accesible donde quedarse para que el dinero no se acabara. Creían, entonces, que el aislamiento podía durar un mes.


Lo que más los asustaba era ver que el hospedaje en Nueva Zelanda era cuatro veces más caro que en Indonesia. Un mes en el destino que habían previsto equivalía a una semana en dónde estaban.


Los dueños del hostel se apiadaron de ellos y les dijeron que, si lo necesitaban, podían quedarse.


De mieleros a trabajadores por casa y comida


Nahuel y Luz no se quedaron quietos. Buscaron consejos por las redes y los encontraron a montones. Escribieron en la web: ¿Cómo hago para sobrevivir? Y así se contactaron con otros que les había pasado lo mismo. Alguien les comentó que en el país en el que estaban existía un sistema al que llaman “voluntariado” y que consiste en trabajar un par de horas a cambio de hospedaje y comida. Buenísima opción. Consiguieron un voluntariado en un lugar que quedaba a una hora de dónde estaban parando.


“Ahí empezó un viaje que nosotros jamás habíamos calculado”, explican. Dejaron de ser unas vacaciones de recién casados para pasar a ser un modo de subsistencia para no quedarse sin recursos.


Llegaron a Karangahake, una especie de reserva natural. En el bed & breakfast (hostal familiar) tenían que hacer camas y ayudar con la limpieza, pero había un problema… por la pandemia ¡no había huéspedes!


“Creo que nos quisieron ayudar, porque la verdad es que no había turismo. Trabajábamos unas cuatro horas diarias, haciendo mantenimiento general y de jardinería, porque los dueños estaban renovando el lugar. Querían hacer mejoras porque pensaban venderlo. Éramos doce voluntarios. Nahuel habla inglés, ¡pero yo cero! Nos tuvieron mucha paciencia”, confiesa Luz.


Hicieron allí la cuarentena obligatoria de un mes y medio. Después, ya más resignados, aceptaron la sugerencia de la dueña del hostal para hacer otro voluntariado con su madre Jenny, en Tauranga. Debían ayudarla con el jardín y con la limpieza: “Era una señora de unos 60 años, maestra de inglés. Trabajábamos dos horas por día, cada uno, y nos daban lugar para dormir. La comida, en esta ocasión, nos la proporcionaba el Ejército de Salvación. Estuvimos con Jenny dos meses”.
Tiempos de incertidumbre


Pasados los primeros tiempos de estrés, comenzaron a preocuparse por sus familiares. La mamá de Luz es diabética y las abuelas de ambos tienen 74 años.


El vuelo que tenían programado de regreso para el 11 de junio ya se había cancelado. La incertidumbre era enorme. El mayor miedo seguía siendo quedarse sin dinero para un techo y comida. Además, los pasajes de repatriación eran carísimos: costaban unos dos mil dólares cada uno. No querían asustar a sus familias, ni pedirles ayuda porque ellos también enfrentaban lo suyo en la Argentina.


Se enteraron de que la Cruz Roja y el gobierno de Nueva Zelanda habían sacado una ayuda para los que tenían visado de visitante y habían quedado varados: les darían comida y alojamiento gratis por tres meses. Consiguieron anotarse. Los mandaron a un hostal y les entregaron tarjetas precargadas para que usaran en los supermercados más importantes. Tenían un respiro. Empezaron a pensar qué les convenía hacer. Veían que en la Argentina la cosa estaba muy complicada. Si volvían, además de tener que pagar esos pasajes carísimos, tenían que hacer cuarentena. Tampoco tenían un lugar para vivir ni podrían abrazar a sus familiares. Mejor sería seguir un poco más ahí, ver qué pasaba y si el asunto mejoraba.


En Tauranga estuvieron hasta el mes de agosto. De allí se fueron a Waiheke, una isla a 40 minutos de Auckland. La idea era estar más cerca de la ciudad y de los aviones que podían devolverlos a su tierra.


El vuelo original seguía temporalmente cancelado, así que decidieron aplicar para sacar la visa de trabajo. Sería la forma de mantenerse. Pero la visa de trabajo era cara, costaba 500 dólares americanos cada una, y necesitaban una tarjeta de crédito para hacerlo. Además, tenían que pagar unos estudios médicos. Reflexionaron y consideraron que, en estas circunstancias, la visa era una inversión que valía la pena. Otra vez, los ayudó la gente. Unos viajeros les prestaron su tarjeta de crédito y ellos les pagaron con efectivo. En septiembre de 2020, se las aprobaron.


El vuelo de Latam original, finalmente, tenía asignada una fecha: 12 de diciembre. Pero no era completo ya que ellos debían pagarse dos tramos de su vuelta: el de Auckland a Sídney y el de Santiago de Chile a Buenos Aires. No tenía demasiado sentido.
Cosechadores de kiwis, cerezas y experiencias


Con la visa aprobada decidieron ponerse a trabajar. Para ello volvieron a Tauranga. Lo harían en una plantación de kiwis y, ahora, ganarían dinero.


“Había que mantener las plantas, sacar los kiwis más chiquititos de un mismo racimo y, luego, enredar las ramas arriba, en las parras”, relatan.


Trabajaban entre 8 y 10 horas diarias y ganaban el equivalente a unos 20.000 pesos argentinos por día cada uno. Con ese dinero podían pagarse una habitación en una casa compartida y comer. No estaba nada mal.


De los kiwis pasaron a las plantaciones de cerezas. Recolectar la fruta era la nueva misión. En este caso, les aseguraban un mínimo de dinero, pero si superaban las expectativas de recolección, ganarían más. El esfuerzo cotizaba. Tenían descansos de quince minutos cada dos horas y, al mediodía, media hora para comer. La paga era semanal. Enero de 2021, los encontró justamente haciendo la recolección de cerezas.


“Trabajamos de lunes a lunes todo el mes. Pero cuando llueve no se trabaja, ni se cobra. Y en esa zona llueve mucho”, relata Luz.


Terminada la cosecha, con ese dinero pudieron comprarse un auto modelo 1997 por 1300 dólares norteamericanos. Viajaron a Queenstown para conocer un poco la ciudad y, aprovechando que ahora podían moverse con libertad, decidieron hacer un voluntariado cerca del mar. Eligieron un camping frente al océano. Un par de horas por día se dedicaban a ordenar las cocinas y a hacer mantenimiento. El resto del día podían disfrutar del mar y la naturaleza.
Terminadas esas “vacaciones”, volvieron al trabajo duro: la recolección de kiwis.


Justo el día que estábamos realizando esta entrevista debían llegar a Matata, una localidad sobre el mar. Pero debido a dos sismos de 8.1 y 7.3 grados de magnitud en la escala Richter (Nahuel asegura que sintió cómo se movía su cama esa noche) y la advertencia de dos tsunamis, la zona a la que se dirigían fue evacuada. Eso los desvió por 24 horas de su destino. Nahuel y Luz ya están cancheros con los imprevistos. Optaron por no acercarse al mar hasta asegurarse de que el peligro había pasado completamente.


Malos momentos


Pasar sus cumpleaños lejos de casa, en el pandémico 2020, los conmovió. Luz cumplió años el 16 de junio y Nahuel el 7 de agosto. También Luz la pasó mal, cuenta, cuando tuvo fiebre y se le complicó con una muela que tuvieron que extraerle.


“Yo sentía que estábamos resolviendo bien las cosas. No pedíamos ayuda a nuestras familias y les decíamos que se quedaran tranquilos, pero extrañábamos un montón. Tuvimos bajones. Quizá, la parte más difícil del viaje fue cuando estuvimos en la casa de Jenny, porque teníamos una incertidumbre total, no sabíamos nada sobre cómo podríamos subsistir. Cuando hacíamos videollamadas, veía a mi abuela y tenía que cortar porque lloraba”, reconoce Luz.


Por suerte, la pareja funcionó. No hubo desencuentros ni peleas. “El momento hace que uno encuentre formas distintas de manejarse. Había que resolver situaciones urgentes, no había espacio para otras cosas. Hay que aprender a manejar esa tensión y a respirar un poco”, coinciden. Era difícil porque ellos venían de vivir solos y, ahora, tenían que convivir con muchos. Esa falta de espacio de charla la padecieron. “De pronto sentíamos la necesidad de airearnos”, asegura Nahuel.


La Argentina les tira mucho, aunque reconocen que “el trabajo en Nueva Zelanda te permite vivir bien. Tener un nivel de vida cómodo. Y trabajo hay”.


Como muchos otros argentinos que están fuera del país, Nahuel y Luz, están contactados por una red llamada Argentinos en el Exterior, un proyecto armado por el periodista Nicolás Gómez que reside en España desde hace cinco años. La idea de Nicolás es ayudar con su red tanto a quienes quieren emigrar, como a los que ya han emigrado. Cualquiera que esté en esa situación puede contactarse con él por Instagram @argentinosenexterior


https://www.instagram.com/argentinosenexterior/?hl=es


Diferencias culturales


Las diferencias culturales son un punto aparte. Nahuel marca que lo que más le sorprendió del país donde viven es que todo el mundo anda descalzo, por todos lados y sin importar la edad ni el clima.


“En la calle, en un shopping, en cualquier sitio”, asegura, “Me gusta, pero es raro. Es parte de la cultura. Todos los chicos salen de la escuela descalzos ¡también en invierno!”. Reflexiona que en la Argentina, estar descalzo, se vincula con la pobreza, mientras que en Nueva Zelanda se relaciona con el contacto natural con la tierra.


Por otro lado, están los horarios. “Acá la gente es muy obediente. Lleva una vida estructurada y respetan las normas. Cenan a las 6 o 7 de la tarde y a las 9 se van a dormir. ¡Tuvimos que acostumbrarnos a la fuerza! También tienen mucho cuidado con el medioambiente y con el agua. Todos tienen sus compost para reciclar. Eso es algo que está totalmente incorporado”, se maravilla Luz.


La única vez que Nahuel tuvo un pequeño enfrentamiento callejero fue con un borracho en la fila de un supermercado: “Las situaciones no pasan a mayores porque el sistema policial funciona y vas en cana. El mayor peligro podrían ser las pandillas barriales, pero no se meten con los extranjeros”. Luz agrega: “Acá no te podés agarrar a piñas en la calle porque ¡podés terminar preso por años!”. Y aclara: “Creo que hay robos, pero en las ciudades chicas donde estuvimos no vimos nada” y destaca que “es algo nuevo sentir que voy por la calle y no tengo miedo. Me siento muy segura. Podés salir a caminar tranquila y eso es un flash. Además, el lugar de la mujer acá es muy importante. Manejan colectivos, taxis, aviones… ¡Ves mujeres haciendo rutas! Hay una igualdad que está muy buena y hay mucho respeto”. Otra cosa que la sorprendió es la higiene de los baños gratuitos en la calle: “Son limpísimos, como si fuesen dentro de un shopping”.


Sus pasajes originales de regreso están vigentes hasta diciembre 2021, pero anticipan que ahora el proyecto es trabajar seis meses más. Nahuel reconoce que les gustaría volver para pasar las fiestas en la Argentina.


“Creo que cambiamos mucho, pero también tenemos la certeza de que nuestro lugar es allá. Nuestro corazón está en la Argentina... También es cierto que nos vemos viajando por años. No sé.... ¡si nace un chico será viajero!”, se ríe Luz.


El visado que tienen otorgado dura un máximo de tres años. Todavía no saben demasiado qué les depara el destino y sus vidas son un proyecto en permanente construcción. Han aprendido que los planes pueden volar por los aires en cualquier momento. En su cuenta en Instagram @el.alma.viajera cuentan sus experiencias. Luz dice que lo que tienen claro es que no quieren volver a hacer la vida rutinaria que hacían en la Argentina: “Queremos una vida más conectada con la naturaleza. Si volviésemos a la Argentina la idea sería tener un camping en Córdoba, en Traslasierra, en Quebracho Ladeado. El viaje tuvo una parte de extrañar y de incertidumbre y, otra parte, de aventura inolvidable. Ahora, estamos mucho más tranquilos. Ya no decimos que estamos varados acá, ahora decimos que estamos viviendo en Nueva Zelanda”.

 Fuente: Infobae

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