¿Viven en otro planeta?

OPINIÓN Por Luis Majul*
Hay dirigentes del oficialismo que parecen vivir como si la pandemia no existiese, con una agenda propia y fuera de contexto, tratando de imponer sus deseos
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En su interesante pero incompleto libro, Macri afirma que el periodismo hizo una enorme tarea al denunciar la corrupción de los dos gobiernos de Cristina Fernández. Sin embargo, al mismo tiempo, endilga a los medios, en general, falta de energía y precisión en la tarea de relevar la incompetencia de las administraciones kirchneristas. El razonamiento del expresidente puede ser atendible, aunque resultaría más asimilable si comprendiera (y asumiera) que una buena parte de la sociedad todavía está enojada con él. Se trata de los argentinos que piensan que, debido a su fracaso, posibilitó el retorno de Cristina y el resto del peronismo.

De cualquier manera, a la incompetencia de hace años, que también se manifiesta claramente en el actual gobierno de esta estrambótica coalición, hay que sumarle un fenómeno relativamente nuevo. Una evidencia que empeora el estado de las cosas todavía más: hay dirigentes del oficialismo que parecen vivir en otro planeta. Como si la pandemia no existiese. Con una agenda propia, personalísima y fuera de contexto. Tratando de imponer sus deseos, como si cada uno tuviera la suma de todo el poder. Como si nadie fuera responsable de este desbarajuste a la enésima potencia.

La primera dirigente que parece vivir en otro planeta es Cristina Fernández. Tardó muy poco en mostrar la hilacha. A esta altura, ni siquiera se molesta en disimularlo. Está claro que lo único que pretende es que la Justicia la declare libre de culpa, cargo. Que se la reivindique. Que desaparezcan de la faz de la Tierra la media docena de causas de corrupción que todavía no se puede sacar de encima. Y cuanto más se muestra en público más evidente aparecen el enojo y la desilusión con su compañero de fórmula, Alberto Fernández. La última vez que apareció en un acto no solo no lo nombró. Además, cuestionó de manera explícita su estrategia de negociación con el Fondo Monetario, debilitó al ministro de Hacienda, se alineó junto a los gobiernos autocráticos de China y Rusia, la dictadura de Nicolás Maduro y, como si eso fuera poco, hizo sentar a Berni muy cerca suyo, dejando en claro que, lejos de pedirle la renuncia, lo iba a sostener, contra la opinión del mismísimo presidente de la Nación.

Tan concentrada y obsesiva está con su agenda personalísima que en los últimos días impulsó dos movidas que no pudo mantener en secreto, pero que podrían tener importantes consecuencias. Una: a través de su abogado, Carlos Beraldi, le pidió al titular del Juzgado Oral y Federal Nº 5, Daniel Obligado, que le devuelva, con un plazo perentorio de dos meses, las sociedades Los Sauces y Hotesur. Para que se entienda: las mismas que fueron intervenidas por la Justicia, por la sospecha de que Cristina las utilizaba para lavar dinero de la corrupción. Es importante destacar que no se trata de un caso de lawfare ni de un invento del periodismo. La causa Hotesur, por ejemplo, se inició en 2014, cuando todavía gobernaba la expresidenta. Además, ella fue procesada en tres instancias diferentes: la de instrucción, la de cámara federal y la de cámara de casación. Es imprescindible agregar que las empresas que pretende reconquistar las manejan ahora los administradores designados por la Justicia, y que lo están haciendo con solvencia. Aunque la familia Kirchner ahora no gana miles de millones de pesos, como antes, los interventores se las arreglan para hacer su trabajo con eficiencia: ocupar las habitaciones de los hoteles, alquilar propiedades, pagar las facturas a los proveedores y las deudas. Es decir: mantener el valor de los activos. Es cierto, con Lázaro Báez y Cristóbal López, a la familia Kirchner le iba mucho mejor: cobraban dinero por habitaciones que no se ocupaban; embolsaban miles de dólares por los alquileres que equivalían al triple del valor de mercado.

Pero la segunda movida secreta de Cristina Fernández parece tan ambiciosa como la primera. Se la encargó al exespía y Rodolfo Tailhade, uno de los más activos integrantes del “grupo de tareas poco transparentes” que tienen la vicepresidenta y su hijo Máximo Kirchner. Así fue que Tailhade confeccionó una lista de veinticinco fiscales federales a los que ya les pidió su declaración jurada. Forman parte de la nómina casi todos los que alguna vez se atrevieron a investigar o siguen investigando a Cristina Fernández. Solo a manera de ejemplo, figuran José María Campagnoli, Carlos Stornelli, Guillermo Marijuan, Carlos Rívolo, Gerardo Pollicita, Eduardo Taiano y, por supuesto, el procurador general Eduardo Casal. ¿Cuál podía ser su intención? Exponerlos. Meterlos en la misma bolsa de sospechados de corrupción. Una maniobra típica de los kirchneristas más radicales. Una jugada un tanto berreta, a la que se le notan los hilos. Porque la presunta lista no contemplaba, por ejemplo, a los fiscales Paloma Ochoa y Franco Piccardi. Y tanto a Ochoa como a Piccardi se los identifica con la agrupación Justicia Legítima.

La cuestión es que la versión sobre la tarea encomendada a Tailhade por Cristina corrió como reguero de pólvora entre los fiscales aludidos. Y ahora el mandadero de la vice no sabe cómo sacarse esa mochila de encima. Parece más preocupado en averiguar cómo se filtró el dato. O en descalificarme, por haber sido el primer periodista que lo publicó, ya que se trataba de una operación secreta. O en insultar a Joaquín Morales Solá, a quien llamó, con violencia inusitada, “turro decrépito”. Como Tailhade parece haberse recibido de espía en la escuela del Superagente 86, ignora que los periodistas conseguimos información porque trabajamos de periodistas.

Pero no solo es Cristina la que da la sensación de vivir en otro planeta. En la misma galaxia parecen orbitar dirigentes como Hugo y Pablo Moyano, Berni, el gobernador de la provincia de Buenos Aires (Kicillof) y el sindicalista Baradel, entre otros. Los Moyano, porque pelean por encuadrar todo lo que tenga ruedas en su federación, como si esta fuera la Argentina de 2004, aquella en la que Néstor Kirchner le entregó un caudal desproporcionado de poder a cambio de no hacer huelgas ni paros ni la más mínima protesta. Y lo hacen bloqueando empresas. Berni, porque sigue funcionando como un supermacho, se pone para la foto cuando los casos terminan bien, pero es incapaz de comunicarse con los familiares de víctimas como la psicóloga María Rosa Daglio, a la que el motochorro Alejandro Ochoa arrastró y le provocó una conmoción que terminó con su vida. Kicillof, porque festeja haber llegado al millón de vacunados en la provincia, como si se tratara del número de seguidores de una cuenta de Instagram o Facebook. Como si fuese el dueño de la vacuna, que debería ser entendida como el patrimonio de todos. Y Baradel, porque maneja la administración de turnos de las vacunas de los docentes como si también las dosis fueran de su propiedad. Porque arregla que los vacunatorios se monten en las escuelas que le responden, en lugar de los hospitales nacionales, provinciales o municipales.

Pero hablando de distritos, cerca de Macri sostienen que el autor de Primer tiempo va a aprovechar la aparición de su libro para presentarlo a lo largo y a lo ancho del país, tal como lo viene haciendo Patricia Bullrich. Sería una gran oportunidad para agregarle a la versión original dos links con información valiosa. Uno en el que detalle, cifra por cifra, ítem por ítem, la herencia recibida, que en su momento no denunció. Y otro en el que aparezcan todos los datos de cómo dejó el Estado. Es decir: una suerte de rendición de cuentas, para que los datos se puedan comparar con el pasado, con el presente y con el futuro.

* Para La Nación

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