El dólar, más planchado que nunca: ¿fracasa el plan oficial de usarlo para aplacar la inflación?

ECONOMÍA 16 de mayo de 2021 Por Fernando Gutiérrez*
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Es uno de los grandes clásicos de la economía argentina: el retraso cambiario como arma de lucha contra la inflación. Y sobran los ejemplos de la historia reciente para predecir lo que puede ocurrir: un eventual resultado parcial durante el primer período de aplicación, pero con el riesgo de una corrección abrupta del precio del dólar si no se toman medidas de fondo.

Es por eso que hoy, pese a los factores positivos que juegan en el corto plazo -la supersoja a u$s600, una relativa holgura fiscal, el regalo de u$s4.370 millones por parte del FMI, la disposición de los países europeos a aliviar el cronograma del pago de deuda, el dólar barato a nivel mundial- la pregunta que se hace la City es la misma de siempre: ¿puede aguantar este esquema cambiario?

La directora de la consultora Eco Go, Marina dal Poggetto, se mostró sorprendida de que, aun en estas circunstancias, la consulta que más a menudo escucha es "si el Gobierno puede evitar una nueva disparada en la brecha cambiaria antes de octubre que acelere aún más la inflación, y fundamentalmente cómo se ordena la política y la economía el día después".

Y atribuye esta situación a la tendencia nacional que lleva a que "la política siempre prioriza el corto plazo de cara a la próxima elección por sobre cualquier intento de estabilización que permita alargar el horizonte de decisiones al sector privado".

Se refería, sobre todo, al condicionamiento político para que el refuerzo de las reservas en forma de DEGs ya tenga un destino previsto de financiamiento de gasto corriente, una decisión impuesta por el ala kirchnerista de la coalición hacia la "fiscalista" que lidera Martín Guzmán.

Algunos van más lejos, como el economista Carlos Melconian, que llegó al extremo de decir que se extrañan los días de Guillermo Moreno, en los que la inflación estaba estacionada en un nivel de 25% anual pero "la economía fluía". Y anticipó que si en el Gobierno se proponen un régimen de control de precios duro inspirado en el de José Ber Gelbard de 1973, el plan "dura 15 minutos".

Lo cierto es que tras la mala noticia de la inflación de abril, que ya deja un acumulado de 17,6% en un cuatrimestre, todo parece apuntar a que los remedios clásicos se van a aplicar en toda su intensidad.

Del lado de los precios, a los consabidos controles y multas, ya se empieza a aplicar otro clásico: el permiso discrecional para las operaciones de comercio exterior. Los primeros en denunciar el retorno de hecho de este régimen fue el sector cárnico, donde los frigoríficos denunciaron la aplicación de un "cepo" exportador con el supuesto propósito de forzar a un incremento de la oferta en el mercado doméstico y, de esa forma, un freno en el aumento de precios.

Pero también hay una fuerte expectativa en el sentido de que el dólar volverá a jugar un rol fundamental en la política anti-inflacionaria.

Por ejemplo, uno de los tradicionales "gurúes" de la City, Miguel Broda, pronosticó que el Gobierno mantendrá desde mayo una inflación en un promedio mensual de 3%, pero bajo determinadas condiciones: "la intensificación del control del tipo de cambio y del salario".

Un dólar en cámara lenta

Lo cierto es que en los últimos días ya empezó a verse la confirmación de estos pronósticos. El dólar oficial, que ya venía morigerando su ritmo, entró en una fase de cámara lenta, como en un ritmo inverso al que muestran los precios.

Corriendo a un ritmo de tres centavos por día, el deslizamiento del tipo de cambio oficial ingresó en la velocidad más lenta de los últimos meses, y si se proyecta su actual parsimonia devaluatoria en términos anuales, se llega a la conclusión de que el dólar subirá un 13%. Del otro lado, la inflación esperada por el mercado está, para las consultoras más optimistas en un 47%.

En otras palabras, se ingresó en un franco proceso de retraso del tipo de cambio, sobre el cual se empieza a debatir respecto de su sostenibilidad.

Claro, el Banco Central tiene por estas horas un argumento poderoso para sostener esa política: la bendición de una soja que superó los u$s600 y la lluvia de divisas producto de la exportación agrícola le permitió un lujo con el cual hace algunos meses Miguel Pesce no podía ni siquiera fantasear: la compra de u$s238 millones en apenas dos jornadas.

Es así que nuevamente las reservas están en fase ascendente, ya en u$s40.762. Implica una mejora de u$s1.200 millones respecto de hace dos meses, cuando el Central también compraba pero tres de cada cuatro dólares que conseguía en el mercado se le iban en la venta de bonos, para tratar de sostener bajo control al dólar paralelo.

En aquel momento, el "dólar de convertibilidad" que surge de dividir la base monetaria y los pasivos del Banco Central sobre las reservas daba una cuenta de $147. Hoy esa misma cuenta arroja un resultado de $150, lo cual explica la relativa estabilidad de la brecha cambiaria, con un MEP que oscila en los $153.

Los expertos calculan que, ante una situación de emergencia, las reservas de disponibilidad inmediata ascienden hoy a u$s6.000 millones, una cifra que no impresiona pero que implica una mejora respecto del nivel prácticamente nulo que se había alcanzado hacia fines del año pasado.

Es en este marco que surge la pregunta respecto de si Pesce podrá seguir comprando y mejorando las reservas o si la situación actual se tratará apenas de una fase pasajera.

Buena parte de la respuesta a esta pregunta está en la balanza comercial, y más concretamente en el precio de la soja. Los expertos advierten que no hay que entusiasmarse con una prolongación de la situación actual por varios motivos. Uno es la falta de certeza sobre la continuidad del alto precio a nivel internacional, y el segundo es la típica estacionalidad de la liquidación de la cosecha argentina.

Si se repitiera el patrón de comportamiento de los últimos años, lo que hay que esperar es que entre los meses de abril y junio se concentre la liquidación de la mitad de la cosecha, y a partir de allí empiece el clásico "goteo" en el que los productores agropecuarios van liberando el producto de los silobolsas de acuerdo a las necesidades financieras de cada momento.

odo indica, entonces, que el Banco Central tendrá todavía un par de meses para armar un colchón de dólares que le permita sostener el retraso cambiario y consolidar la estabilidad financiera, pero que una vez empezado el segundo semestre esa abundancia llegará a su fin.

En paralelo, se negocia la forma de "puentear" el pago de u$s7.000 millones -sumando los vencimientos con el Club de París y el Fondo Monetario Internacional-.

Regulando la necesidad de pesos

Pero mientras eso ocurre con los dólares, en otra cancha se juega el partido de los pesos. La apuesta del Gobierno es que, con la señal de un dólar planchado y estable, y una inflación que ya adquirió una velocidad crucero mayor a 3% mensual, los ahorristas se sentirán tentados a mantener sus colocaciones en los bancos, sin riesgos de una corrida.

Hoy son unos $5,75 billones los depósitos totales en el sistema bancario, lo que implica que vienen sosteniendo un crecimiento en términos reales -53% de suba nominal frente a una inflación de 46%-. De ese volumen los tradicionales plazos fijos acaparan $2,85 billones. Y si bien en la comparación mensual la tasa pierde contra la inflación, si se mide el patrimonio en dólares hay una ganancia, dada la política oficial de "planchar" al tipo de cambio.

En otras palabras, la tradicional "bicicleta" volvió a tener atractivo. Al menos por ahora, porque la gran duda del mercado está en la capacidad de Martín Guzmán para poder seguir financiándose con el mercado interno para tapar el agujero fiscal.

Las últimas licitaciones mostraron una tendencia en la cual al ministro cada vez le sale más caro obtener financiación, y aun así los volúmenes que consigue en el mercado tienen una perspectiva de crecimiento.

Los informes que circulan en la City hacen referencia a las dificultades que empezarán a acumularse en los próximos meses para renovar los vencimientos de deuda. Por caso, en el bimestre julio-agosto podría darse una situación de estrés, al acumularse vencimientos por $900 billones.

Los analistas interpretan que los inversores pedirán una tasa cada vez más alta, porque necesitan asegurarse un mecanismo de salida hacia el dólar, por ejemplo el MEP. Y cómo nadie está seguro de cuánto tiempo sea sostenible una brecha en estos niveles, las tensiones se harán más visibles en los próximos meses.

Al respecto, un informe del Estudio Broda advirtió que a partir de la segunda ola de la pandemia es muy probable que el déficit fiscal sea del 4,2% este año, lo cual obligaría al gobierno a conseguir $1,2 billones de financiamiento. El veterano economista sostiene que el Gobierno tiene que subir el nivel de colocaciones desde los actuales $37.000 millones mensuales a $95.000 millones.

Esta situación implica un aliciente adicional para que el Banco Central siga comprando dólares, dado que necesita fortalecer su activo ante la perspectiva de que su pasivo continúe creciendo. Hoy esos pasivos totalizan $5,9 billones, y el mercado tiene la expectativa de una aceleración en el giro de adelantos al Tesoro. Pero, además, está la generación de nueva deuda por el solo efecto de los intereses en la bola de Leliq, sobre un stock que ya suma $3,5 billones.

Ante esta situación surge la pregunta de cuánto ayuda la "supersoja". Un reciente estudio de la Fundación Mediterránea indica que se puede esperar un ingreso de divisas por u$s35.900 millones, lo que implica una suba de u$s9.600 millones respecto al flujo del año anterior. Pero, además, las arcas fiscales se beneficiarán por el mayor ingreso de retenciones, en una cifra que podría llegar a u$s8.600 millones, una suba nada menos que de 48%.

En definitiva, la renovada estrategia de retrasar al tipo de cambio puede tener varios meses de "colchón" si se consideran los factores externos que jugarán a favor. Además, cuando se compara en términos históricos, el dólar real de hoy -al tipo oficial- todavía es un 10% más alto que el del peor momento de la corrida cambiaria macrista.

Esto, coinciden los analistas, conforma un cuadro en el cual no hay motivos para pensar en tensiones cambiarias en el mediano plazo. Aunque, como también muestra la historia reciente, el hecho de tener un tipo de cambio competititivo tampoco oficia como garantía si el pánico vuelve a apoderarse del mercado.

En definitiva, lo que está por probarse es qué tan eficiente resultará esta vez el dólar planchado para ponerle un freno a la inflación. Y en esa materia es donde el pesimismo se hace más evidente.

* Para www.iprofesional.com

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