José Luis Espert, el candidato tardío: la vida del liberal que soñó con ser boxeador y saltó al ring de la política a los 60

POLÍTICA 09 de septiembre de 2021 Por Fernando SORIANO
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“Las situaciones de tensión no me generan miedo, me generan una cosa de ir para adelante. Hice mucha terapia. He tenido que manejar muy bien mi adicción a la adrenalina. Me metía en situaciones peligrosas”. José Luis Espert (Pergamino, 1961) habla y calla súbitamente. Por unos segundos es preso de un silencio ciego. Sus ojos caen sobre su alianza de casado reincidente, dorada y brillante, y luego su mirada naufraga en el río de autos que van y vienen del otro lado de la ventana, sobre el cauce de la autopista Panamericana.

Es una brevedad que parece años. Afuera llueve. El hombre toma aire y lo expulsa y surgen finalmente las palabras. Al liberal que casi no se le conoce la sonrisa pública entonces se le escapa por una comisura un gesto que podría ser nostalgia cuando se aventura a reflexionar por qué se metía donde se metía. Y dice: “Supongo que teniendo un padre tan exitoso fui así por alguna competencia para ver quién era el mejor. Yo empecé siendo el adolescente hijo de José Luis Espert y mi padre de grande terminó siendo el padre de José Luis Espert, cuando se presentaba frente a terceros”.


El hombre que dice representar a “la libertad” fue un niño que cargó bolsas de soja a los 10 años en el campo de su padre, donde los peones que lo acompañaban descubrieron lo que él mismo llama su “fuerza animal”, una potencia natural del cuerpo que lo aproximó al boxeo, a la lucha libre y al rugby, maneras de conducir una energía contenida que muchas veces lo aproximó demasiado a la resolución de conflictos a las piñas, gobernado por un temperamento con baja tolerancia a la injusticia y la confianza en sí mismo.

Fue el hijo mayor de tres hermanos que se rebeló ante la autoridad dogmática de su educación católica y ante el sadismo de los militares en la colimba, en plena dictadura. No pertenece al grupo de los que callan si algo no le gusta. Ese inconformismo casi científico lo hizo técnicamente liberal en la UBA pre alfonsinista, cuando en Económicas todavía mandaba la Escuela de Chicago.


Votó a Alsogaray, renegó del menemismo, se hizo experto en macroeconomía y fue gurú de las grandes empresas instaladas en el país, lo que lo llevó a la arena pública, a escribir en diarios, a vender muchos libros, a hablar en la televisión con un vocabulario no académico del dólar, de la deuda, de los Kirchner (mal), de Macri (mal, aunque lo votó en 2015), de todo lo que representara según su visión a la corporación política tradicional.

Pero nunca imaginó Espert, al menos hasta hace apenas un par de años, que al borde de los 60 sacaría los pies de la palangana enchapada en oro del opinador y los metería en el barro. Que subiría al ring de la política en serio, a dar y recibir, y que encarnaría finalmente la personificación de gran surfer de la ola libertaria que en 2021 aparece como una opción, por ¿extrema? derecha, para un sector creciente de la sociedad desencantada. “Siempre fui un outisder”, se define a sí mismo este economista surgido de las entrañas del poder empresario.

Espert asfaltó los caminos de su vida bajo la poderosa sombra de quien lo bautizó con su propio nombre. Hizo del mérito su propia religión, encandilado por la figura paterna, la del hombre que construyó un pequeño imperio en Pergamino con nada como capital inicial.

José Luis Espert (padre) representa al modelo de una parte significativa de la historia argentina del siglo XX. Nació en 1933 en Castelló de Farfanya, un pueblo catalán que en aquellos tiempos no llegaba a los 1.500 habitantes. A los cinco años, estallada la Guerra Civil española, su padre, aterrado por la posibilidad de que toda la familia muera, lo trajo a la Argentina, al hogar de unos parientes en un campo cercano a Pergamino. Y se volvió a pelear en la resistencia republicana.

Y aquí lo dejó, huérfano por tiempo indeterminado, aunque cobijado por el amor familiar. Fueron diez años, hasta que la familia -papá, mamá y hermana mayor- sobrevivió y se instaló en Argentina antes del estallido de la Segunda Guerra. “Mi papá empezó a trabajar en el campo de niño, pero tenía una cabeza diferente porque al tiempo dijo ‘no’ y se mudó a la ciudad de Pergamino y empezó en lo más abajo de una casa de artículos para el hogar”, cuenta José Luis (hijo).


Espert padre, que no había terminado la primaria, se hizo dueño del comercio y luego abrió una fábrica de electrodomésticos y con las ganancias excedentes compró campos. Llegó a tener 50 empleados. “Para Pergamino hace medio siglo eso era como ser dueño de Techint”, sonríe José Luis. Hasta sus 10 años vivió en un barrio pobre, pero después tuvo una vida de bonanza, acomodada.

“Papá fue muy exitoso, era muy inteligente, muy seductor, un gerente de marketing extraordinario, muy bueno para las relaciones públicas. Fue un caso de movilidad social ascendente, cuando eso todavía existía”, amplía, en una combinación de elogio al pasado e ironía sobre el presente.

La figura paterna era claramente preponderante en el hogar de los Espert de principios de los ‘70. Norma, su mamá, aportaba la cuota más intelectual para el curioso hijo mayor. Gracias a ella, maestra, José Luis leyó clásicos como el Martín Fierro, Las aventuras de Huckleberry Finn, La isla de la fantasía o el Quijote. Con su padre repasaba la historia local. Su primer acercamiento a las ideas liberales fue a través de la Generación del 80, Sarmiento, Alberdi y el que para José Luis fue el mejor presidente argentino de la Historia, Julio Argentino Roca.

Lo que nunca le atrajo al joven Espert fue la mitología católica. Aunque se considera creyente de “un Dios” y encuentra en Jesús una figura atractiva por lo “disruptivo”, la educación -desde jardín hasta secundaria- en el colegio marista San José sacó su lado más rebelde.

No le gustaban en aquel momento ni le atraen mucho menos ahora las posturas eclesiásticas sobre la homosexualidad o el aborto. “La vida requiere mucha flexibilidad”, aconseja. Y en esa época él cuestionaba mucho la rigidez de los curas que moldeaban su educación en pleno despertar sexual pero bajo el manto opresor de la dictadura de Videla. “El sexo previo al matrimonio era algo mal visto en un colegio católico. Y yo a los 15 era pura testosterona. No era nada del otro mundo, quería tener sexo y ellos decían ‘sexo no, sexo no’. Y la verdad que ya me importaba poco que los curas me maldijeran por eso. ¿Qué iba a hacer?”, ríe Espert.
Recuerda una tarde que un cura del colegio le dijo que lo más lindo que había en la vida era la muerte “porque lo ves a Dios”. Espert no entendía nada. “¡Dejame de joder! Recién estás saliendo a la vida y te dicen eso. Yo tenía 13 años, eso me fue alejando de lo católico”, cuenta.

Hay una foto color de fines de los 70. Un joven Espert, aún con una cabellera salvaje, está parado con postura erguida en un extremo del grupo. Luce serio. Tiene un saco a la moda de aquellos tiempos. El Espert de casi 60 años la mira y vuelve en un flash al tiempo aquel. “Parecía un culata, es que era una época en que era muy peleador, me jodían las injusticias”, revela.

Le molestaban las situaciones desequilibradas. Que los grandotes se la agarren con los más chicos, que los más fuertes le peguen a los débiles. No existía el término bullying, pero abundaba. Y José Luis jura que eso lo sublevaba. “Con total claridad hasta los 40 me cagaba a trompadas. Me fui humanizando progresivamente. Era medio un Increíble Hulk, era una bestia”, dice. Como ejemplo de su fuerza natural cuenta que a los 14 años levantaba dos bolsas de 50 kilos de soja, una en cada mano, cuando trabajaba en el campo.

En esa misma época apareció en la pensión que estaba frente a su casa en Pergamino José María Flores Burlón, un boxeador uruguayo que en aquella época estuvo cerca de ser el primer campeón mundial del país vecino. José Luis se hizo amigo y el deportista le enseñó los secretos del boxeo. Espert entrenaba a escondidas de su padre, acompañaba a Flores Burlón a sus combates e incluso llegó a protagonizar varias peleas amateurs.

“Era una bestia. Y tenía seguridad para pelearme. Aprendí a boxear bien, tenía una fuerza animal y qué mierda, no tenía miedos. Me le animaba a cualquiera. En el ring sentía un agujero negro, quería pulverizar al rival”, se entusiasma con cierta cautela pre electoral, porque le preocupa que no se interprete que detrás de aquello se esconde un hombre violento. La ilusión del ring duró un par de años, lo que tardó su padre en enterarse: “Me descubrió que estaba en esa y me pegó una apretada de aquellas”.


Y a los 17, cuando ya podía decirse que era un fan de Pink Floyd, Genesis y Supertramp, la vida lo condujo al Servicio Militar Obligatorio. Cayó en El Palomar, con la Fuerza Aérea. Era 1980 y a la dictadura más oprobiosa de la historia argentina le quedaban dos años de poder y una guerra vergonzosa. Espert la pasó muy mal. Él sentía que todos los que estaban allí eran tratados como “potenciales subversivos”.

La recuerda como una experiencia horrible, los militares los maltrataban al borde de la tortura. Allí también se la agarraban con los física o mentalmente más débiles. Espert tuvo que contener su impulso de trompear a un superior.

En El Palomar los sacaban en pleno invierno desnudos a aplaudir cardos. “¿Nunca te dijeron lo que es aplaudir cardos? Nos llevaban a un campo lleno de cardos y nos hacían aplaudir. Agarrar los cardos desde el tronco con las manos apretadas hasta arriba, haciendo salto rana y cuerpo a tierra en pelotas, en pleno invierno a las tres de la mañana. Nos tenían una hora bailando así y después te pasabas tres horas sacándote las espinas de las manos, todas hinchadas. Terminé saliendo de la colimba con un odio infernal a los militares, era un liberal con odio a los militares”, cuenta.

Odió dos veces a los militares. La segunda fue con Malvinas. Los abusos que vio como ciudadano en la guerra los había vivido él en Palomar: “Veía que a las Islas no mandaban a los pibes del Colegio Militar sino a los chaqueños, a los correntinos, los mandaban al muere. ¡Hijos de puta! Me costó mucho tiempo sacarme el odio contra los milicos”.

Espert asegura que una vez retomada la democracia no le quedó rencor contra ellos. Considera necesario tener unas fuerzas armadas bien formadas. Sí rechaza las ideas negacionistas: “Acá hubo secuestros de bebés, hubo gente tirada de los aviones, torturada, no soy de los que lo niegan. Tuve una etapa de bronca que pasó rápidamente porque soy un tipo objetivo. También estuve a favor del juicio a las Juntas”.

La democracia lo encontró en la Facultad de Económicas de la UBA, todavía diseñada por el plan liberal de la Escuela de Chicago, lo que determinó su formación. Cree que si lo “hubiera agarrado la etapa alfonsinista de Franja Morada” no hubiera terminado con un máster en la universidad del CEMA (Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina), de donde salieron también López Murphy, Roque Fernández o Juan Carlos De Pablo.

Aunque en su casa de Pergamino su familia votó a Alfonsín, en su primera elección, recuperada la vía del voto, Espert metió la boleta del liberal Álvaro Alsogaray. Para explicarlo, el precandidato a diputado por Avanza Libertad, toma las palabras de su discurso público. “El espíritu liberal viene porque mi padre hacía mucho énfasis en el mérito para conseguir las cosas. Y si el mérito no es la regla que rige una sociedad, la libertad no tiene sentido. En un contexto de libertad, el mérito es una regla que vale para conseguir cosas. En una sociedad que vive del acomodo, la coima, la transa, el mérito no vale casi nada”, generaliza.

Las siguientes elecciones votó en blanco, o así lo recuerda, al menos hasta 2015, que puso en la urna su voto a Mauricio Macri. En los 90, cima del neoliberalismo, no le gustaba la UCeDé por clasista y elitista y mucho menos cuando quedó contenida dentro del menemismo, gobierno del cual fue muy crítico. Tanto que en medio del lanzamiento del Plan Brady para reestructurar la deuda, Carlos Menem se lo cruzó y no perdió la oportunidad de reprocharle con el carisma que lo distinguía: “Cómo me pega usted, ¿eh?”.


A esa altura, Espert tenía 32 años. Ya se había casado y separado. Ya había tenido a sus hijos Belén y Nacho. Y faltaría mucho hasta 2012, cuando conoció a Mercedes, su actual esposa, con quien se casó en 2019. Había dejado de “picar papeles” en una empresa y había conseguido trabajo en las consultoras macroeconómicas más importantes de Buenos Aires, con Miguel Ángel Broda y Adolfo Sturzenegger. Esa posición lo convirtió en un gurú de consulta de las compañías más poderosas del país. Y no faltó mucho para que abriera su propia oficina.

A principios de los 90, Espert empezó a volcar su opinión en el ámbito público. Firmaba en Ámbito Financiero. Enseñaba en la universidad. A los 42 abandonó definitivamente la lucha libre, después de un par de veces que llegó a clases con cuello ortopédico. Dice que no sabe cómo fue que él trascendió públicamente. Pero busca. Y encuentra en Julio Ramos, fundador de Ámbito, una posibilidad. Su primer compromiso con lo público fue desde la tribuna editorial del diario que fue una referencia influyente en la década menemista.

En esos años, Espert siente que fue expulsado del “paraíso liberal” por criticar a Domingo Cavallo. “Siempre fui un outsider. Y me fascina la ciencia y sabía que la convertibilidad no iba a funcionar, que no daban los números, lo mismo me pasó con los Kirchner en junio de 2004, cuando Néstor me denunció por complot. Ya ideológicamente estaba enfrentado. Con Cavallo el problema era la política fiscal, como con Martínez de Hoz. Con los Kirchner era ideológico”, explica.

Su llegada tardía a la política, él la define como “soft landing”: un aterrizaje lento, suave. Eran varios los poderosos que le decían que tenía que animarse a jugar. Pero José Luis Espert no se sentía cómodo en su contradicción: se había pasado esos años amparado en su discurso de la antipolítica.


Fue el boom editorial de su primer libro, La Argentina devorada (Galerna, 2017), lo que terminó de ubicarlo en el ring de las grandes peleas. Aquellos que lo habían desterrado del paraíso liberal lo empezaron a mirar con atención. Espert subió el perfil con críticas explosivas. Del gobierno de Macri dijo que era “kirchnerismo con buenos modales”, a la entonces gobernadora Vidal la definió como la “Evita amarilla”.

“Ellos me subieron al ring”, remarca Espert sobre el macrismo, desde donde se lo tildó en aquel tiempo de “plateísta” o “liberalote”, como lo definió el diputado y profesor de vóley Fernando Iglesias. Entonces a finales de 2018 anunció que quería ser Presidente y que iba a trabajar para eso. Cumplió. Unos meses antes del debate presidencial lo citó Macri a Olivos. “Quería saber qué le iba a preguntar en el debate, sólo eso”, ríe Espert, que se presentó a las elecciones a pesar de que intentaron bajarlo y que se sume a Juntos por el Cambio.

Ahora candidato a diputado nacional, con una expectativa de votos en provincia de Buenos Aires que según las encuestas que recibe en su búnker frente a la Panamericana varía entre los 4 y los 12 puntos. Aliado a una ex macrista defensora de la mano dura como Carolina Píparo, Espert se ilusiona con los nuevos vientos libertarios. “Ahora veo que los liberales somos influencers, que nos roban las ideas, son las cosas que digo hace 30 años. La aventura loca de 2019 sigue”, advierte.

“Siempre fui muy desafiante, de ponerme metas muy complicadas, pasé de la nada a la política y en ocho meses armé mi candidatura a Presidente”, se vende a sí mismo José Luis Espert, tentado por la adrenalina y la tensión, tan bueno para el marketing como su padre.

Ya no necesita ser mejor que él.

Fuente: Infobae

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