Caos o final de la agonía, las posibilidades emergentes del 14N

POLÍTICA 13 de noviembre de 2021 Por Pablo Esteban Dávila*
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El kirchnerismo está resignado a la derrota. Es una aceptación que no puede reconocerse en público, como es obvio, pero no hay ninguna señal de que los resultados del 12 de septiembre puedan revertirse. Por el contrario, todo parece ir peor que entonces. Ni el plan “platita” ni la hiperactividad de Juan Manzur parecen haber aportado mucho. Y, mientras tanto, Alberto Fernández no ha perdido la oportunidad para seguir cometiendo groseros errores.

Ni siquiera la provincia de Buenos Aires -el único territorio que le importa al Frente de Todos- se encuentra al margen de la debacle. Allí el oficialismo debe descontar la diferencia de cuatro puntos logrados por Juntos por el Cambio en las PASO y, la verdad sea dicha, no se ha fijado en gastos para lograrlo. Sin embargo, tampoco ha servido de mucho, al menos si se repara en las últimas encuestas publicadas el último domingo. Rige en la actualidad una veda que impide difundirlas aunque, puertas adentro, se sabe que continúan repitiendo el escenario de la semana pasada. Los sucesos en Ramos Mejía han resultado el colofón de las desventuras gubernamentales en el conurbano al que tanto se aferra.

La gran cuestión radica, por lo tanto, en adivinar que sucederá con el país tras las legislativas, descontando el triunfo de la oposición. Frente a esta incógnita, se abren dos posibilidades.

 
La primera es el caos. Político, económico o ambos a la vez. No es de extrañar que la gestión de Fernández comience un proceso de descomposición instigado por el fuego amigo. Ya se vio como digiere Cristina las derrotas tras el fiasco de las primarias. ¿Porqué habría de comportarse con mayor templanza en estas elecciones que, para mayor desmayo, son las que configurarán el nuevo Congreso? Y, si el presidente aceptó las filípicas en aquel entonces, no se advierte que, consumada la paliza, reaccione afirmando su autoridad y desembarazándose de los quintacolumnistas que lo rodean. En cualquiera de las dos posibilidades, el desasosiego será la moneda de cambio, con el kirchnerismo luchando desesperadamente por su supervivencia y negando sus responsabilidades en el gobierno.

El caos económico también es una posibilidad concreta. Todo el mundo descuenta una devaluación, no obstante las negativas de Martín Guzmán. También existe la certeza de que la economía no podrá funcionar mucho tiempo más en base a la emisión monetaria y acorralada por cepos y regulaciones. Las tarifas deben ser reajustadas más pronto que tarde, y lo mismo corre para los combustibles. Todo es una olla a presión que, si no se hace algo, corre el riesgo de estallar. El resultado del domingo tal vez catalice este proceso.

La combinación entre ambas crisis sería, en gran medida, natural. Política y economía, al menos en Argentina, son variables interdependientes e íntimamente conectadas. Esta simetría, de efectivamente producirse, sería letal para el gobierno y para su futuro.

Son especulaciones obvias y, en gran medida esperables. Pero la certidumbre de su ocurrencia bien podría forzar a Fernández a poner fin a la gran agonía que vive el país, la segunda posibilidad que se imagina.

El fin del sufrimiento no significaría ausencia de dolor. Por el contrario, este podría verse termporalmente incrementado. Solo significa que, al fin, se habría reconocido que la Argentina está en el fondo y que es necesario trazar un plan para reflotarla. De alguna manera, sería el epílogo del barco sin timón que simboliza la administración del Frente de Todos. Mucha gente se sentiría genuinamente aliviada de tener un horizonte por delante, sin importar que también esto implique sacrificios.

Sin embargo… ¿quién sería lo suficientemente valiente para hacer esto? Alberto tendría, en principio, la responsabilidad de modificar el rumbo, pero sus carencias intelectuales y políticas son condicionantes de peso para la ejecución de una maniobra de alto riesgo. Si se lo descarta, los ojos se vuelven a la vicepresidenta para rápidamente pasar a Sergio Massa y, tal vez, al Congreso.

Es en este punto donde se ingresa en una nebulosa, porque implica el paso al costado de las máximas autoridades del país y una inédita necesidad de consenso entre oficialistas y opositores. Nadie se anima a decirlo, pero la perspectiva de un proceso similar al de 2002 no es un pronóstico afiebrado. El hecho de que nadie lo desee no lo exorciza sin más. Las sociedades temen a la anarquía porque, en materia del poder, esta equivale a la muerte. Llegados a un punto semejante cualquier herramienta constitucional se antoja lícita.

También puede que el día después no pase gran cosa y que todo siga más o menos igual. Un gobierno sensato procuraría que así fuese y la oposición firmaría a escondidas una alternativa semejante (nadie quiere hacerse cargo prematuramente de un desmadre generado por otros). Pero la perspectiva de dos años repitiendo las mismas recetas que han llevado a la actual coyuntura no es una presunción inteligente. Por más vueltas que se le de al asunto, todos los caminos conducen al peligro. Y las elecciones acelerarán esta certeza.

*Para Diario Alfil

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