Diez años de Kim Jong-un: una Corea del Norte más nuclear pero aislada

INTERNACIONALES 18 de diciembre de 2021 Por Macarena VIDAL LIY
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Pocos apostaban por él cuando el 19 de diciembre de 2011 la locutora de la televisión norcoreana Ri Chun-hee, vestida completamente de negro, anunció entre sollozos al mundo la muerte de Kim Jong-il, ocurrida dos días antes. Kim Jong-un, el hijo menor y sucesor del Querido Líder de Corea del Norte, era un casi completo desconocido, sobre el que se sabían pocos datos con seguridad. Que tenía unos 27 años y que carecía de experiencia sobre el gobierno de la nación más hermética del mundo. Muchos analistas consideraron que sería poco más que una marioneta en manos de hombres más experimentados, como su tío político el vicepresidente Jang Song-thaek, o que no duraría mucho en el poder.

Una década más tarde, Kim Jong-un ha demostrado ser mucho más que la caricatura con la que a menudo se le retrata en Occidente: un sanguinario tirano obeso y obsesionado con las armas nucleares. El tercer líder supremo de la dinastía Kim dirige con firmeza su país, donde ha impreso su propio estilo de mando: campechano cuando quiere, despiadado cuando le hace falta. Muy distinto, en todo caso, al de su padre, marcado por el terror a que la caída de la Unión Soviética pudiera repetirse en su régimen.

Con él al frente, Corea del Norte ha conseguido completar su programa nuclear. Ha restablecido los lazos con su antiguo aliado, China, de la que se había distanciado. Pero su precaria economía, tras unos años de crecimiento y relativa modernización, vuelve a tambalearse bajo el peso de las sanciones internacionales y la pandemia de covid. Y los derechos humanos continúan sufriendo horrendas violaciones.

Al asumir el poder aquel diciembre de 2011, aquel joven que pasó su adolescencia en Suiza “se puso manos a la obra desde el primer momento”, explicaba Robert Carlin, antiguo analista de la CIA para Corea en una reciente videoconferencia organizada por el centro Stimson, “se movió con celeridad para demostrar que tenía sus propias ideas, y de hecho algunas de sus iniciativas implicaban una crítica a Kim Jong-il”.

Su primer golpe sobre la mesa, y la demostración de que el joven no iba a ser una marioneta, llegó en 2013, cuando ordenó la detención, muy pública, de su tío en una asamblea del Partido de los Trabajadores y su posterior ejecución. Se deshacía así de un peligroso rival, a costa de enfriar durante años su relación con China, el país vecino y principal socio económico, con el que Jang mantenía excelentes relaciones.

El segundo golpe, igualmente cruel, llegaría cuatro años más tarde, en plena escalada de tensión con Estados Unidos, y también tendría como protagonista a un miembro de su familia que podía hacerle sombra: su hermano mayor Kim Jong-nam, al que mandó matar con gas nervioso en el aeropuerto de Kuala Lumpur en febrero de 2017.

El joven Kim ha hecho uso de un extenso aparato de propaganda para cimentar su liderazgo y proyectar su imagen al mismo nivel que el de su padre y, sobre todo, de su abuelo Kim Il-sung, el fundador del régimen. “Su imagen pública se basó en Kim Il-sung, al menos los primeros años. Se vestía de manera parecida, pronunciaba frases similares en sus discursos, acudía a los actos públicos acompañado de su esposa (Ri Sol-ju), como hacía su abuelo”, apunta Rachel Minyoung Lee, del centro Stimson. “Pero creó su propia marca”.

Una marca, según Lee, caracterizada por su disposición a delegar en otros, incluida su hermana menor Kim Yo-jong, que le representó en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018 en Corea del Sur y parece llevar las riendas de las relaciones con Seúl. Y por su pragmatismo: “Está claro que a Kim Jong-un le preocupan más los resultados que la ideología o las palabras”. A diferencia de sus predecesores, el joven líder supremo admite en público la existencia de problemas. En octubre del año pasado pedía entre lágrimas disculpas a la población por no poder ofrecerles un mejor nivel de vida; en 2021 ha reconocido el incumplimiento del plan quinquenal.

“Ya no vemos que se le trate como un mito” —dice Lee—, a diferencia de su padre, del que la propaganda oficial afirma que cuando nació un doble arco iris iluminó el cielo, o su abuelo, protagonista de proezas imposibles en la lucha contra los japoneses.

El menor de los líderes Kim ha optado, además, por apoyarse menos en las Fuerzas Armadas, que “no pueden defender y sustentar efectivamente las reformas económicas”, según Carlin, y más en el Partido de los Trabajadores de Corea . Si su padre proclamó el principio songun, o las Fuerzas Armadas primero, desde 2013 él ha aplicado la estrategia byungjin, o desarrollo simultáneo del programa de armamento nuclear y la economía.

Aunque en Occidente se le asocia, principalmente, a su programa nuclear y a sus numerosas pruebas de misiles, desde el comienzo de su mandato Kim ha hecho de la economía una de sus grandes prioridades. Inició apenas llegado al poder una incipiente reforma agraria, dio una mayor autonomía a las empresas y granjas para tomar decisiones y facilitó la actividad público-privada. Bajo su mandato han florecido los jangmadang, los mercados informales que surgieron durante la hambruna de los años noventa.

En Pyongyang, la capital reservada para los privilegiados del régimen, a lo largo de estos 10 años han surgido nuevos complejos de viviendas de diseño futurista, parques acuáticos, centros de esparcimiento; hasta un delfinario. Los móviles se hicieron frecuentes; se multiplicaron los taxis. Jóvenes de las elites se acostumbraron a tomar capuchinos en alguna de las cafeterías que abrieron en el centro de la ciudad. Para 2016, Corea del Sur calculaba que el Norte había alcanzado crecimientos del 4%, el mayor en dos décadas.

Con ese modelo aspiraba a garantizarse el respaldo de una población que, aunque con enormes limitaciones, está cada vez más informada sobre lo que ocurre fuera del país y las escenas de prosperidad en China o Corea del Sur, bien a través de sus conexiones con el poder o bien mediante contactos a través de la frontera que pasan productos culturales surcoreanos de contrabando.

Pero el desarrollo se topó con un fuerte obstáculo: “El país alcanzó la capacidad de Estado nuclear y tuvo que enfrentarse a sanciones”, puntualiza Yang Un-chul, del Instituto Sejong en Seúl. En 2017, a medida que escalaba la tensión entre Washington y Pyongyang y el régimen norcoreano convertía sus pruebas de misiles en un evento casi semanal, la ONU imponía tres nuevas rondas de sanciones contra Corea del Norte.

A finales de ese año, el país completó con éxito su primera prueba de una bomba de hidrógeno, con una potencia de 160 kilotones, y de un misil intercontinental. Kim Jong-un declaraba completado el programa nuclear de su país, la gran ambición que su padre y su abuelo no llegaron a ver.

2018 fue el año de la diplomacia para su régimen. Un primer acercamiento al Gobierno de Moon Jae-in en Corea del Sur, facilitado por la celebración de los Juegos de invierno, dio lugar a tres cumbres intercoreanas en apenas medio año. Y al primer encuentro cara a cara entre un líder norcoreano y un presidente de Estados Unidos, el impredecible Donald Trump. Si solo meses atrás Kim intercambiaba con él insultos de lo más colorido (“hombre cohete”, increpaba el norteamericano; “viejo chocho”, replicaba el norcoreano), el histriónico inquilino de la Casa Blanca llegaba a asegurar entonces: “Nos hemos enamorado”.

Pero aquel encuentro en Singapur, que Washington esperaba que condujera a un proceso para desnuclearizar Corea del Norte, resultó una oportunidad perdida. La vaga declaración de intenciones resultante no se tradujo en hechos concretos. La siguiente cumbre, en Hanoi en febrero de 2019, terminó antes de tiempo y con un rotundo fracaso. La tercera, en la frontera coreana en junio de ese año, no fue más que un golpe de efecto improvisado por Trump en el último momento.

Desde entonces, las negociaciones entre la primera potencia del mundo y la diminuta potencia nuclear permanecen en barbecho. La Administración estadounidense de Joe Biden no ha mostrado gran interés en recuperarlas.

Y la economía norcoreana ha acusado los golpes. Múltiples. Las sanciones internacionales han agravado su aislamiento, en el que China se perfila como la principal excepción. Varios tifones, resultado del cambio climático, han destruido sus cosechas y dañado sus infraestructuras. La pandemia hizo que el país mantenga sus fronteras completamente cerradas desde hace casi dos años completos. Ello le ha permitido mantener en cero, al menos de manera oficial, el número de contagios de covid dentro de su territorio, pero también ha devastado el poco comercio exterior existente y ha bloqueado la entrada de divisas. El banco central surcoreano calcula que la economía del Norte se contrajo en un 4,5% interanual en 2020.

Pese a los desafíos, es improbable que Kim Jong-un cambie de rumbo. El líder norcoreano considera el programa nuclear el seguro de vida de su régimen, que le protege de ataques del exterior. Si se deshace de él —teme—, podría acabar como Sadam Husein o Muamar el Gadafi. “Sus armas nucleares son demasiado preciosas como para deshacerse de ellas fácilmente”, según Park Jong-chul, de la Universidad Daejeong surcoreana.

Ello implica que continuarán las sanciones en el futuro previsible. Tampoco hay indicios de que vayan a relajarse las medidas contra la pandemia. El régimen ya ha advertido a sus ciudadanos de que se encuentran ante la “situación más dura” hasta el momento. Ha endurecido los controles sociales y las medidas contra el “cáncer vicioso” de la cultura extranjera. Desde enero se ha vuelto a centralizar la economía, mientras desarrolla nuevo armamento, incluido un supuesto misil hipersónico. “Corea del Norte se está preparando para la prolongación de las dificultades en el futuro”, apunta Lee.

Mientras tanto, Kim, que este año ha perdido peso de manera notable, mantiene su férreo control sobre el país, sin indicios de desafío a su poder. Sin un heredero perceptible ―sus hijos son aún muy pequeños―, a sus 37 años aún afronta décadas de mando por delante.

Fuente: El País

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