El entorno de Alberto Fernández también critica a Martín Guzmán, pero el Presidente resiste la presión

POLÍTICA Por Joaquín MUGICA DÍAZ
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Se mantuvo un largo tiempo en silencio mientras las piedras del kirchnerismo caían sobre su despacho. Inmutable frente a los cuestionamientos, cada vez más reiterados, sobre su continuidad en el ministerio de Economía, Martín Guzmán recién respondió a las críticas cuando puso un pie en Bariloche, donde viajó para participar del Foro Llao Llao.

“Yo me dedico a usar cada minuto que tengo en gestionar políticas para mejorar la vida de nuestra gente. Mi función es dedicarme 100% a la gestión y no inmiscuirme en disputas de poder”, sostuvo el funcionario con su habitual tono de voz. Bajo, pero firme.

 
Guzmán no está dispuesto a entrar en el juego dialéctico de la interna. Sabe que la inestabilidad política de la gestión afecta el plan económico y reduce las expectativas sobre una recuperación económica sostenida. La interna política no es solo una pelea de poder, es también el conducto para que las variables de la macroeconomía se trastoquen.

Sus palabras no pasaron desapercibidas. Máximo Kirchner le respondió el sábado durante un encuentro del PJ en Baradero. “¿Cómo que nuestro ministro de Economía Martín Guzmán dice que él hace su trabajo pero que no se mete en disputas de poder? ¿Y entonces qué vamos a hacer?”, cuestionó.

Alberto Fernández está dispuesto a sostener al ministro en su cargo pese a la lluvia de críticas que caen sobre el Palacio de Hacienda cada semana. Habla todos los días con él y se mantiene informado sobre todos pasos que da Guzmán. Pese a las recomendaciones de algunos interlocutores frecuentes, el Presidente no duda en mantener al ministro en su lugar.

Hay quienes le han dicho a Fernández que tenía que terminar el ciclo Guzmán después del acuerdo con el FMI. Otros que creen que su gestión ya está desgastada y que una decisión así implicaría terminar con la polémica con Cristina Kirchner y poder relanzar su gestión con un cambio profundo que muestre una renovación en uno de los ministerios más importantes del Gabinete.

El primer mandatario no lo movió ni un centímetro de su lugar. Le valora el acuerdo con los bonistas privados y haber sacado adelante el complejo acuerdo con el FMI, además de la economía de guerra diseñada durante la pandemia, en un momento de incertidumbre mundial.

Durante su viaje a Bariloche, el ministro de Economía dejó algunos conceptos claros sobre el camino que está transitando su gestión y los lineamientos que quiere seguir. ¿Qué dijo? Que es necesario aumentar las exportaciones para que el crecimiento de la economía sea sostenido, que se generó una fuerte reducción del déficit y que está trabajando en adaptar el tema de regulaciones de capital para facilitar la entrada de capitales en el sector energético.

También dijo que el primer trimestre los objetivos en lo fiscal y monetario se cumplieron, que crear un shock de confianza de inversión privada en Argentina no se hace bajando impuestos, que la inflación no se baja solamente dejando de emitir y que los subsidios excesivos generan un problema para el funcionamiento de todo el sistema económico, motivo por el que hay que bajarlo.

Las definiciones de Guzmán no colman las expectativas del kirchnerismo, pero tampoco de un sector del peronismo que está alineado a Alberto Fernández. Dentro del esquema del Presidente crecieron las críticas al ministro de Economía.

Le valoran el acuerdo con el Fondo, pero no le ven futuro a su plan anti inflacionario que, en definitiva, es el que debe impactar en la economía doméstica. “Menos Kristalina Georgieva y más supermercado Coto”, definió un albertista con cierta ironía.

Las críticas a Guzmán que aparecen en las arterias albertistas no se harán públicas porque todos entienden el mensaje que ha dado el Presidente. Fernández respalda al ministro y no piensa en su salida. En la Casa Rosada aseguran que el ministro sigue firme en su cargo. No hay dudas sobre su futuro inmediato.

“Guzmán dice que la clave para bajar la inflación es generar expectativas y, por ende, ordenar la política. Lo primero que se me ocurriría decirle es que lo que ordenaría la política sería su salida”, sentenció un importante funcionario nacional con acceso al despacho presidencial.

Cerca de Alberto Fernández aclaran que si “a Guzmán le va bien, se quedará” y que si su “plan económico no funciona, se irá”. Simple. Su permanencia está atada a los resultados. “Todos son fusibles, menos el Presidente”, indicaron.

Mantener al ministro es una muestra de autonomía que lo fortalece frente a los constantes embates del kirchnerismo, que casi todos los días sale a desgastar la figura de Guzmán, instalando la idea de que “no ve la realidad de lo que está pasando”.

Esa medida de empoderamiento parece no alcanzar para convencer a los propios sobre el rumbo del gobierno nacional. En el peronismo sigue existiendo una enorme desazón por el comportamiento de Fernández.

Ya no alcanza con sostener a Guzmán, ni con dejar entrever que gestionará ignorando los cuestionamientos de Cristina Kirchner y La Cámpora. No alcanza con bajar el ruido de la interna y con la decisión de no contestar en público para encapsular el conflicto. No alcanza con concentrarse en la gestión sin que la crisis del Frente de Todos le corra el eje. Ya no alcanza con nada.

En el peronismo esperan de Fernández medidas concretas. Cambios en el Gabinete que no lo lleven a una ruptura, pero que le pongan el sello de su autonomía a lo que queda de la gestión. Esas decisiones que marcarían autoridad y una nueva impronta, no llegan. Y, algo peor, entre los propios del Presidente creen que nunca llegarán.

Durante las últimas semanas se discutieron cambios en el corazón del Gobierno. Movimientos en diferentes sectores del esquema del estado y del Gabinete. Cambios en las segundas y terceras líneas, además de la titularidad de algún ministerio y el diseño estructural del Gabinete. Sin embargo, la resolución aún no se tomó.

Desde el entorno del Presidente niegan que esos cambios estén en carpeta, pero quienes lo frecuentan semanalmente aseguran que el debate aún sigue presente, pero que Fernández dilata la decisión. ¿El motivo? Nadie lo sabe a ciencia cierta.

Uno de los problemas que el Presidente tiene puertas adentro es que no confían en él. ¿Por qué? Porque sienten que “primero acelera y después pone el freno de mano”. Nunca termina de concretar cambios profundos que lo muestren con poder y que le pongan su sello a una gestión muy desgastada por la interna.

Esa misma falta de confianza impacta de lleno en el armado político del albertismo. No logra avanzar ni tomar volumen pese a los intentos de ministros, legisladores y funcionarios por contener al Presidente con un esquema de poder.

Ningún intendente ni gobernador está dispuesto a jugarse el pellejo por un Jefe de Estado que no logra marcar un rumbo y que no toma decisiones de gestión que lo muestren como un líder con poder y conducción. Por eso, para los propios albertistas, es difícil juntar voluntades.

Los cuestionamientos al jefe de Estado que nacen desde el propio Gobierno generan fastidio en su círculo íntimo y exponen la falta de conducción que tiene Fernández sobre la totalidad del gobierno nacional y el peronismo.

La estructura del Ejecutivo es endeble por el mismo motivo por el cuál la gestión económica es cuestionada. Porque no hay confianza ni expectativa sobre que vaya a mejorar. En ese escenario, sumado a una proyección inflacionaria cercana a los 60 puntos, pensar en una reelección es una tarea compleja.

Quienes conocen en la intimidad a Fernández no lo ven con espíritu de competencia ni vocación de reelección. En Balcarce 50 mantienen indemne su intención de jugar en las próximas elecciones. El propio Fernández marcó sus intenciones durante una visita inesperada a un plenario del PJ en José C. Paz. “Los que quieren hacerles creer que en el 2023 estamos perdidos. Un carajo estamos perdidos”, gritó.

En el kirchnerismo duro, aunque no lo digan en público, creen que hay grandes chances de que el Gobierno pierda las elecciones el próximo año. No le ven futuro a la gestión ni resultados alentadores a la lucha contra la inflación, que está encadenada con el aumento del poder adquisitivo.

Fernández, en cambio, confía en el plan de Guzmán y mantiene sus expectativas de que la situación mejorará. A paso lento, pero con señales positivas.

Los que miran con desconfianza cada paso del Presidente hacen una cuenta sencilla: ningún Presidente puede decir que no irá por la reelección con tanto tiempo de distancia de los comicios. Hay un motivo concreto que lo explica. Dejaría escapar por los pasillos de la Casa Rosada el poder que le queda.

“Los ministros propios que cuestionan a Alberto en off son peores que el kirchnerismo. Le hacen mucho daño. Deberían irse del Gobierno. Si tienen dignidad, deberían dar un paso al costado. Lo único que buscan es reedito personal”, sentenció un hombre de confianza del Presidente.

Y agregó, con enojo: “Con ese movimiento los otros (el kirchnerismo) dicen ‘ves, si lo cuestionan los propios, como no lo vamos a cuestionar nosotros’. Le hacen más daño al Presidente que los que lo critican todos los días. Es increíble. Ninguno de los que lo critican por lo bajo le dice las cosas en la cara”.

El Gobierno está revuelto y desgastado. Golpeado por una interna infinita y una inflación galopante. No es una novedad, sino una descripción de la realidad que hacen desde los diferentes sectores que integran el Frente de Todos. En todas las terminales esperan decisiones de Alberto Fernández.

“Las cartas están sobre la mesa. Todo depende de Alberto. De nadie más. Solo de él”, aseguró un albertista que aún guarda cierta esperanza sobre el porvenir. Guzmán sigue firme y en estado zen. Fernández, también.

Fuente: Infobae

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