¿Por qué nos incomoda Alfredo Casero?

OPINIÓN 18 de mayo de 2022 Por Fernando NAVARRO
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La imagen la vimos todos. Alfredo Casero golpea la mesa y comienza a gritar. Y se provoca una situación descontrolada para quienes lo rodean, empezando por el conductor del programa del que era invitado. A una televisión como la nuestra, tan politizada, y que está siempre atenta al minuto a minuto, a vivir del rating, de la indignación y de la polémica, de repente le surgió una situación que no pudo controlar. Algo se les escapó de las manos a los profesionales del espectáculo.

Me abstraigo de una verdad posible: intuyo –junto a otros cientos de políticos- que no le debo caer bien a Alfredo Casero. Pertenezco a la clase política desde hace muchos años, y por ende me siento también responsable de lo que vivimos y padecemos a diario los argentinos. Lo que vimos el otro día, el golpe en la mesa de Casero, es un llamado a la reflexión porque expuso la bronca que hay en la calle y en la gente sin mediaciones.

Disfruté en los años 90 de sus programas. Había ahí una mirada ácida sobre la época que abarcaba tanto a la política como a la televisión. Porque Casero hacía (junto a sus compañeros) una televisión que se reía de ella misma. No estoy descubriendo la pólvora, esto seguro que ya se dijo. Pero así como Olmedo mostraba el detrás de escena de los decorados precarios de la televisión de los 80, Casero nos puso delante de los ojos la hipocresía, el detrás de escena de la misma sociedad. “Juzguemos a los otros” era un sketch genial sobre la televisión como institución de una nueva justicia: la mediática, en la que se arrinconaba y enjuiciaba a las personas desde una moral encarnada por personajes “impolutos” de la televisión. Ese Casero tenía más profundidad que toda la clase política junta para entender su tiempo y expresarlo en una hora de televisión. Y podría citar otros ejemplos de las grandes piezas de humor de “De la cabeza” o “Cha cha cha”.

Pero aunque piense distinto, aunque las opciones políticas de Alfredo sean distintas a las mías, aunque no ahorre agravios e insultos sobre figuras de mi gobierno que respeto por completo, también veo en su última irrupción un intento por romper la hipocresía. Se sintió burlado y usado por quienes defienden ideas parecidas a las de él. Pero más que eso: Casero sintió que ya no podía esperar nada ni de la política ni del periodismo político, y quizás vio detrás de eso, a los grupos económicos que los sostienen. Casero no es careta y golpea contra las formas y el fondo. Aún desde las antípodas de mi pensamiento el tipo nos está diciendo: “Esto no da más”. Como si estuviéramos tirando de la cuerda por demás. Muy por demás. Y vuelvo a insistir: represento lo que Casero odia, más allá de mí (que a lo mejor no sabe ni quién soy). Pero la política se tiene que sentir interpelada por un tipo que grita su desesperación en vivo. Él rompió el sketch que quisieron hacer de él.

Seguramente muchos pensaron cómo solucionar el incidente: exponer a Casero en la imagen violenta hasta saturarnos para luego no invitarlo más. Nos servía, ahora no nos sirve, dirán. Pero eso no soluciona nada. Casero conecta mejor con la calle que muchos periodistas, analistas y políticos. Porque la calle está picante.

Me pasó hace poco caminando por mi barrio. Yo salgo a caminar todos los días: por mi salud y para ver a la gente. Y en una de esas caminatas una mujer me increpó, me filmó y me insultó. Me dijo de todo. Y no encontré la forma de poder hablarle. De parar la pelota juntos y hablar. Porque ella necesitaba descargarse. Me llenó de tristeza porque ella tenía sus razones. ¿O acaso alguien se expone a gritarle a un político en la calle si no tuviera razones sinceras para hacerlo? Días después esperé (con cierto temor) si aparecían en las redes las imágenes de la mujer gritándome. Y pasé esos días pensando en ella. En su vida. En que quizás con eso le alcanzó. Y en que yo soy un privilegiado y ella no. Trabajo en política, hago lo que me gusta. No justifico la violencia pero tampoco me siento víctima. En absoluto. Con gritos, con mensajes chocantes, la sociedad nos está diciendo algo. Y ese algo no es la “polémica” de la televisión donde unos y otros nos chicaneamos y cumplimos roles de oficialismo y oposición. Es más profundo. Es un hartazgo que viene de más lejos. Y Dios quiera que estemos a tiempo de escucharlo.

Fuente: Infobae

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