CFK, Macri y Milei salen a disputar porciones del “voto hartazgo”

POLÍTICA 18 de mayo de 2022 Por Eduardo AULICINO
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La política ofrece en estos días un capítulo curioso, paradójico en varios sentidos. Cristina Fernández de Kirchner, Mauricio Macri y Javier Milei, cada uno a su modo, se pusieron en carrera para tratar de capturar alguna porción del heterogéneo malestar social, bajo el supuesto de que existiría un “voto hartazgo”. Los tres son parte del juego político y los tres -no sólo, pero sin dudas más que el resto de los referentes de cada espacio- adelantan la competencia electoral, cuando falta más de un año para la primera cita -las PASO- y la campaña anticipada resulta socialmente irritante frente a la profundidad de la crisis económica y social.

Por ahora, entre varias diferencias políticas, sobresale un dato: el interrogante sobre sus reales chances para la competencia. CFK y Macri exponen altos niveles de rechazo, según registra la mayoría de las encuestas, pero mantienen fuerte peso en sus coaliciones. Milei expresa los “beneficios” de la novedad, según la frase de un destacado consultor, pero no cuenta con estructura propia y enfrenta el desafío de una alta y prematura exposición.

Dos trabajos recientes lo traducen en números. Un relevamiento de Poliarquía señala, además de la persistente caída de la valoración del gobierno, que CFK redondea un 60% de imagen negativa y un 25% de positiva, Macri anota 52% y 20%, en los mismos renglones. Management & Fit registra 60 (negativa) y 31 (positiva) para CFK, y 48 y 28 para Macri. Y Milei, según este último trabajo, está en 35 puntos en las dos puntas, con unas décimas más de negativa. El otro estudio destaca el momento de Milei. Quedan de todos modos un interrogante sobre cierta desaceleración de Milei y un mensaje de freno o desgaste en el caso de otros referentes, con el oficialismo entre los más castigados.

Los tres tienen perfiles y, se supone aunque está en discusión -como se verá-, públicos totalmente diferentes. Pero el problema central es la multiplicidad de factores que inciden en el malestar colectivo, que ya ninguno desconoce. En espejo, más allá de la increíble frase de un funcionario sobre el “bienestar que no se nota”, aparece la campaña oficial tendiente a dar un mensaje “positivo” frente a lo que se sugiere como una campaña de desánimo.

Tal vez el principal componente del malhumor social sea la huella dejada por la desmedida cuarentena frente al coronavirus y la pandemia como tal. Nadie desconoce el efecto social negativo de esa etapa, aunque no hay suficiente claridad sobres sus estribaciones profundas. Parece claro el aire de quiebre, por el agotamiento y las angustias que provocó. Su dimensión resulta aún incalculable.

En simultáneo, aparecen señales ya repetidas de desencanto con la dirigencia política en general. Es una pendiente que lleva de manera evidente al menos dos décadas y es alimentada más recientemente por la interna sin fin en el oficialismo y las disputas en la oposición. Es un cuadro delicado, porque se combina con el malestar y el efecto desgastante de la profundizada crisis económica.

Son, en suma, elementos variados que componen un conglomerado heterogéneo entendido de todas las maneras posibles: por franjas sociales, edades, tendencias electorales previas, nivel educativo, ingresos. Sin embargo, el alcance del malestar o del “hartazgo” supone una referencia y un desafío en la lógica prematura del 2023.

En este contexto, CFK expresa quizá el ejemplo más llamativo por su doble condición de política con larga trayectoria en el poder y como socia central del actual oficialismo. Sin embargo, en grave tensión con Olivos, recrea el discurso de ruptura con el sistema político tradicional y los factores de poder, con especial foco y pinceladas ideológicas sobre un supuesto sesgo de distribución de la riqueza.

La ex presidente pone el foco en la Corte Suprema, con arrastre inquietante de causas a pesar de la ofensiva en continuado, pero además cuestiona abiertamente el actual sistema institucional -en particular en lo que refiere al Poder Judicial- por su condición de “viejo”. Las críticas a los “tiempos” de la Justicia o la influencia de poderes económicos y mediáticos son a la vez el núcleo de su construcción política.

En esta escalada del kirchnerismo duro tal vez exista un motivo adicional sobre el efecto de Milei. La consideración dominante decía -dice- que el referente “libertario” estaría capturando sobre todo a votantes enojados con Juntos por el Cambio o, más precisamente, con las actitudes “moderadas” de ese espacio. Sin embargo, la llegada de Milei a sectores de bajos ingresos y de clase media en caída estaría poniendo en alerta al círculo de CFK. No sería un dato menor su advertencia sobre asalariados pobres.

Macri, por su parte, combinaría preocupación dentro de JxC por ese flanco y aspiraciones personales de peso y reivindicación interna. El ex presidente sostuvo en estos días que sería más importante que la propia y compleja unidad, la “identidad” original del PRO. Estaría volviendo así, en el discurso, a sus propios inicios, cuando se mostraba cono un proyecto superador -y frontalmente crítico- de la política tradicional.

Pasaron unos veinte años. Si en los orígenes el “cambio” expresaba distancia de los principales partidos, la construcción posterior lo llevó a una coalición con la UCR y la CC, además de la incorporación de peronistas alejados de la experiencia kirchnerista. La diferenciación pasó a ser centralmente con esa etapa, pero ahora buscaría no sólo confrontar con CFK sino además atender el nuevo desafío político.

Milei, en ese sentido, pasó a ser un punto de análisis. Tiene algún correlato con lo que ocurre en otros países: lo que se define como la “nueva derecha”. El discurso y los modos apuntan a captar el malestar social -en especial de jóvenes- de la manera más amplia posible, con pinceladas llamativas -por ejemplo, la confusión entre los conceptos libertario y liberal- y con definiciones efectistas, tal vez a prueba en el largo andar que supone más de un año hasta las elecciones.

Su reciente presentación en la feria del Libro tuvo características de acto político y show. Repitió su discurso en contra de la “casta” política, habló de “marxismo cultural” y descalificó al feminismo desfigurándolo como un fenómeno ideológico lineal, cuando en rigor es bastante más que lo que suele estar a la vista. Poca historia, poco liberalismo.

Visto así, el cuestionamiento a lo que se denomina política tradicional -con su mochila de cargas y sus aislamientos en microclimas- pasaría por ampliar grietas, todo en blanco y negro, con elección y, más aún, construcción del enemigo. Pocas cosas más viejas en política.

Fuente: Infobae

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