Se abrió la carnicería

OPINIÓN 05 de junio de 2022 Por Roberto García*
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Empezó la carnicería cuando muchos insinuaban una tregua entre el Uno y la Dos. Hay olor a florería, pero no es atribuible al cumpleaños de YPF. Más que aniversarios famosos se respiran velatorios, funerales, tiempos de coronas en lugar de atractivos bouquets. Las dudas: mañana se cambia a un ministro de Producción (el renunciante Matías Kulfas) o se modifica un curso del Gobierno con la unificación de carteras (Producción y Agricultura, o Transporte con Producción).

Otra incógnita: Alberto elije a alguien de su cercanía (Todesca), uno de Cristina (Costa), un híbrido como Katopodis o le cede una responsabilidad superior al Ministerio y lo invita a presidirlo a Sergio Massa, aspirante hace rato a salirse de la Cámara de Diputados y disponer de una función ejecutiva más amplia en uno de los rubros en que “se fabrican los dólares”. 

También suena como candidato un fanático de esa área y de la palabra que la distingue, prioridad de su diccionario personal, el embajador Daniel Scioli, quien en los últimos meses le hace el aguante al Presidente para ayudarlo o sucederlo. Finalmente, ambos se reconocen “hermanos”. Además, Scioli guarda una perfecta sintonía con Guzmán. Pero, reconocido en Brasil, difícil que se sumerja en aguas distantes de la chica de Ipanema.

Al revés es la situación de Massa, enfrentado a Guzmán, pero con el apoyo de una maraña (gobernadores, intendentes) preocupados de que alguien aparte al Gobierno de una pendiente mortal. De ahí que el sucedáneo de Kulfas supone un simple trámite de reemplazo o la modificación de una política que encarna Economía, hoy respalda Fernández, habilita el Fondo Monetario y es probable que rubrique Biden cuando se reúna con su colega argentino en julio.

En 48 horas se desató la búsqueda de presas, caza de chanchos a cuchillo o leones con carabina. El viernes, la colmena estaba excitada por el encuentro –luego de 90 días de incomunicación– entre Cristina y Alberto en el centenario de YPF. Propios y ajenos coincidieron en que la vice pasó con éxito esa jornada reclamando que Alberto despida a Guzmán, Kulfas, Moroni y Pesce. “Usá la lapicera, Alberto”, le recomendó.

Sin embargo, en ese acting, ella se había olvidado (a cierta edad no se recuerda lo más reciente) de que unos minutos antes el mandatario había sacado el capuchón, le puso tinta indeleble al tanque y echó del cargo a una protegida de la vice, la titular de la AFI, Cristina Caamaño, de improvisada y poco lucida tarea según los especialistas.

Saldo de la reunión en Tecnópolis: Cristina ganadora moral mientras Alberto primeraba en el resultado. Suele ocurrir. Además, para ocupar la cúpula de los espías, no sólo sacó a una de ella, sino que puso a uno de él, Agustín Rossi, un albertista de la primera hora quizás por la tirria que Cristina siempre le dispensó (le hizo morder el polvo con una frustrada candidatura en Santa Fe). Esta elección de Alberto fue un hecho concreto, agresivo, insolente, superior a los mohines y mensajes abiertos y encubiertos que Cristina había ofrecido en el teatro de Tecnópolis.

Duró poco esa fotografía: 24 horas más tarde, harto de las objeciones de Cristina –de que un día escribió un libro contra ella, de que no es industrialista y, el viernes pasado, de que no es capaz de parar el récord de importaciones–, Kulfas desempolvó el guitarrón mexicano que le gusta tocar e hizo difundir en off un sartenazo mediático: quienes utilizaron la lapicera, señaló una mano anónima de su colección, para una licitación cuestionable fueron “funcionarios de Cristina”. No de Alberto. Y han sido ellos, además, los autores de otorgar condiciones acomodadas a Techint para la fabricación de tubos, casi risibles, como el manejo discrecional de conceder la obra del gasoducto a la misma empresa. Una mancha al cristinismo, la viuda, simpatizantes y La Cámpora.

Como se sabe, el día anterior la vice le había endosado esas graciosas facilidades al albertismo. Sostuvo que no sólo había que hacerle favores a la empresa de los Rocca sino exigirles, además, una generosa devolución para otras obras del Gobierno. Kulfas se hinchó fastidiado con esas consideraciones y replicó. Se entiende que lo hizo sin ver la luz verde de Olivos para ese brote de enfado.

Al minuto le respondieron los funcionarios aludidos en la presunta irregularidad y Cristina pidió té con limón para aliviar la jaqueca. No había previsto este desenlace. Tampoco le alcanzó que su griterío despabilara al Presidente, más de uno sospecha que le reclamó “lo quiero afuera en 5 minutos” y, temeroso ante una hecatombe, Alberto ordenó un balsámico para la dama y le entrego la cabeza de Kulfas en bandeja.

Igual la neblina se hizo más espesa y mañana se iniciará alguna causa penal por los hechos de cohecho denunciados, un “nunca me olvides” de episodios característicos del kirchnerismo en la obra pública, incluyendo aquella fantasía desopilante del gasoducto Caracas-Buenos Aires que juraban promover los finados Néstor y Hugo Chávez. A ser realizado por Techint, claro.

Queda la designación neutra del nuevo encargado de Producción o, quizás, un eventual cambio en la estructura económica que complique a Guzmán. Por supuesto, se suspende el Plan Argentina Productiva 2030 que Kulfas había anunciado para sacar a 9 millones de personas de la pobreza al tiempo que se contamina en términos políticos la realización de la imprescindible obra: los dos Fernández se han intoxicado con un gas que todavía no salió del fondo de la tierra, le agregaron mal olor al fluido. Para que persista la pelea, el encono y vuelvan a colgar cadáveres en la ganchera de la carnicería.

* Para Perfil

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