La tristeza, el desamparo y los secretos inconfesables de los que duermen en la calle con frío polar

CIUDADANOS 10 de junio de 2022 Por Rodolfo PALACIOS
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Juan lleva 33 años en la calle. Duerme sobre un colchón en Villa Crespo, aunque a veces se lo roban y no le queda otra que acostarse en un cartón. Las noches de frío como estas, con una temperatura de 5 grados (que promete bajar a 2 durante sábado y domingo), le calan los huesos y lo vuelven melancólico.

Es así cómo recuerda lo que le contaron sobre su infancia en Mendoza. Su madre salía a trabajar y lo dejaba solo. El tenía dos años y gateaba en pañales por la casa precaria. “Cuidalo que no salga”, le ordenaba la mujer al perro. Y cuando se iba, el perro se interponía entre la puerta y ese bebé que sólo quería salir.

Hasta lo empujaba con la cola. Pero un día, uno de sus hermanos mayores, que se la pasaba en la calle, salió con el perro y ese niño quedó con la puerta abierta por primera vez.

Salió como si descubriera el mundo. Gateó por el medio de las calles de tierra, por las que -cada tanto- pasaba un caballo.

Pero el niño -que por ese entonces se llamaba Esteban (la calle lo bautizó Juan)- no llegó lejos: se cruzó un patrullero del que bajaron dos policías. Lo alzaron y descubrieron que era de la casa de esa mujer que salía a trabajar todos los días. Golpearon las manos y no atendió nadie. Un juez decidió que debía ser internado en un orfanato.

Salió a los 21, cuando fue mayor de edad. En lugar de buscar a su madre, viajó hacia Buenos Aires colado en un tren como otro amigo. Se bajaron con el tren en movimiento antes de la estación de Retiro.

En ese momento nació el hombre que viviría el resto de su vida en la calle, a la intemperie.

Lleva 25 años en la esquina de Castillo y Acevedo. Los vecinos lo quieren. Por estos días lo ayudan a reconstruir su refugio callejero.

“A veces salgo a cartonear y cuando vuelvo no hay nada. A veces me lo saca el Gobierno porteño por una denuncia, otras veces otro linyera”, se queja.

Juan es una de las más de mil personas que viven en la calle en la Ciudad de Buenos Aires y sufren la ola de frío en medio del drama y la soledad. Contó su historia en la recorrida que Infobae hizo por los barrios porteños en medio de la ola polar.

De acuerdo con datos de la Asociación Civil Proyecto 7, que bajo el lema “La calle no es un lugar para vivir” lucha para que el Congreso trate una ley nacional para gente en situación de calle, en la Ciudad hay más de mil personas que duermen en la calle y en territorio bonaerense, más de 3000. “En 2021 murieron 30 personas en situación de calle y este año cinco. No fueron muertes naturales”, dice Proyecto 7 en un comunicado.

Al mismo tiempo, el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat del Gobierno porteño impulsa el Operativo Frío, el programa que despliega 25 equipos especializados de Buenos Aires Presente (BAP) que recorren proactivamente las calles de todas las comunas de la Ciudad. Así, se complementan las intervenciones que surgen de los llamados recibidos en la Línea 108, de Atención Social Inmediata o de Boti, el chatbot de la Ciudad.

Juan, al igual que otras personas que están en su misma situación, recibe asistencia del Ministerio “Transformando calles”, que lanzó una campaña por el frío que pide la donación de frazadas, camperas, buzos o ropa abrigada. Pertenece a la iglesia Saddleback Church Buenos Aires, situada en Salguero 1210. Quienes quieran colaborar pueden contactarse por whatsApp (+5491131283721) y su web es saddlebackba.com. Los representantes de esa iglesia buscan acercarse a las personas de la calle para escuchar sus historias y brindarles apoyo espiritual. Además de las donaciones que les entregan.

Juan, al que los vecinos apodado “El Perro Rambo” porque a todos los saluda diciéndoles “Perro” y porque suele tirar trompadas al aire, es visitado por los referentes de la iglesia desde hace cinco años. Recibe donaciones y va a las ceremonias.

En un momento, Juan -de un metro cincuenta, vestido como un linyera de los antiguos- le pega trompadas a la pared. Se mueve de izquierda a derecha, de la esquina hacia mitad de cuadra. Nunca deja de golpear. Hasta que le pega a la cortina metálica de un supermercado chino y aparece una mujer policía que le pide que se tranquilice. El hombre hace un uno y dos a toda velocidad contra la cortina y frena. Muestra sus nudillos. Están como si no hubiesen impactado con nada. Mira a la uniformada y sonríe:

-Disculpe señorita, no lo hago de loco o violento. Es la única manera que tengo de calentarme y no tener frío.

Para que no le duelan los huesos por las bajas temperaturas, Juan tiene un secreto. En un vaso rompe un huevo con cáscara y todo. Le pone tres gotitas de whisky o licor de una petaca. Lo tapa con un nailon. Y le exprime un limón. Lo deja reposar. Hasta que lo abre y se deshace de la yema y la clara. El limón absorbe la cáscara. “Tenés que tomar eso y te fortalece las articulaciones. Hay vecinos que con mi receta se curaron, es que el brebaje es puro calcio”, dice.

Una mujer le regaló semillas que él plantó en la tierra, alrededor de un árbol que él vio plantar y crecer año a año. Entre las hojas hay hierbas digestivas. El les prepara té con a los vecinos con problemas estomacales. A veces les ordena el jardín. A cambio le dan comida o ropa.

“Esas plantas me recuerdan al campo de Mendoza donde me crié”, revela.

Luego protesta por los jóvenes que fuman paco o consumen otras drogas. “He visto a pibes meter pegamento, sacar un pañal de la basura, cortarlo y meterlo adentro de una bolsa para que la sustancia sea más fuerte. Y aspiran y quedan dados vuelta”.

Las noches más oscuras

La noche deja de invisibilizar a las personas sin techo. Como si el anochecer alumbrara la desgracia.

En algunas zonas se ven grupos amuchados para combatir el frío, como los que viven bajo un puente en Constitución y tienen una vieja televisión que funciona. En otras calles, pueden verse un hombre que duerme en una carpita, otro que se tapa con cartones, otro que logra dormir en la zona de cajeros de un banco (a la mayoría los sacan) o acostados en sillones, colchones o asientos de plaza.

Otros duermen donde pueden, como puedan. Algunos parecieran caer y fundirse del material de la baldosa. Otros parecen hombres ahogados que fueron arrojados por la orilla en una isla de cemento. O sentados con la cabeza hundida en el pecho, como un rezo extraño. Como plantas que se marchitan o quedan torcidas según el clima. Familias que ranchan con sus bebés en pañales. Y el contraste de los bancos, edificios estatales o, por ejemplo, el Cabildo o el CCK iluminados.

La calle moldea los rostros de los sin techo. Las facciones son otras. La piel curtida. Y la tristeza impregnada en las miradas.

“La forma de descubrir si la persona lleva poco o mucho tiempo en la calle, está en la piel menos dañada, en el aroma que deja el paso de los días”, dice Rodolfo, como si vivir en la calle fuera una enfermedad que avanza, irreversible.

Quedó a la intemperie en 2019. Perdió su trabajo y su esposa murió de un infarto. Los ahorros le duraron tres meses porque tuvo que pagar el velorio y el entierro. Dice que se dejó estar. Que podría haber seguido alquilando esa casa, pero volvía y el dolor de no ver a su esposa lo expulsaba a dormir en la calle.

Duerme junto a dos compañeros de calle en la puerta del banco de Corrientes y Acuña de Figueroa. Ahora la Policía los echa de la zona de los cajeros, donde solían dormir. Rodolfo tiene ojos tristes y si se lo ve sin saber si desdichada situación podría decirse que no parece que duerme todos los días sobre un cartón.

“Es que voy a la Iglesia a bañarme día por medio. No me drogo, no tomo alcohol, no fumo. Sólo le doy al mate. Nunca pensé que iba a terminar durmiendo en el piso. La calle es peligrosa. El frío es lo de menos, aunque te puede matar. Una vez un tipo vino con un cuchillo y me apuñaló para robarme mi mochila, que la usé de escucho porque sino me mataba. Me dieron doce puntos”, cuenta.

Su amigo. “El cordobés”, prefiere no hablar. “No me gusta contar mis desgracias porque me hace mal”.

En cambio, Claudio, que para con ellos, dice que su dolor es inmenso. Y que quedó en la calle hace cuatro años y medio, cuando su hijo murió de leucemia. “Fue algo que no esperaba. Eso me demolió. Yo trabajaba de seguridad en hospitales y mercados. Pero me vine abajo. La tristeza me venció. No podía trabajar y manejar un arma. Ni que me dieran dinero me podía salvar. Terminé en la calle, con el espíritu cerrado. Espero que la iglesia me lo vuelva a abrir, necesito un empujón”, dice. Un hombre con gorro , lentes y bigotes interrumpe la charla para preguntar dónde puede conseguir comida.

“Tengo hambre porque Dios me sacó de Egipto”, dice. Y se va. “Pobre, vive en la calle y enloqueció. Muchos terminamos acá por una desgracia o por falta de amor. Luchamos para que esta vida no te vuelva loco”, admite Claudio, que por las noches enciende fuego un latón para calentarse las manos con sus amigos.

A quince cuadras, frente al Congreso, una pareja de jubilados, sentada en un banco de la plaza, recibe las viandas con comida de los voluntarios de la Fundación Si o del grupo de la pastoral juvenil de la parroquia San Lucas. Son dos de los varios grupos solidarios que recorren las calles repartiendo guiso, sopa, café o té.

“Vivíamos en una pensión, pero no la podemos pagar más. Igual era un lugar tan horrendo que en la calle estamos mejor. Dormimos abrazados para darnos calor. Llevamos 30 años de casados”, dice la mujer, de 74 años. A su lado, su marido le da la mano. “Hay gente que nos registra y nos ayuda. No queremos morir en la calle. A veces siento que tuve otra vida. En mi trabajo en Entel me maltrataban. Me humillaban y me decían Pibe Cabeza, como el ladrón, porque un día el encargado me tiró de la escalera y caí cabeza abajo. ¿Sabe cuál fue el año más feliz de mi vida? El año que hice la colimba en Zapala. Ahí no me faltó nada”, dice el hombre de 72 años.

El crimen innombrable

-No me saquen fotos ni pongan mi nombre -pide un hombre que vive cerca de la plaza Armenia.

-¿Por qué?

-Para que nadie me venga a buscar. Y además voy a contar algo. Y no sé si con lo que voy a decir Dios me va a perdonar. Ni él lo sabe. Pero cada vez que viene el frío me acuerdo de eso que hice.

El hombre, que viste dos camperas y un pantalón y zapatillas agujereadas, toma mate y pareciera manejar el suspenso sobre lo que acaba de decir. Algo que hasta ahora es innombrarle.

Dice que ocurrió cuando dormía en los bancos en la cancha de bochas de la plaza Once con un amigo al que le decía “El viejo”. Los días eran para juntar cartones. Las noches para apoyar la espalda en los carros y tomar vino de caja hasta desmayarse en la cama. Todo cambió cuando las mujeres que ejercían la prostitución en la calle, que a veces les llevaban comida o bebían con ellos, les dijeron preocupadas que había un loco que les tocaba la cola o les robaba la plata y les espantaba los clientes.

-Hacé algo, amigo -le pidieron.

La otra noche, mientras volvía de cartonear, el hombre vio a “El viejo” rengueando y con la cara ensangrentada.

-Le pegó el loco -le dijo una de las mujeres.

El “Loco” seguía dando vueltas por la plaza como un poseso. Enfurecido, el hombre agarró una botella, enfrentó al “Loco” y le dijo:

-Al viejito no me lo tocás. Y las chicas no las molestes más. Y le pegó con toda su fuerza con la botella en la cabeza.

Pero ocurrió lo inesperado.

-La botella rebotó, como si le hubiese tirado contra un árbol. Nunca vi algo así. Le rebotó en la cabeza y cayó al piso y quedó intacta. El Loco se reía a carcajadas -cuenta.

Y se perdió en la noche.

A la noche siguiente, El viejo y el hombre se quedaron dormidos de la borrachera que tenían. Era una noche de lluvia. Algo lo hizo despertar al hombre. No sintió dolor ni nada. Se tocó la mitad de la cara y la tenía mojada. Pensó que llovía, pero miró hacia arriba y se encontró con un cielo estrellado. Se levantó miró su mano y lo que tenía sobre ella no era agua, sino sangre. Pero no le dolía nada. “El viejo” se despertó y le dijo que tenia un corte en la cabeza. Además una herida en el cuello y detrás de la oreja. Miró y a unos diez metros estaba “El loco” con una piqueta. Lo miraba desafianta. Mareado, a punto de desmayarse, el hombre lo corrió y “El loco” logró huir.

El hombre fue al hospital Durand, pero cansado de la espera, se escapó. “El viejo” lo hizo volver y le pusieron puntos.

Desde ese día, una idea fija se le había instalado en la cabeza como un virus incurable. Quería vengarse como sea.

Esperó unos días y siguió los movimientos de “El Loco”. Daba vueltas por la plaza, pungueaba y manoseaba a las mujeres. Y después de emborracharse se desplomaba en un cartón y se tapaba con una frazada hasta la cabeza.

Así transcurrieron cinco días. El hombre siguiendo cada movimiento de “El Loco” como un diseccionador examina a un insecto. Algo le hizo sentir que era el momento.

-Saqué un destornillador largo y encaré hacia “El loco”. Se lo clavé varias veces en el corazón. Y me volví a dormir.

Al otro día, el comentario en la plaza era que alguien había matado a “El Loco”. Después de ese episodio, el hombre cambió de barrio. Juan llegó a conocer esa especie de leyenda. Y dice que no sabe si es verdad o un invento del linyera. El quedó sordo de un golpe de un policía. “Las peleas en la calle son parte de la calle. Como el tránsito”, dice. Y revela que tuvo un hijo. Al que volvió a ver. Ahora tiene 31 años. Pero que una vez se enamoró de una mujer en Tigre, hasta que la pareja se separó. El le cambiaba los pañales al bebé hasta que lo alzó y le dijo: “No aguanto más, ahora que te críe tu mamá”, y se fue a la calle otra vez.

“La policía me mató varios hermanos. A veces sueño que mi familia está conmigo. Pero me despierto y quiero abrazarlos pero no hay nadie”, dice.

Juan sobrevive pese a que tuvo que empezar varias veces, después de que le robaran hasta su colchón y el carro. “A veces pienso que Dios se porta mal conmigo y me pegaría un tiro para ir directo al cementerio. Pero aprendí a que Dios te da y te quita. Te pone a prueba para ver si tenés fe. En la calle no hay ateos”, dice Juan y vuelve a pegarle trompadas a la pared.

Fuente: Infobae

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