Cristina Kirchner pidió un "shock" para estabilizar el dólar, pero el mercado palpita una devaluación

ECONOMÍA 03 de julio de 2022 Por Fernando Gutiérrez*
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La renuncia de Martín Guzmán tuvo un efecto insólito: hizo que un discurso de Cristina Kirchner quedara opacado y que pasara a un segundo plano. Algo que parecía imposible, sobre todo porque el acto en cuestión no era uno más: era casi un lanzamiento de candidatura presidencial.

Acompañada por una multitud de leales en el partido bonaerense de Ensenada, tomando como excusa el aniversario 38 de la muerte del general Perón, y en medio de pedidos de unidad peronista y de tomar medidas para evitar el triunfo opositor en la elección de 2023, Cristina sonreía cómplice mientras el auditorio coreaba "Cristina presidenta".

La líder kirchnerista había preparado otro discurso a sabiendas de que el país político estaría pendiente de sus palabras y sus gestos, sobre todo después que Alberto Fernández la había aludido el día anterior con una chicana, al decir que "Perón nunca necesitó una lapicera" y que la obligación de un gobernante era "convencer". Claro que fue munida de una respuesta, al recordar que Perón, desde la célebre Secretaría de Trabajo, "cazó la lapicera y no la largó más".

Pero más allá de las chicanas, la intención de Cristina en el acto de Ensenada era seguir marcando la línea de lo que, para ella, debe ser la prioridad de la gestión. Y después de haber causado revuelo en actos anteriores al hablar sobre la fuga de capitales, sobre la necesidad de controlar el pago de deudas privadas y sobre el "festival de importaciones", volvió a uno de sus temas favoritos: la economía bimonetaria.

Llamó la atención que aludió a su encuentro con Carlos Melconian para dar a entender que hay un consenso nacional sobre ese tema, dado que el economista que ahora dirige la Fundación Mediterránea coincidió con ella sobre la necesidad de encontrar una solución de fondo al problema.

Cristina recordó que en 2020 ya había hecho un llamamiento a "un gran acuerdo nacional" para que se encontrara una forma de que los argentinos dejaran de referenciarse en el dólar y que el peso pudiera recuperar sus funciones de unidad de cuenta, reserva de valor y saldo transaccional.

No llegó a esbozar una propuesta concreta, pero dejó en claro su intención de pensar en una reforma de fondo en el plano monetario y cambiario. Para Cristina, la inestabilidad cambiaria es el verdadero origen de la inflación en Argentina, mucho más que el déficit fiscal.

El diagnóstico de Cristina

En definitiva, Cristina dejó en claro que el torniquete a las importaciones y las medidas restrictivas en cuanto al acceso a los dólares tampoco constituyen una solución definitiva. Reconoció que, en situaciones de alta regulación como la que supone el cepo, la consecuencia inevitable es la de la brecha con el dólar paralelo.

Curiosamente, su planteo se da en un momento en el que desde la vereda política opuesta se reinstauró el debate sobre la dolarización a alguna forma de reimplantar la convertibilidad del peso con el dólar.

¿En qué tipo de solución piensa Cristina para resolver la economía bimonetaria? Nadie lo sabe con certeza. Hubo una época en que planteó que la solución al problema debía ser provista por el mismísimo Fondo Monetario Internacional, que debía ayudar a recuperar la masa de divisas "fugada" tras el préstamo realizado por el organismo al gobierno de Mauricio Macri.

Es decir, una idea parecida a la que luego plasmó con su proyecto de ley para que se pueda repatriar dólares de cuentas y activos no declarados en el exterior. Claro, para que esa ley sea efectiva se necesita una condición que hasta ahora no parece de fácil cumplimiento: el apoyo del gobierno estadounidense para levantar el secreto fiscal y bancario.

Lo cierto es que Cristina diagnosticó cuál es el problema no sólo a nivel económico sino también político: sabe que la turbulencia cambiaria tiene el potencial de desestabilizar gobiernos.

Es por eso que insiste para que el tema sea prioridad en la agenda gubernamental. Y agregó que, en la convicción por resolver ese tema estaba dispuesta a "reunirme con quien me tenga que reunir".

Un mercado hipersensible

La noticia, en el medio de su discurso, sobre la renuncia de Guzmán al ministerio de Economía, le sacó impacto al discurso de Cristina. Pero, de todas formas, el tema del dólar no sólo no quedó opacado sino que adquirió más relevancia que nunca.

Ya la semana pasada, a pesar incluso del relativo desahogo que había conseguido Guzmán al renovar un masivo vencimiento de deuda por $243.000 millones, ganó intensidad el debate sobre si el Banco Central debía habilitar un salto del tipo de cambio, ante la escapada del blue y el desplome en la cotización de los bonos.

Y, cuando se supo que Guzmán había renunciado, toda la especulación pasó por la reacción que tendrían los mercados en su reapertura del lunes, ya con la confirmación de un nuevo nombre al frente del palacio de Hacienda.

En el medio, circularon versiones sobre un dólar que, en el mercado informal del fin de semana, había superado los $260, mientras los economistas debatían respecto de si el Gobierno debía aprovechar el feriado estadounidense del 4 de julio para empezar la nueva etapa ya con una corrección cambiaria sin que ello implique un impacto descontrolado.

Lo cierto es que el mercado ya estaba en un momento hipersensible, ante la perspectiva de nuevos vencimientos de deuda, también por cifras abultadas -$486.000 millones en julio y $497.000 millones en agosto-, y existía el temor de que Guzmán no pudiera repetir la misma estrategia que le permitió ganar oxígeno en la última licitación.

La mayor inquietud radica en si el Gobierno será capaz de reabsorber toda la liquidez volcada al mercado por el salvataje que hizo el Banco Central ante "la corrida" que desplomó el valor de los bonos y que llevó a una extraña coincidencia entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner: ambos plantearon la teoría conspirativa del "golpe de mercado".

En cambio, los operadores temen que lo que esté ocurriendo sea la gestación de otra crisis como la que llevó a medidas drásticas, al punto que entre los analistas se empezó a hablar sin tapujos del riesgo de un nuevo "plan Bonex". Una alusión al recordado canje compulsivo de bonos y depósitos bancarios por un título pagadero a 10 años, ocurrida al inicio de la gestión de Carlos Menem, en 1989.

Esperando al nuevo ministro

Todavía no está claro si el alejamiento de Guzmán hará de acelerador de estos temores de una corrección brusca -y, por consiguiente, puedan desatar en los inversores una huida del peso hacia el refugio del dólar- o si, por el contrario, el recambio de nombres pueda abrir una tregua con el mercado.

A juzgar por el diagnóstico de la propia Cristina, la turbulencia no pasará mientras el Gobierno no dé señales contundentes de estar pensando en una solución definitiva para "la economía bimonetaria".

Claro, hay un problema: la mayoría de los analistas cree que esa tendencia a la dolarización es consecuencia del descontrol fiscal. Justamente la opinión contraria a la de Cristina, que no ve una conexión directa entre el gasto público y la inestabilidad financiera.

La vice cree que si se logra un shock estabilizador con el dólar, automáticamente disminuirá la presión inflacionaria y, a partir de allí, el resto de los problemas empezará a solucionarse en el marco de una economía con mayores niveles de consumo y producción.

Esa es, en definitiva, la pulseada importante de los próximos días: si el nuevo ministro prefiere ganarse la simpatía de Cristina o la de la ortodoxia -con la que, en el fondo, estaba de acuerdo el renunciado Guzmán-.

El súbito empeoramiento del déficit fiscal, que llevó a que el gasto creciera en mayo un 17% en términos reales, con los ingresos corriendo muy de atrás, hace que las definiciones del nuevo equipo económico sobre disciplina fiscal estén bajo la lupa. De ello dependerá qué tan grave pueda ser la inestabilidad financiera en el corto plazo.

* Para www.iprofesional.com

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