El éxito del programita económico actual será que la tasa de inflación del año cierre por debajo del 100%

ECONOMÍA 14 de agosto de 2022 Por Enrique SZEWACH
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Como usted sabe, el sector público argentino carece de acceso al endeudamiento externo a tasas y montos viables. Y la deuda en pesos al final del día la financia directa o indirectamente el Banco Central.

En ese contexto, la verdadera presión tributaria hay que medirla con el tamaño del gasto público, ya que éste se financia con impuestos genuinos legislados y con el efecto del impuesto inflacionario sobre la recaudación y sobre la licuación del gasto.

En otras palabras, sin cambios en los impuestos, la recaudación tributaria crece por la mayor actividad económica y por el aumento de los precios incluidos en la base imponible.

Del otro lado, si el gasto sube por debajo de la inflación, equivale a que el Estado “retiene” una parte del dinero destinado a sus erogaciones.

La presión tributaria es, entonces, la recaudación de impuestos votados en el Congreso, más la inflación, impuesto “votado” en el Banco Central.

Es por esta razón que, firmado el acuerdo con el FMI, le decía desde esta columna, que la tasa de inflación que “cerraba” el presupuesto rondaba el 50-60% anual y que, por eso, dicho acuerdo no era un plan antiinflacionario, dado que estaba exclusivamente diseñado para reducir los subsidios económicos a la energía y al transporte, y para dejar de atrasar el valor del dólar oficial.

Se trataba de impulsar un cambio de precios relativos “orientado” por el programa con el FMI, de manera de evitar que ese cambio de precios relativos se diera en el marco de una aceleración inflacionaria descontrolada.

Pero, como decía Tusam, puede fallar (nuevamente, jóvenes a googlear).

Y falló.

El ex ministro Martín Guzmán, que le había vendido simultáneamente al FMI el ajuste y al kirchnerismo el no ajuste, no logró reducir los subsidios económicos y el tipo de cambio se siguió atrasando, y con la excusa de las consecuencias de la invasión de Rusia a Ucrania obtuvo de Washington un perdón transitorio, disfrazado de cambio en las metas del segundo trimestre del año, pero sin mover los objetivos finales del 2022.

Fue en estas circunstancias que el llamado “mercado local de capitales” le puso un tope a la renovación de la deuda, y vino la super emisión de más de 1,5 billones de pesos entre junio y julio, y el no programa voló por los aires, con los tipos de cambio libres desbordados y cercanos a los 350 pesos por dólar, y el Banco Central sin reservas.

A la tasa de inflación necesaria para cubrir el déficit fiscal, se le sumó la tasa de inflación derivada del desborde de emisión y su efecto sobre la demanda de dólares.

Pero sucede que este incremento de la tasa inflación se produjo sin haber empezado, todavía, el cambio de precios relativos que busca el acuerdo con el FMI.

El problema que enfrenta el Ministro Sergio Massa, entonces, es que tiene que hacer en cinco meses, el trabajo sucio que sus antecesores no pudieron hacer desde finales del año pasado y partiendo de un escenario peor.

Para lograr que los menores subsidios se acerquen en cinco meses a lo que hubiera sido el monto necesario para cumplir la meta fiscal, la baja de subsidios tiene que ser mucho más agresiva que la prevista y, aun así, no alcanza.

Y entonces habrá mayor presión impositiva formal e informal, con pago de anticipos del impuesto a las ganancias, licuación de jubilaciones -que no sean la mínima- y sumas fijas varias en el gasto social y en salarios públicos que, de nuevo, licúan los montos más altos. Adicionalmente, se anuncian recortes en transferencias a provincias y a empresas públicas.

Con todo esto, mejora la situación fiscal, pero todavía no es posible, con los datos a hoy, establecer si será suficiente como para llegar a la meta original de déficit para diciembre de 2022, o hará falta algún recorte adicional, algo más de licuación, algún otro invento impositivo, o algo más de contabilidad creativa.

Pero esta es sólo la cuestión fiscal.

Ayuda, en el sentido de que reduce en parte la emisión directa e indirecta para financiar al sector público, pero, obviamente, no absorbe los pesos que ya están en el mercado, ni soluciona el problema de los dólares, de las reservas, y de la brecha.

Me explico.

Como le decía, el nuevo régimen inflacionario es consecuencia del desorden monetario de los últimos meses que llevó a la huida del peso, al incremento de la brecha y a la incapacidad del BCRA de acumular reservas.

A esta huida del dinero, se le suman las restricciones a las importaciones, que racionan el acceso a dólares oficiales por parte del sector productivo.

Estas restricciones le agregaron a la inflación monetaria, ya descripta, la inflación de expectativas, dado que quién tiene que fijar los costos de reposición de sus productos ignora si podrá acceder a dólares oficiales y a qué precio y, por lo tanto, asume comportamientos defensivos.

Está claro que son efectos que se combinan y retroalimentan, pero estrictamente, uno es consecuencia del desequilibrio monetario -más pesos que los que la demanda quiere- y el otro es resultado de las restricciones cambiarias surgidas por la falta de dólares.

Si no se reduce la brecha, insisto, gigantesco impuesto a las exportaciones y enorme subsidio a las importaciones que acceden a los dólares oficiales, el Banco Central tendrá que mantener o incluso incrementar las restricciones actuales de acceso a dólares. (Quizás alivie algo la menor demanda de dólares para importar energía, pero eso, probablemente, sólo permitirá reducir el stock de importaciones “pisadas” en estos meses, sin normalizar totalmente el flujo).

Pero para reducir la brecha cambiaria, haría falta elevar la demanda de pesos, para atacar “desde arriba”, y subir, con un salto, el valor atrasado del piso “desde abajo”.

El Gobierno se resiste, por ahora, a mover el piso, e intenta, a golpe de tasa de interés, calmar al techo.

Pero hay que tener en cuenta que la tasa de inflación de los próximos meses empezará a reflejar la reducción de los subsidios económicos, de manera que las expectativas de inflación están lejos de bajar sustancialmente.

Con expectativas de inflación crecientes, el efecto de la suba de la tasa de interés es menos potente, sobre todo en la toma de decisiones de los inversores “no obligados” a quedarse en pesos, y termina siendo un premio para los “cautivos” a costa de mayor gasto del Banco Central que tiene que remunerar su deuda a costo mayor.

En el mismo sentido pueden analizarse los mecanismos para devaluaciones “sectoriales” transitorias, o las alquimias financieras para obtener préstamos, que difícilmente sean buenos sustitutos de una modificación más completa de la política cambiaria, aunque se pueda lograr una mejora transitoria a costa, otra vez, de premios para algunos que, de todas maneras, iban a liquidar sus exportaciones.

En síntesis, la tasa de inflación es hoy función conjunta del descontrol monetario de los últimos meses, y de los efectos sobre la fijación de precios de la brecha cambiaria y del supercepo obligado por la falta de reservas del Banco Central.

Las medidas anunciadas hasta ahora actúan para frenar el descontrol monetario y estabilizar la brecha, y juegan a favor de evitar una aceleración de corto plazo de la tasa de inflación.

Sin embargo, tanto la reducción de los subsidios económicos, como la dificultad del Banco Central para ganar reservas, mientras aumenta sus pagos de intereses, juegan en sentido contrario.

El efecto neto quizás ayude a que la tasa de inflación de los próximos meses se parezca o este algo por debajo de la de julio, pero a costa del nivel de actividad.

Paradójicamente, ese sería un éxito.

Fuente: Infobae

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