Cristina se queja, pero Berni aguanta y surfea la ola de la inseguridad

OPINIÓN 24 de noviembre de 2022 Por Fernando González*
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Aunque parezca increíble esto sucedió en la Argentina. Hace poco más de dos años, se difundió un video que hubiera sorprendido a Marshall Mc Luhan. En cámara lenta y con música emocional de fondo, Sergio Berni caminaba seguido por la cámara y un locutor promocionaba el filme con algunas frases enamoradas del disparate. Todas están allí, a tiro de Google.

“Tiene la fuerza de un karateka, la destreza de un alpinista, la resistencia de un buzo táctico y los huevos de un argentino”.

Berni no quería que lo contrataran para protagonizar una remake de Rambo. Simplemente, quería crecer políticamente y competir por la Gobernación bonaerense, o por la mismísima Presidencia si lo dejaban. Pero, como Stanislavsky, insistía con su método. “Súper Berni, un patriota que quiere dejar una huella en la historia”, decía, cerrando el video con un logo del Súper Berni. El Covid arrasaba la Argentina y a todo el planeta. Eran tiempos muy extraños. Alberto Fernández tenía el 80% de popularidad.

Aunque todas las encuestas señalan que la inseguridad es la principal preocupación de los ciudadanos bonaerenses, y que entre las víctimas de robos, policías y ladrones hay un muerto cada tres días, Berni sigue al frente del ministerio de Seguridad de la provincia que el kirchnerismo gobernó durante 17 de los últimos 21 años. La verdad no tiene remedio, y además es triste.

Pese a la contundencia de las cifras, hay quienes ignoraban que el Gran Buenos Aires fuera la zona más insegura de la Argentina. Una de esas personas es Cristina Kirchner, que sorprendió en su discurso del 17 de noviembre en el Estadio Unico de La Plata al afirmar que la Provincia necesitaba otra vez a la Gendarmería para reforzar las zonas más calientes del conurbano. Las fuerzas de seguridad federales habían debutado como refuerzo de la Policía Bonaerense en 2004, después del secuestro y el asesinato de Axel Blumberg. Fue una decisión de Néstor Kirchner que, dieciocho años después, Cristina redescubre y desentierra.

Las palabras de la Vicepresidenta sobre la inseguridad en el territorio que controla políticamente fue interpretada por algunos intendentes bonaerenses como la señal de largada para salir a tumbarlo a Berni. Las versiones sobre la posibilidad de su renuncia volvieron a circular sin patente por los ríos del peronismo de la provincia. “Sergio tiene los días contados; Cristina le bajó el pulgar”, afirmaban los dirigentes que dicen saber todo lo que ocurre en los tres cordones conurbaneros.

Si algo le faltaba a la saga, eran los datos de la investigación que dio a conocer el último domingo el programa “Periodismo para Todos” que conduce el periodista Jorge Lanata. Allí develaron que Berni era dueño de una casa y tres departamentos en Bariloche que no figuraban en su declaración jurada, y dieron cuenta del crecimiento reciente de su patrimonio. Además, revelaron los vínculos económicos con el CEO de Garbarino, Carlos Rosales, nexos que el ministro bonaerense niega.

Los datos periodísticos fueron tomados por dirigentes de la Coalición Cívica, quienes presentaron una denuncia que ya investiga la Justicia. Pero Berni prefirió deslindar las acusaciones con el formato clásico de “operaciones en su contra” e incribirlas dentro de las internas del peronismo. Puntualmente, acusa de la difusión informativa (nunca de su veracidad) a los intendentes peronistas del Gran Buenos Aires, a quienes está enfrentado. El ministro dice que irá a la Justicia a defenderse de las denuncias.

La batalla entre Berni y los barones peronistas del conurbano comenzó desde el día mismo en el que Axel Kicillof asumió en la Gobernación. Los intendentes acusan al ministro de inoperante para reducir los niveles alarmantes de seguridad en la Provincia. Y Súper Berni los señala a ellos por mantener pactos con los jefes de la Policía Bonaerense, y de ser los responsables últimos de los robos y crímenes que convierten a la Provincia en un infierno.

La sombra del fiscal Nisman

Al frente de la lista de enemigos que Berni cuenta entre los intendentes están el actual Jefe de Gabinete provincial, Martín Insaurralde, con licencia en Lomas de Zamora y con aspiraciones a suceder a Kicillof en la Gobernación. Acusa al ultrakirchnerista intendente de Ensenada, Mario Secco, y al intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, socio político además de la vicegobernadora Verónica Magario. Vale recordarlo: todos son aliados estratégicos de Cristina, la que se queja de la inseguridad.

Si hay algo que queda claro en esta guerra de guerrillas es que todos tienen razón. Berni ha sido de una absoluta ineficacia para combatir del delito en la Provincia y no hay dudas de que fueron varios los intendentes peronistas, con el guiño de Insaurralde, quienes intentaron desplazarlo del ministerio de Seguridad para ubicar en ese cargo a uno de los suyos. Hasta tenían candidato.

Porque cada vez que los intendentes le pedían a Kicillof que lo echara a Berni, el Gobernador los atajaba con la misma pregunta. “¿Y con quién lo reemplazo a Sergio?, traiganmé un nombre y lo vemos”, era la evasiva preferida. Todos sabían en cada tormenta que Berni no se iba a ir del ministerio hasta que no lo decidiera Cristina. Y la Vicepresidenta, por razones que ninguno de ellos menciona en público, siempre ha defendido al ministro.

Una vez más, propusieron al histórico Julio Alak (quien también fue intendente de La Plata y ahora es ministro de Justicia) para que unificara los ministerios y también se hiciera cargo de la seguridad. Alak no estaba entusiasmado con la idea, aunque lo convencieron con una frase santa en la parroquia peronista. “Vos sos el único que pasa por el filtro de Cristina”, le aseguraron.

No pudo ser y, al parecer, el apellido peronista de Alak también quedó atrapado en el filtro de Cristina. El método de Berni volvió a mostrarse infalible y, en las últimas horas, el ministro comenzó a dar señales de sobrevivencia. El martes se reunió hasta la medianoche con Kicillof y dejó el ostracismo del fin de semana para mostrarse al día siguiente en las ciudades de Azul y Nueve de Julio. “Estuvimos hablando del Operativo Sol”, explicó Berni ante las consultas. Por ahora, el hombre sigue en su puesto.

Cuando se les pregunta a los intendentes sobre el secreto de Berni para resistir a todos los embates y seguir siendo ministro, se encogen de hombres y aparentan ignorancia. Pero es solo apariencia. Un par de ellos atraviesan el detector de mentiras y pronuncian dos palabras reveladoras: “El fiscal”, susurran, como si alguien pudiera escucharlos y fueran a recibir un castigo.

El fiscal no es otro que Alberto Nisman, el funcionario judicial que murió el 18 de enero de 2015, de forma violenta y 48 horas antes de denunciar al gobierno de Cristina Kirchner por pactar con Irán un supuesto acuerdo para favorecer a los acusados del atentado terrorista de 1994 contra la AMIA. La Justicia investiga el caso como un asesinato y Berni, por entonces secretario de Seguridad, fue el encargado de controlar el departamento de Nisman y mantener informada a Cristina segundo a segundo.

Desde entonces, la relación entre Cristina y Berni ha sido invulnerable. La Vicepresidenta lo impulsó para que fuera nombrado ministro de Seguridad en el gobierno de Kicillof, y lo defendió cada vez que hubo ofensivas políticas para tratar de apartarlo del cargo. Los intendentes peronistas del conurbano bonaerense siempre fueron los que reclamaron la salida de Berni del gabinete provincial. Hubo varios intentos. Ninguno resultó.

El episodio más complicado, tal vez, fue el pasado 7 de octubre a raíz de los violentos incidentes entre la Policía Bonaerense y los hinchas de Gimnasia y Esgrima de La Plata, el equipo con el que simpatiza Cristina. Por la gran concurrencia de público, que desbordó la cancha del bosque platense, los policías reprimieron y tiraron gases lacrimógenos. Se produjeron corridas, un desbande y la muerte del hincha César Regueiro, de 57 años, quien falleció camino al hospital dentro de una ambulancia.

Los reclamos en el peronismo arreciaron para que Kicillof le pidiera la renuncia a Berni. E incluso La Cámpora le retiró la protección que le había dispensado hasta entonces. Pero no hubo caso. El ministro le echó la culpa a los directivos de Gimnasia por vender demasiadas entradas, relevó al Jefe del Operativo Policial y aguantó hasta que los vientos amainaron. Cristina, una vez más, se opuso a que Súper Berni se fuera.

El ministro que surfea sobre la ola de la inseguridad se permite, además de los videos surrealistas con logo de súper héroe, crucificar a los funcionarios que se le meten el camino. Tuvo varias dedicatorias incendiarias para sus enemigos de turno en el kirchnerismo. Pero ninguna de ellas superó la oda que le dedicó al presidente Alberto Fernández. “El que trajo al borracho, que se lo lleve…”, disparó, con prosa de trapero del conurbano.

Tampoco esa vez hubo pronunciamiento público de Cristina. Ni a favor, ni en contra. Aunque tal vez lo haya disfrutado, pese a que pareció una crítica sutil hacia la Vicepresidenta. ¿Resistirá Berni una vez más, ahora que tiene hasta un reemplazante designado?

“Soy un actor de la política”, explicó hace 24 horas, mostrándole a sus enemigos que también es capaz de utilizar la ironía.

Con las estadísticas de la inseguridad que paralizan al territorio bonaerense, Berni no podría continuar siendo ministro en otro lugar que no fuera la Argentina. Pero esta es una tierra de oportunidades. Mientras los funcionarios juegan a la intriga permanente, el delito sabe que puede crecer tranquilo y sin obstáculos en la provincia que define el mapa oscuro del poder.

* Para www.infobae.com

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