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La Argentina de hoy: recontextualizando el Síndrome de Stephen Candie

OPINIÓN 08/02/2024 Hugo Clavó*
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Esta parte de Argentina que nos toca hoy describir se hace necesario ponerla en un contexto determinado para luego recontextualizar y así acercarnos a una descarnada realidad que contradice el intencional discurso de la progresía que hace suyo un concepto (Síndrome de Stephen Candie) para descalificar, atribuyendo su padecimiento a quienes no adhieren o acompañan sus ideas o ideales adquiridos, estos que luego generaran un sesgo en la sociedad, difícil de diluir ante la resistencia de aquellos que sesgadamente oyen para responder pero no para comprender.

Lo primero es precisar la premisa que se expresa en el título de esta columna para que no haya equívocos: recontextualizar el Síndrome de Stephen Candie. Este último, además, es conveniente contextualizarlo primero.

Recontextualizar: puesto que el contexto es como el escenario o el entorno en el que algo ocurre o se presenta, este es susceptible de ser modificado, recontextualizado. Es un proceso que puede aplicarse a cualquier tipo de discurso, texto o enunciado. Consiste en trasladarlo de un contexto a otro, lo que puede implicar cambios en su significado, interpretación o relevancia.

De dónde viene el llamado Síndrome de Stephen Candie

En 2012 se estrenó la película “Django desencadenado”, escrita y dirigida por Quentin Tarantino. Es una película sobre la esclavitud que ganó dos Oscar de la Academia.

El actor Samuel L. Jackson interpreta allí a Stephen, el mayordomo negro del amo blanco, míster Calvin J. Candie (Leonardo DiCaprio). Un mayordomo negro que odia a la gente de su raza. Stephen no tiene apellido, pero está convencido de pertenecer a la familia Candie. Y como al amo blanco le conviene, deja que Stephen se crea un Candie.

Estos eran aún tiempos en los que los esclavos no podían andar a caballo: hay una escena en la película en la que Stephen se enfurece al ver llegar a un hombre negro montado a caballo, y se encoleriza más que sus amos blancos, pero es aquí también donde se expresa el leitmotiv de una condición humana que luego será denominado como el Síndrome de Stephen Candie. Más adelante añadiré un pequeño diálogo que aclarará lo que digo.

Como más arriba señalo, las progresías, populismos e izquierdas utilizan este llamado síndrome para definir a quienes, según ellos, defienden los privilegios del patrón, más que el patrón mismo. Según el discurso de éstos, en la clase trabajadora sobran rompehuelgas, alcahuetes, carneros, sirvientes, vigilantes, rastreros, chupamedias, arrastrados y lameculos, utilizando estos términos como un sinónimo del Síndrome de Stephen Candie. Últimamente le agregaron una nueva calificación, un nuevo estigma, llamándolos desclasados.

Aquí es donde comenzamos a recontextualizar, pues lo anterior es el escenario en el que el lenguaje y discurso de los que están colonizados por ideas ajenas, que solo entienden en parte y adhieren no tan voluntariamente porque antes fueron víctimas de quienes, a través de la propaganda y el otorgamiento de ciertas posiciones que aparentan privilegios, construyeron un sesgo cognitivo que opera como una especie de cárcel de la que no pueden escapar y que buscan constantemente confirmar, particularmente al defender a sus “dirigentes” (patrones).

Las redes sociales son un escenario donde se observa el Síndrome de Stephen Candie en acción. Miles de seguidores (“beneficiarios” de planes sociales) reclaman al poder que reconozca a sus líderes, sin cuestionar sus acciones o discursos, incluso cuando estos benefician al propio líder en lugar de al colectivo. Lo mismo ocurre en el ámbito sindical, donde algunos seguidores no dudan en utilizar la violencia para defender a sus dirigentes, incluso cuando estos cometen errores o injusticias. Uno de estos, cualquiera, le reclamaría al patrón porque cambió o compró una camioneta, tal vez también lo hagan con algún compañero de trabajo, pero nunca lo hacen ni lo harían con los líderes sindicales o políticos a los que responden desde su sesgo cognitivo o desde su Síndrome de Stephen Candie. Es decir, aquellos que tildan de desclasados a quienes solo tienen un criterio de ascenso social distinto y lo implementan, lo que hacen es descalificarlos, estigmatizarlos, solo porque se oponen a los métodos de quienes los prohíjan, dándoles algún privilegio, que puede ser prestarle las llaves del auto de lujo para que lo lleve al lavadero. Claro que en el camino se sienten iguales, pues los dos manejan el mismo auto. Todo este contexto crea un clima social que logra confundir, puesto que los que señalan a la vez son señalados, y esto no deja espacio para que quienes deberían ser los reprochados despeguen de la burbuja de protección en la que viven.

El 7 de octubre de 2023, miles de militantes palestinos lanzaron un ataque multifrontal contra objetivos civiles israelíes en una operación denominada “Inundación de al-Aqsa”. Esta ofensiva, liderada por Hamas y apoyada por la Yihad Islámica Palestina (YIP), fue dirigida contra numerosos asentamientos civiles, incluyendo kibutz y ciudades, y un festival de música. Una vez más, en nombre de vaya a saber quién, la brutalidad convertida en odio se expresó en forma de muerte, amputación, violación y secuestro. De esto fuimos testigos todos, pues las imágenes que se conocieron fueron casi en directo, no hubo tiempo de seleccionar aquellas que produzcan emociones especiales, emociones dirigidas. Como sea, todas repudiables.

En nuestro país no faltó quien minimizara la barbarie a través de un contradiscurso a favor del pueblo palestino y reivindicando la acción de “lucha” de Hamas por sus derechos. Claro que detrás de estos aparecieron otros, varios, marchando por las calles agitando banderas de Palestina y gritando a viva voz a favor de un conflicto que estoy muy seguro que no conocen ni en extensión y mucho menos en profundidad. Aquí es donde comienza a mostrarse el Síndrome de Stephen Candie, ya que aquellos que seguramente no entienden más que lo que les dicen que es, curiosamente, muestran su indignación, no porque Israel tiene algo que los palestinos no, sino porque no quieren que ellos lo tengan.

Este último párrafo es, tal vez, el ejemplo más acabado de lo que está mal en nuestra Argentina de hoy, porque muestra claramente dónde y cómo se expresa el Síndrome de Stephen Candie, en la disociación que existe entre críticas legítimas al poder y la defensa acrítica de las ideas y/o acciones de líderes o grupos de pertenencia que confirman su sesgo permanentemente.

Más arriba menciono una escena de la película en la que Stephen Candie se enfurece al ver llegar a un hombre negro montado a caballo y se encoleriza más que sus amos blancos. El diálogo fue el siguiente:

Stephen: Mire, amo, ese tiene un caballo.

Amo: ¿Y tú quieres un caballo, Stephen?

Stephen: ¿Para qué quiero yo un caballo? Yo lo que quiero es que él no lo tenga…

* Para www.infobae.com

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