Ucrania, centro del tablero geopolítico y emocional de Putin

INTERNACIONALES 12 de diciembre de 2021 Por María R. SAHUQUILLO
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El presidente ruso, Vladímir Putin, parece tener una fijación especial con Ucrania. La idea del país vecino cercano a Occidente y fuera de su órbita perturba al jefe del Kremlin, que en los últimos tiempos ha ahondado en su tesis de que rusos y ucranios son “un solo pueblo”, que Ucrania es un estado fallido gobernado por personas que lo están convirtiendo en “anti-ruso” y que va camino de ser un portaaviones de la OTAN. Como demostró en 2014, al anexionarse la península de Crimea con un referéndum considerado ilegal por la comunidad internacional y al apoyar a los separatistas prorrusos de Donetsk y Lugansk que luchan contra el Ejército de Kiev, para el líder del Kremlin, Ucrania es un tema existencial. Uno, además, que tiene que resolver ahora -que se acera a su séptima década de vida y está cimentando su legado- o nunca.

La inusual concentración de tropas rusas a lo largo de las fronteras con Ucrania, las amenazas del Kremlin y la furiosa retórica de Putin contra Kiev han desatado las alarmas Occidente que temen una nueva invasión. Y no solo porque Ucrania sea un país geoestratégico y aliado –no es miembro de la OTAN, pero tiene la promesa de una eventual adhesión- sino porque en diversos corrillos diplomáticos se baraja que si hay guerra abierta, aunque el presidente estadounidense, Joe Biden, ha dejado claro que el envío de tropas “no está sobre la mesa”, el conflicto quedaría difícilmente entre el Ejército ucranio y el ruso. Podría ser la mayor guerra en el continente desde la Segunda Guerra Mundial. Kiev, que es uno de los principales receptores de ayuda militar de Washington y que también tiene sustanciales acuerdos con Londres, ha recibido esta semana, por ejemplo, apoyo en forma de equipamiento militar de los países bálticos.

 
Ahondando en la dialéctica de Vladímir Putin y en sus gestos, queda claro que Ucrania es sobre todo un vehículo para alcanzar un punto fundamental de su legado: resucitar el papel de Rusia como potencia mundial. Aunque sea a través de mostrar su músculo militar y con el espíritu del miedo de fondo. La tesis del líder ruso sobre el país vecino, también una antigua república soviética, aglutina otra de las claves que le ha atormentado: la de luchar contra la expansión de la OTAN, señala la analista Tatyana Stanovaya.

Tras la esperada videoconferencia esta semana de Putin con Biden –que despachó después con aliados de la OTAN y con el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, siguiendo la lógica premisa de que no se discute de Ucrania sin Ucrania—, para tratar de destensar la situación, el Ministerio de Exteriores ruso ha hecho pública su lista de deseos en la que exige que la Alianza Atlántica desinvite a Georgia y a Ucrania, además de que garantice la promesa de no desplegar armas en países limítrofes a Rusia que podrían amenazar su seguridad.

La segunda petición, si se trata de Ucrania o Georgia, podría llevar a algún tipo de compromiso, apunta un alto diplomático occidental. Pero considerar siquiera la primera supondría una concesión demasiado grande a Putin. “Toda nación tiene el derecho elegir su propio camino”, recalcó el secretario general de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenbert, el viernes. “La relación de la OTAN con Ucrania la decidirán los 30 miembros de la OTAN y Ucrania, nadie más”, insistió. Además, sería un disparo contra la línea de flotación de Ucrania, que consagra en su Constitución la intención de unirse a la Alianza Atlántica. Aunque esa membresía sea un horizonte demasiado lejano y apenas se haya movido desde la cumbre de Bucarest de abril de 2008, cuando Kiev y Tbilisi recibieron la promesa de que algún día serían parte. Cuatro meses después, Rusia libró una breve pero devastadora guerra en el pequeño país del Cáucaso.

La guerra de Georgia, que dejó dos territorios con presencia militar de Rusia –las separatistas Osetia del Sur y Abjasia—, sale continuamente a colación estos días como una advertencia funesta para Kiev. En la línea del frente del Donbás, los soldados ucranios están en alerta máxima. “Rusia nos mantiene en tensión desde hace ocho años, pero estamos cada vez más preparados para hacerles frente”, dice el teniente Ivan Skuratovski, de la 25ª Brigada Aerotransportada.

En un puesto avanzado cercano a la ciudad de Avdíivka, a solo unos pocos metros de posiciones de los separatistas prorrusos y rodeado de los coloridos dibujos que niños de distintas partes del país han enviado a los soldados de la zona roja, Skuratovski, de 30 años y padre de dos hijos, reconoce que tiene miedo. “Pero un miedo bueno, que actúa como un escudo protector que hace que uno piense las cosas dos veces”, dice.

Fuera, en el frío de la noche y la oscuridad de las trincheras, convertidas en un lodazal, se escuchan tres ráfagas de disparos. En cierta manera, dice el teniente, físico de formación, el conflicto empezó en 2013, cuando millones de personas salieron a la calle en Kiev y en otras ciudades de Ucrania en movilizaciones proeuropeas que consolidaron la intención euroatlántica de Kiev y lograron derrocar al presidente Víktor Yanukovich, aliado del Kremlin, que huyó a Rusia. Después, se produciría la anexión ilegal de la estratégica península de Crimea –definida por el entorno de Putin como “la vuelta a casa”-, y la movilización de los independentistas prorrusos en el Este que, con el apoyo político y militar del Kremlin, derivó en la guerra del Donbás.

El conflicto se ha cobrado ya unas 14.000 vidas, según la ONU, y ha dejado más de 1,5 millones de desplazados. El fuego cotidiano en el frente demuestra que está lejos de ser un conflicto congelado, pese a los innumerables pactos de alto el fuego y los acuerdos de paz de Minsk (de 2015), que ambas partes insisten en que deben cumplirse pero que no avanzan. El Kremlin, que lo define como una “guerra civil” pese a que distintos informes determinan su apoyo e incluso la transferencia de armas, ha repartido más de 600.000 pasaportes rusos en las regiones de Donetsk y Lugansk –una jugada que ha utilizado en el pasado como argumento para intervenir para “defender” a sus ciudadanos”— y ha incrementado sus advertencias al Gobierno de Volodímir Zelenski que si actúa para recuperar los territorios recibirá una respuesta rusa. El desarrollo de los acuerdos de Minsk determinan la celebración de elecciones locales en los territorios controlados por los separatistas pero también recogen un alto el fuego, la retirada de los combatientes respaldados por el Kremlin, que esas elecciones sean reconocidas por la OSCE como libres y justas y que Ucrania recupere el control sobre la frontera oriental. Todo está, de momento, congelado.

Corazón eslavo del imperio
Pero para el jefe del Kremlin, Ucrania no trata solo de geopolítica, sino también de la restauración del corazón eslavo del antiguo imperio. Y es algo personal, estratégico y generacional, señalan Eugene Rumer y Andrew S. Weiss en un comentado artículo para el centro Carnegie. “Ninguna parte de los imperios ruso y soviético ha jugado un papel más grande e importante en la estrategia rusa hacia Europa que la joya de la corona, Ucrania”, dicen los expertos. El país es esencial para la seguridad rusa por su tamaño y población (44 millones de habitantes), su posición de amortiguador entre Rusia y otras grandes potencias europeas y su papel como pieza central de las economías imperiales rusa y soviética.

Y un punto fundamental, sobre el que Putin ha escrito mucho y que también señalan el 13% de los rusos, según sondeos del Centro Levada de Moscú: sus lazos culturales, religiosos y lingüísticos con Rusia –Nikolai Gógol, León Trotski y muchas grandes figuras eran ucranios, por ejemplo—. Y en particular, la historia de Kiev como la cuna del estado ruso. Ucrania, señala Nina Jruschova, profesora de Relaciones Internacionales de la New School, siempre ha sido importante para todos los jefes del Kremlin. “Para el liderazgo de Rusia, casi siempre –con la excepción del Gobierno de Jruschov— Ucrania ha sido y sigue siendo Malorossiya, la pequeña Rusia; y cuando en Ucrania se reclama otra cosa comienzan los problemas para el Kremlin”, dice Jruschova, bisnieta de Nikita Jruschov, bajo cuyo mandato se transfirió la península de Crimea –que había sido parte del imperio uso y antes del otomano— a Ucrania.

Además, ninguna parte de la Unión Soviética jugó un papel más importante en su disolución que Ucrania. La declaración de independencia de Ucrania tras el fallido golpe de Estado de agosto de 1991 supuso el fin de la URRS, que no podía continuar sin Ucrania, señala Leontiy Sanduliak, coautor de aquella declaración. “Rusia no puede vivir sin Ucrania, no puede ser un imperio sin ella. Y por eso claman que Ucrania no existe por sí misma y tratan de destruirla”, dice Sanduliak, de 84 años. Con voz ronca pero firme, por teléfono desde su casa a las afueras de Kiev, insiste en que si hay vínculos de Ucrania con Rusia, los lazos que el país tiene con Europa son “incuestionables”.

El hecho de que otras antiguas repúblicas soviéticas hayan buscado nuevos aliados –como algunas de Asia Central con China—, no les importa tanto, remarca Sanduliak, “pero mientras Putin esté vivo no renunciará a la idea de ‘regresar’ Ucrania”. El país vecino, que el líder ruso considera en parte como el ‘hermano pequeño’, se ha desconectado de la órbita rusa; y no para virar hacia cualquier lado, sino a Occidente. Está consolidando reformas importantes y ha pavimentado su camino democrático con elecciones libres.

Conforme el líder ruso y su equipo inflaman su discurso contra el Gobierno ucranio, la visión negativa del país vecino ha aumentado entre la población rusa. En febrero, un 31% de los rusos decían tener una visión negativa de Ucrania; en agosto eran un 49%, según el centro Levada, el único independiente de Rusia. En los medios de la órbita del Kremlin, que a menudo buscan dibujar el país como un ecosistema “nazi”, tienen un lugar destacado las críticas hacia las leyes de Kiev que promueven el uso el idioma ucranio, también las medidas que han derivado en el cierre de canales de televisión prorrusos, con el objetivo de “contrarrestar las amenazas a la seguridad nacional”. Esta semana, Putin ha asegurado que lo que está sucediendo el Donbás es un “genocidio”.

Tras las conversaciones entre Biden y Putin, algunos funcionarios europeos creen que aún queda una ventana para la diplomacia y señalan que lo que Putin está haciendo es lanzar un órdago y pedir una lista de máximos para conseguir algunos puntos. Sin embargo, la idea de guerra abierta, advertía el premio Nobel de la Paz Dmitri Muratov el viernes en el discurso de recogida del galardón en Oslo, “ha dejado de ser algo imposible en la cabeza de algunos geopolitólogos locos”. “En nuestro país, y no solo, se suele pensar que los políticos que evitan la sangre son débiles”, recalcó el director del diario independiente ruso Nóvaya Gazeta.

Fuente: Infobae

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