Juntos: cómo destruir un triunfo

OPINIÓN 14 de enero de 2022 Por Sergio Suppo*
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Juntos cumple con un viejo ritual de los opositores argentinos que consiguen ganar una elección. A la velocidad a la que se extiende como una mancha paralizante la variante ómicron del coronavirus, la coalición malgasta su trabajoso triunfo en las elecciones de medio término.

El caso tiene antecedentes que se registran en un historial de victorias prematuras que luego terminaron aprovechando otras fuerzas u otros candidatos. Por caso, el Pro de Mauricio Macri, que corrió de la consumación de su éxito contra el Frente Renovador, de Sergio Massa, o el sector peronista de Carlos Menem, que desplazó a Antonio Cafiero. 

La única alternativa de poder al peronismo kirchnerista tiene un problema todavía más grave que desconocer el pasado y despilfarrar los votos ganados: parece no tener claro para qué le sirvió tener más apoyo electoral que el Gobierno.

En el último mes y medio del año que acaba de terminar, Juntos no ha hecho otra cosa que incurrir en un error tras otro. Cuesta creer que haya sido esta oposición la que ganó las elecciones.

Por lo tanto, cobra peso la opinión de quienes consideran que se trató de una derrota del Gobierno a modo de extendido reproche a sus disparates económicos, al desmanejo de la pandemia y a la desvergonzada acción en favor de la impunidad de la jefa del oficialismo.

Extraña coincidencia: el peronismo reunificado bajo el mando de Cristina Kirchner eligió negar su derrota a manos de sus rivales y celebrar con al menos dos actos. Un gesto que apenas oculta un pretendido ejercicio de fortalecimiento. Por otro camino, sin proponérselo, la oposición también se resiste al beneficio de la victoria.

Ninguna de las dos fuerzas parece aceptar su nueva realidad. El Gobierno, obligado a convivir con la falta de respaldo, y la oposición, compelida a construir, como una herramienta para aspirar a gobernar sin fracasar.

El kirchnerismo ejerce una vocación de poder a fuerza de sus propios desastres y de la adversa realidad de la pandemia. Desde siempre, aunque con suerte diversa, trató de convertir las desgracias en oportunidades.

Ahora trabaja para hacerle creer al país que el rebote económico luego del largo encierro que impuso es resultado de su mérito. Y, también, para convencer que las calamidades que denuncia están fuera de su responsabilidad: todo es culpa de la gestión de Mauricio Macri y del coronavirus.

En ese dificultoso ensayo de resurgimiento colabora la oposición. La seguidilla de errores en tan corto tiempo se acumula y ya es una lista diversa que coincide en despintar el avance opositor.

Entre las elecciones primarias que anunciaron el triunfo y los comicios generales ya se vio venir que el mérito del resultado no tendría nombres y apellidos. Cada uno de los ganadores, en su propia provincia, se encargó de celebrar por su propia cuenta y en el escenario porteño -el más visible- se retacearon las ubicaciones para achicar el número de vencedores.

Varias guerras superpuestas tratan de resolver las jefaturas partidarias como atolondrado primer paso hacia las candidaturas presidenciales. Las peleas por el mando detonan más abajo un cuentapropismo que no mide riesgos y produce graves daños a los votantes del espacio.

En Pro, donde había una competencia abierta entre Macri y Horacio Rodríguez Larreta, se agregó por el camino Patricia Bullrich y, más recientemente, María Eugenia Vidal, que de socia del jefe de gobierno porteño pasó a mostrar un propio proyecto.

El radicalismo empezó celebrando su resurrección luego de las elecciones, pero muy rápido terminó enredado en choques por el protagonismo. Al final, llevaron al Congreso sus diferencias y quebraron su bloque de diputados en dos facciones desiguales con los cordobeses Mario Negri y Rodrigo de Loredo al frente de dos grupos.

El primero había sido derrotado por el segundo en las PASO de su provincia, aunque Negri acumuló dos veces más diputados que su vencedor en la bancada. Todo fue coloreado con un conato entre el porteño Martín Lousteau y el gobernador jujeño Gerardo Morales, que sin embargo una semana después terminaron integrando la fórmula que conduce el comité partidario.

Esa ruptura fue la más sonora en una representación de Juntos por el Cambio que tiene 10 subbloques, toda una tentación para un oficialismo que necesita quebrar voluntades opositoras para hacer funcionar la Cámara baja.

Apenas empezó a sesionar con la nueva composición en Diputados, Juntos celebró un despropósito como si hubiera sido un triunfo. Máximo Kirchner los provocó con un discurso rupturista y uno de los jefes del interbloque, Cristian Ritondo, se engolosinó anunciándole una derrota que consistía nada menos que en quitarle la posibilidad al país de tener un presupuesto.

El hijo de la vicepresidenta acumuló las culpas por ese fracaso, pero Ritondo no vio las consecuencias de cerrar abruptamente la discusión sobre un instrumento que necesitan tanto el Gobierno para administrar como los gobiernos provinciales y, muy importante, como reaseguro para la decisiva negociación con el Fondo Monetario.

Al diputado de Pro y quienes lo empujaron a su maniobra repentista no les bastaba con poner en ridículo al oficialismo mandando el presupuesto a comisión una vez más. Eligieron gritarle el gol en la cara al provocador. Un gusto caro para millones de contribuyentes.

Un arrebato siguió a otro arrebato y la oposición le regaló al Gobierno la posibilidad de acomodar a su arbitrio los números del Estado. Peor, al querer redoblar su apuesta de ganarle votaciones al oficialismo, los bloques de Juntos impusieron una sesión para atenuar la carga impositiva y el resultado fue una derrota que implica más impuestos. El motivo: fueron a la sesión sin tener los votos para volver a ganarle al Gobierno, con el bochorno adicional de no contar con ellos porque un diputado se fue a un casamiento y otra diputada, a pasear a Disney.

La secuencia terminó con una foto de familia por la firma de la eliminación de un pacto fiscal que impedía a las provincias aumentar o crear nuevos impuestos. Más por obligación que por gusto, los tres gobernadores radicales fueron a firmar y a posar en el Patio de las Palmeras como una forma de acomodar el endeudamiento que sus administraciones tienen con la Nación.

Como se puede dar el lujo de no depender de la Casa Rosada, Rodríguez Larreta se asomó para desairar al Gobierno y exponer todavía más a sus socios de coalición. Un enfrentamiento con Morales, el nuevo presidenciable radical, asoma detrás de esos posicionamientos.

El año no había terminado cuando en la provincia de Córdoba, el peronismo de Juan Schiaretti usó a media docena de radicales y macristas para impulsar la legalización de los juegos de azar online. Macri bendijo ese debate que enardeció a todo Juntos por el Cambio cordobés (la fuerza con mayor porcentaje opositor en noviembre) y desató una fuerte réplica del caudillo local, Luis Juez, contra Macri. Se iban a pelear contra Schiaretti y terminaron enfrentados entre sí.

Parecida, pero con una dimensión todavía mucho más importante, es la escandalosa fisura de Juntos en la provincia de Buenos Aires, que avaló el restablecimiento de las reelecciones indefinidas a los barones del conurbano. Para defender la ambición de media docena de intendentes propios, incendiaron el valor republicano de la alternancia en el poder.

Unos detonaron sin querer aumentos de impuestos cuando habían prometido bajarlos; otros se unieron al peronismo kirchnerista para darle el gusto de atarse a los cargos.

No hay mejor manera de terminar tan mal algo que parecía caminar tan bien apenas dos meses atrás.

* Para La Nación

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