La disyuntiva del Presidente: ¿y si Argentina gana el Mundial y tiene que mirar a Macri por TV festejando con Messi?

POLÍTICA Por Fernando Gutiérrez*
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Debe haber sido uno de los momentos más difíciles para los asesores de Alberto Fernández: la disyuntiva entre aceptar o rechazar la invitación para asistir a la final del Mundial en Qatar implica una gran cantidad de factores políticos, mediáticos y emocionales, justo cuando la población argentina está hipersensibilizada.

Por un lado, para el Presidente supone la oportunidad única de ponerse al frente del relato épico del país que resurge de un período de sufrimiento. Y también, claro, la posibilidad de encarnar uno de los pocos motivos de celebración unánime en un país donde la "grieta" contamina todos los aspectos de la vida cotidiana. Pero también implica varios riesgos de "efecto boomerang".

En los últimos días, la comunicación presidencial evidenció el esfuerzo por asociar los logros de la gestión gubernamental con las victorias de la selección de fútbol. Como es tradicional, las publicidades en las transmisiones televisivas de la TV pública están plagadas de spots que difunden obras públicas y avances en diversas áreas, con un inconfundible tono de triunfalismo deportivo.

Y el propio Alberto Fernández no pudo resistirse a usar metáforas futboleras, como en el acto junto a investigadores del Conicet, al inaugurar obras del Instituto de Física y el Centro de Química Inorgánica en La Plata.

"La Selección argentina nos está enseñando que se gana en conjunto, cuando sentimos la camiseta como ustedes sienten el guardapolvo del Conicet. Como nos enseña la Selección, el secreto es jugar en equipo y sentir la camiseta. Es increíble el orgullo con el que las y los científicos sienten el guardapolvo. Para ser dueños y artífices de nuestro propio destino, el camino siempre es unidos", dijo el Presidente, justo cuando el interrogante del día era si se sumaría a la final como espectador privilegiado.

La situación hizo recordar al antecedente más cercano de la Selección argentina en una final, la del mundial Brasil 2014, cuando Cristina Kirchner era presidenta. Ella decidió no asistir al partido Argentina-Alemania junto a sus colegas Dilma Rousseff y Angela Merkel, pero no por eso renunció a hacer uso político del mundial. Sobre todo, por la campaña publicitaria que buscaba equiparar la contienda deportiva con la pelea que en ese momento Argentina mantenía con los "fondos buitre".

Una vidriera global irrepetible

Claro que la tentación por sacar rédito político del deporte no se trata de una particularidad argentina. En los 92 años de historia de los mundiales de fútbol, no ha habido gobernante que se haya resistido a compartir el podio con los ganadores, en un intento por contagiarse de la popularidad de la popularidad jugadores.

Y esta vez Alberto tiene por delante una de esas oportunidades que sólo se le presentan a unos pocos privilegiados: ser presidente del país que disputa la final. Y, si todo sale bien, estar en la ceremonia para entregar la copa al capitán de la Selección. ¿Cuántos mandatarios quisieran recibir semejante honor en el evento más televisado a nivel mundial?

Ahí está la otra gran tentación: la súbita popularidad global. Aunque Alberto Fernández haya participado en las reuniones del G-20 junto a los principales mandatarios, nada es comparable con el evento seguido por más personas en el mundo.

Se estima que nuevamente se romperá el récord de audiencia de la final Francia-Croacia en Rusia 2018, cuando 1.120 millones se sentaron frente a las pantallas a la misma hora. Incluso en los Estados Unidos, donde hasta hace poco era imposible ver los mundiales en vivo -salvo por las cadenas dirigidas a la comunidad hispana-, ahora el "soccer" es el evento récord.

La sola idea de aparecer ante las pantallas del mundo junto a su admirado colega francés Emmanuel Macron y -si todo sale como se espera- poder entregarle la copa a Lionel Messi y darle un abrazo de felicitación debe superar cualquier fantasía de popularidad que el Presidente haya tenido.

Implicaría aparecer en diarios y noticieros de TV del mundo, asociado a un evento positivo. No es poco para un mandatario que en los últimos meses ha intentado denodadamente mejorar su imagen internacional, después de algunos yerros diplomáticos, como el acercamiento a Vladimir Putin justo en la previa de la invasión a Ucrania.

Además, supondría la posibilidad de que su imagen quedara instalada en los lejanos países del sudeste asiático que han sorprendido por el fervor con el que siguieron las instancias de la Selección argentina. No pareció casualidad que el canciller Santiago Cafiero haya anunciado, precisamente en medio del mundial, la reapertura de la embajada en Dacca, la capital de Bangladesh.

El factor Macri

Pero, además de los factores clásicos, en esta final Alberto Fernández tiene otro motivo de peso como para querer asistir y ser protagonista de la final: la presencia de Mauricio Macri, en su rol de presidente ejecutivo de la Fundación FIFA.

Ha sido una situación incómoda para el Gobierno desde el mismo inicio del torneo. Macri ha aparecido sonriente junto a leyendas del deporte, ha jugado al pádel con ex futbolistas y ha sido fotografiado mientras tenía charlas con políticos de la talla de Macron.

Militantes kirchneristas en las redes sociales han intentado instalar una imagen de "mufa" del ex presidente desde la derrota argentina en el debut frente a Arabia Saudita. Es una campaña en la que se han anotado incluso dirigentes de alto perfil, como el diputado Rodolfo Tailhade, que ha subido videos político-satíricos a Twitter.

Pero lo cierto es que la preocupación en el peronismo es grande y vas allá de lo anecdótico. La sola idea de que Macri aparezca junto a un Messi triunfal sosteniendo la Copa FIFA, ante los ojos de Argentina y el mundo, mientras Alberto mira la escena en el televisor de la residencia de Olivos, es demasiado pesada de digerir.

Implicaría no solamente regalarle el protagonismo al líder de la oposición sino arriesgar a que reciba una corriente de simpatía que mejore sus chances electorales. Todavía no está claro qué sitio ocupará Macri en el estadio Lusail, pero es posible que se ubique en el palco reservado a las autoridades de FIFA, lo que implica que estará lo suficientemente cerca de la ceremonia de premiación como para salir en la foto.

Riesgos: la derrota deportiva y el efecto boomerang

Con todos esos elementos en consideración, parece inevitable pensar que cualquier asesor le habría aconsejado al Presidente volar a Qatar y ocupar un rol protagónico en el evento más popular del mundo.

Sin embargo, hay también poderosos motivos como para pensar que la decisión más sabia es esperar en casa el resultado de la final. El primero de ellos es la situación económica: para un país en crisis, con inflación de tres dígitos y con índices crecientes de pobreza e indigencia, los viajes presidenciales siempre suponen un riesgo de despertar el malhumor social.

Es ahí donde reside el mayor peligro de "efecto boomerang": para quien está pasando un mal momento personal, ver al Presidente en el palco del estadio Lusail no necesariamente puede ser un facto que potencie el rechazo a "la casta política".

Es el pensamiento que aparentemente ha prevalecido en el entorno presidencial, donde deslizan que "no es el momento indicado" para el viaje.

Por otra parte, Alberto viene de un episodio de salud y él mismo ha dicho que los médicos le pidieron que limitara los viajes a lo estrictamente necesario. Con lo cual, un largo vuelo a Doha daría un mensaje contradictorio.

Además, aunque sea obvio mencionarlo, está el riesgo deportivo: si Argentina pierde, el presidente podría transformarse súbitamente en la cara de la derrota.

Como saben todos los actores que han sido nominados a un premio y luego no ganan, mientras su rostro en primer plano es implacablemente tomado por las cámaras de TV, no resulta fácil poner "cara de poker" en esas circunstancias. O, para decirlo en términos electorales, hay una máxima entre los dirigentes políticos argentinos, que Jorge Asís suele recordar en sus crónicas: "Lo malo no es la derrota sino la cara de boludo que te queda".

Lo mismo puede traspolarse al fútbol. La eventualidad de que tener que dar la cara tras una derrota, y de ser él quien deba felicitar a Macron no causa ninguna gracia en el Gobierno.

Peor aun, la posibilidad de que se le endilgue al Presidente el hecho de ser "mufa" y haber sido "artífice" de la derrota. Los futboleros recuerdan que durante muchos años esa fama persiguió a Carlos Menem, "acusado" por de traer mala suerte a las selecciones nacionales de diversos deportes. Para colmo, en ese caso Alberto le estaría haciendo el favor al propio Macri de liberarlo de la condición de "mufa" que el peronismo quiere instalar.

Pero, en el plano más propiamente político, hay otro riesgo mayor: que el público se muestre hostil. A fin de cuentas, los más de 40.000 argentinos que pudieron costearse el pasaje y la entrada para estar presentes en Doha -y que han renegado contra las limitaciones del cepo cambiario- no parecen coincidir con el perfil del militante peronista -más allá de algunas figuras mediáticas que viajaron a Qatar-. Más bien, al contrario, no cuesta mucho imaginarlos en los "banderazos" de protesta contra el Gobierno.

Si la Selección gana, el sentimiento de algarabía y orgullo nacional se impondrá sobre cualquier diferencia política. Pero si la Argentina pierde, ¿quién garantiza que desde la hinchada argentina no surjan abucheos que le hagan pasar un momento incómodo a Alberto?

Y, finalmente, hay otro factor inmanejable: la reacción de los propios jugadores. Algunos de ellos, como Emiliano "Dibu" Martínez, dijeron que su mayor satisfacción era darle alegría a un pueblo que estaba sufriendo por la crisis económica. La posibilidad de que ese sea el mensaje que se generalice, y que sea verbalizado justo al lado del Presidente, se transformaría en un momento de alta incomodidad política.

* Para www.iprofesional.com

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