


Es 26 de marzo de 2018, bajamos del avión de Andes, puesto a disposición por el señor Eduardo Eurnekian. Estamos pisando, para muchos de nosotros por primera vez, el suelo de las Islas Malvinas, en la base militar inglesa Mount Pleasant y tras los trámites de rigor nos acomodamos en el ómnibus que nos conduce hacia el cementerio de Darwin donde descansan los caídos en la guerra, nuestros héroes. Es el primer viaje en el marco del Plan Humanitario que permitió el reconocimiento de quienes estaban identificados como “Soldado argentino solo conocido por Dios”.
Geoffrey Cardozo está a mi lado y me cuenta con lujo de detalles lo difícil que le fue cumplir con la misión que se le encomendó de encontrar un lugar para el cementerio argentino. Como siempre, sus ojos brillan iluminando e iluminándonos cada vez que recuerda. Su decir es un respetuoso homenaje constante y un agradecimiento por lo que le tocó vivir.
Ya aproximándonos al cementerio, cuando el camino se hace angosto y una flecha pequeña apenas nos indica la dirección a seguir, María Fernanda Araujo, en aquellos días presidente de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur (hoy Diputada Nacional), se levanta de su asiento ansiosa por llegar y ser la primera en bajar y correr a reencontrarse con su hermano, el soldado Elbio Araujo, caído el 11 de junio de 1982. Son 36 años de incertidumbre, falsas informaciones y silencios cómplices que llegan a su fin. Su cuerpo integra el grupo de los primeros 90 héroes identificados en la primera etapa del Plan Humanitario.
Interrumpo a Geoffrey y me cambio de ubicación. Ocupo el lugar dejado por María Fernanda y sentarme junto a su mamá, María del Carmen Penón, que mira hacia adelante con la calma que le es propia dispuesta a vivir el momento que había soñado cada día durante aquellos años. No hay enojo en su rostro, tampoco tristeza, sino la satisfacción por lo hecho, por lo vivido, por la entrega a una causa que la superaba a ella, que era de y para todos. El mismo semblante feliz, de admiración y agradecido cuando al recibir el informe detallado sobre la identificación de su hijo, el estado en que estaba su cuerpo y recuperar sorprendida los objetos que entre sus ropas se encontraron, beso las manos de la profesional que había realizado la exhumación. Sintió así que volvía a acariciar a su hijo.
Fue ella, después de muchas conversaciones y superar miedos lógicos por la desconfianza que el Estado argentino le había generado, quien dio el paso final permitiendo que el Plan Humanitario entrara en su etapa más importante: la toma de pruebas de ADN que posibilitaron la búsqueda y luego exhumación de los cuerpos. Fue ella junto a un invalorable grupo de hombres y mujeres que aquellos días de 2017 dieron el consentimiento que tanto se necesitaba.
El ómnibus detiene su marcha, María Fernanda como tantos otros, hermanos, hijos y familiares, los más jóvenes, corren en búsqueda de la tumba con el nombre de su héroe. Quedamos últimos con María del Carmen que me da el honor de caminar juntos tomados del brazo. Lo hacemos lentamente para que nada se escape de nuestra vista. Llegué con ella hasta a la tumba. Fui testigo de ese abrazo con María Fernanda, la vi arrodillarse sobre la placa, acariciar una y mil veces el nombre de su hijo. La escuché agradecer y me avergoncé. Como no hacerlo si eramos nosotros, la sociedad toda, los que estábamos en deuda con ellos y porque sabemos que jamás habrá manera de agradecerles a todas las madres lo que han hecho, el ejemplo que nos han dado. Tampoco se podrá agradecer nunca a los soldados, a los que cayeron y los que volvieron, a los que no pudieron seguir con sus vidas y los que dan testimonio y mantienen la llama de la memoria.
Como dije muchas veces, aquel día en que el sol brilló a pleno en Malvinas y el viento se detuvo hasta la hora de regresar, junto al abrazo de todos los familiares y las emociones compartidas, allí en el cementerio de Darwin brilló la vida.
Hoy conmemoramos un nuevo aniversario de la guerra del Atlántico Sur, recuerdo muy bien aquellos días terribles 43 años atrás. Soy de la generación de los soldados de Malvinas.
Poco tiempo antes había concluido mi servicio militar obligatorio y participé de la movilización por el conflicto del Beagle, y como a todos los argentinos Malvinas impacta, nos involucra, y nos vuelve a interpelar, por lo que hicimos como sociedad, por lo que callamos, negamos o fuimos indiferentes y por lo que debemos realizar en el plano político, diplomático y educativo.
María del Carmen falleció hace muy pocos días. Es el primer 2 de abril que estará junto a su hijo Elbio y los 649 caídos por quien junto a tanta gente bregó. Con ella son muchas las madres que ya no están como también veteranos. El paso del tiempo es inefable.
La guerra de Malvinas, como cada tragedia de la humanidad, es un universo infinito, inacabable de historias, experiencias, emociones y actores. Por eso es nuestra obligación no ser indiferentes, no permanecer ajenos.
Con estos recuerdos que llevo grabados muy profundo en mi alma y el corazón, con el agradecimiento eterno de haber trabajado con gente tan valiosa y haber sido parte del Plan Humanitario, me sumo humildemente a la enorme cadena de homenajes que a lo largo y ancho del país se llevarán a cabo. Honor a las madres y padres, honor a los caídos, honor a los veteranos. Honor y memoria. Siempre.
* Para www.infobae.com




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