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El enojo más el miedo, las causas profundas del triunfo de Milei

OPINIÓN 20 de noviembre de 2023 Por Claudio Jacquelin*
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No hubo milagro para el oficialismo. Hubo una ola de votos para Javier Milei, que arrasó con la magia de Sergio Massa. No fue el enojo contra el miedo. Fue el enojo más el miedo. 

Los más de 11 puntos porcentuales que separaron al candidato de La Libertad Avanza del oficialismo expresan el enojo de una mayoría social con la sucesión de fracasos de los últimos años y la desastrosa situación económica más el miedo a que se premiara o se perpetuara una forma de hacer política y de gobernar. Rechazo y temor a que todo siguiera igual o agravando las necesidades de la sociedad. Fin de ciclo. ¿Nueva era? Eso auguró el nuevo presidente electo. 

El abrumador triunfo del candidato de la Libertad Avanza y la derrota del peronismo unido, que hizo la peor elección de su historia, son algunas de las grandes certezas dejadas por este balotaje. Un resultado que, al mismo tiempo, abre innumerables preguntas.

La elección de ayer es más la consecuencia de la crítica situación del presente y de los fracasos acumulados durante más de una década que una apuesta cierta y convencida hacia el futuro de la totalidad de sus votantes. El rechazo de lo conocido (y padecido) se impuso a la incógnita o el horror a lo desconocido. Un cambio absoluto, sin red, que Milei interpretó y encarnó mejor que ninguno de los rivales que tuvo en este larguísimo proceso electoral.

Se trata de un mundo por construir que el presidente electo, en su discurso triunfal, no reveló ni bocetó cómo será, en un escenario que ni siquiera compartió con el que podría ser su equipo de gobierno. Más incógnitas, a pesar de que no tiene mucho tempo para postergar esas definiciones. Aunque dijera, con cierta razón que hasta el 10 de diciembre todo es responsabilidad del actual gobierno que todavía preside el ausente Alberto Fernández y del que sigue siendo ministro Massa.

A Milei le corresponde construir confianza y proveer de certezas a los argentinos y dar señales al mundo. El devenir de la economía, el comportamiento inmediato de los mercados y la paz social también desde ahora dependen de él en la corta transición que se acaba de abrir.

No será una tarea fácil. En apenas dos años, sin un partido político estructurado, sin bases territoriales, sin equipos técnicos consolidados, sin haber liderado antes grupos de trabajo, sin una construcción política, sin un programa preciso, Milei llegó a convertirse en el presidente de la Nación que obtuvo la mayor cantidad de votos absolutos de la historia nacional, después de haber logrado en la primera vuelta solo el 30% por ciento de los sufragios.

El futuro ya llegó y no se parece a nada de lo conocido. De la televisión y las redes sociales a la presidencia sin escalas. Sin mediaciones. Excéntrico por donde se lo analice. En lo personal, en lo político y en lo económico. Incierto por donde se lo escrute.

Lo del candidato de La Libertad Avanza (LLA) ni siquiera puede equipararse con otros casos internacionales como los de Jair Bolsonaro, en Brasil, o Donald Trump, en Estados Unidos, que ya tenían una trayectoria en la política o un partido establecido detrás. Aunque Milei se referencia en ellos. Lo suyo solo puede asemejarse a la irrupción de Nayib Bukele, en El Salvador. Pero ocurre en un país muy diferente, que hasta ahora tenía un sistema político establecido y consolidado, que no había colapsado.

Voto multidimensional

Difícil será comprenderlo si no se asume que el voto no tiene una sola dimensión, que en un balotaje pesa tanto (o más) el rechazo al otro como la adhesión al que se vota.

Por eso, Milei aumentó en un 82 por ciento su caudal de adhesiones, al sumar 6.574.300 votos, de la primera vuelta al balotaje. Por eso, puede concluirse que se equivocó Massa en su discurso de aceptación de la derrota, cuando dijo que la mayoría había votado por otros ideales, valores y políticas contrarias a los que él y su espacio decían representar y defender, como causa excluyente de su fracaso electoral.

Es una forma de no aceptar los errores o las falencias propias y las causas del voto de rechazo. Una manera de no admitir la falta de soluciones a los problemas del país después de que la fuerza que él integra gobernara 16 de los últimos 20 años.

Es otra negación que permite explicar la ola que lleva a un outsider extremo, como Milei, de la calle a la Casa Rosada. Porque no todos los que lo votaron ayer coinciden con todas y cada una de sus posiciones más extremas en materia de derechos humanos, individuales, laborales y sociales, por ejemplo. Ni adhieren a su irascibilidad o intolerancia con los que piensan y opinan distinto.

No todos los que votaron al binomio de LLA niegan la violación sistemática de los derechos humanos durante la última dictadura militar o el cambio climático producido por la acción humana que él y la vicepresidenta electa, Victoria Villarruel, han manifestado en los dos años que llevan de participación en la vida política. Tampoco todos quieren la desaparición del Estado ni propician una libertad absoluta reducida, casi exclusivamente, a la dimensión económica. Aunque sí la mayoría quiere menos intervención discrecional de los gobernantes y agentes estatales en su vida, no solo económica.

El apoyo masivo que ha tenido la ampliación de derechos en tiempos muy recientes, como la sanción de la ley de interrupción voluntaria del embarazo, es un ejemplo de la heterogeneidad de una sociedad que ayer mayoritariamente votó por alguien que está en contra. Hay más matices que lo que los polos representan. Eso está en la naturaleza de las segundas vueltas.

Lo que sí querían quienes pusieron su boleta en la urna era un cambio. Profundo. No el cambio de la continuidad que Massa y Agustín Rossi representaban.

Estará en la habilidad de Milei sintetizar esas posiciones y demandas diversas de cambio, resolver las contradicciones y construir una base sólida para tener gobernabilidad y construir legitimidad de ejercicio.

Aunque anoche el presidente electo no permitió saber tampoco cómo hará esta amalgama que necesitará para gobernar, ya que volvió a ratificar sus dogmas y ofrecer un contrato de adhesión a sus ideas sin precisiones ni discusión.

La condición de minoría absoluta de su espacio en las dos cámaras del Congreso, la ausencia de gobernadores e intendentes de su espacio, así como las urgencias que existen en materia económica financiera requieren de una construcción de apoyos urgente. La concreción de su propuesta de una terapia de shock estará sujeta a la construcción de esa base de sustentación que los 14 millones de votos no le aseguran automáticamente ni auguran una tolerancia ilimitada a sus consecuencias.

El resultado del balotaje obliga a hacer una interpretación precisa y a no asumirlo como un plebiscito.

Es por sobre todas las cosas un signo de los tiempos. La construcción de burbujas de sentido autoexplicativas y autosatisfactivas, que las redes sociales generan y potencian y en las que se reafirman visiones y creencias sin que sean penetradas o contrastadas con ideas distintas favorece estas construcciones, pero la realidad es más compleja.

Como señalan varios analistas y académicos, fue el fruto de “la primera elección algorítmica de nuestra historia”. Las certezas y convicciones que se construyen en esos espacios tienden a ver una parte, la propia, como el todo. Y a confundir certezas relativas con verdades absolutas hasta que son confrontadas con los hechos.

El búmeran del miedo

Eso mismo es lo que le dio sobrevida y, también, llevó a la derrota a un kirchnerismo inmune a los cuestionamientos e incapaz de asumir errores o fracasos. Un oficialismo que creyó que le alcanzaría con potenciar los aspectos negativos de su contrincante. Con una campaña del miedo más que con resultados para mostrar, propuestas creíbles y autocrítica por los errores cometidos.

Al final, quedó claro que esa estrategia, así como la autosuficiencia, por momentos rayana con inclemencia, con la que Massa afrontó los debates presidenciales, o el uso, abuso y dilapidación de recursos del Estado para hacer campaña hasta profundizar los desequilibrios financieros no le rindieron ningún fruto sino es que le jugaron en contra al candidato oficialista.

La utilización del miedo fue un búmeran. También muchos argentinos sintieron temor a su ascenso del Ministerio de Economía a la Presidencia. El paso de un poder acotado al poder inmenso que da la primera magistratura en un país presidencialista era para muchos también un atemorizante salto al vacío.

Lo presagiaban las encuestas realizadas durante la última semana. Y lo confirmaron los resultados en el interior del país. Salvo Buenos Aires, Formosa y Santiago del Estero, todas las provincias le fueron adversas a la fórmula peronista. Tan elocuente como ese hecho es que en el bastión perokirchnerista (el territorio bonaerense) Massa y Rossi hayan ganado apenas por un punto y medio.

El peronismo entra en una etapa que se asemeja más a la que sobrevino a la derrota de 1983, que a la de 2015 contra Mauricio Macri, mientras que el kirchnerismo afronta un ocaso mayor al imaginado por sus creadores.

Otro tanto ocurre con Juntos por el Cambio, cuya fractura se oficializó con el vital e inconsulto apoyo que Mauricio Macri y Patricia Bullrich decidieron darle a Milei apenas 48 horas después de la ominosa derrota en la primera vuelta. Ellos ahora festejan su decisión y se ilusionan con poder ser parte del nuevo gobierno. Aunque nada está asegurado y tampoco el presidente electo les dio señales al respecto después de su triunfo. La burbuja del libertario sigue siendo impenetrable para la mayoría, incluidos sus adláteres y socios.

En tanto, quienes resistieron la adhesión sin condiciones a Milei, entre los que se encuentran los amarillos Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal y la mayoría de los radicales, a excepción de los mendocinos y poco más, tramitan su desconcierto y perplejidad. Su futuro es una incógnita mayúscula.

Esta reconfiguración del mapa político en proceso puede ser una oportunidad para que el presidente electo construya su base de sustentación. Aunque está urgido a concretarlo y quienes lo conocen saben que la ampliación y búsqueda de consensos no está entre sus cualidades. Si no lo logra rápido, los derrotados de hoy serán la resistencia de mañana (en sentido literal).

Ya lo anticipó el vencido Massa, al anunciar que le pedirán resultados con el desparpajo que puede darle haber llegado hasta a esta instancia a pesar del fallido desempeño como ministro de Economía. que deja una inflación de casi el 200 por ciento y a más del 40% de los argentinos en la pobreza.

De todas maneras, menos importa lo que pueda exigirle una dirigencia política reprobada y derrotada por un advenedizo, que lo que espera y demanda una sociedad harta de la agonía sin fin que padece.

Se trata de una sociedad que sale de este proceso electoral mucho más dividida de lo que entró. Que vive una grieta profudizada en sus bases más aún que en la superestructura dirigencial. Y ya se sabe que Las lunas de miel son cada vez más cortas para los nuevos gobiernos. Otro signo de los tiempos en los que se espera y exige satisfacción inmediata.

El presente es demasiado desafiante. Y el futuro ya llegó, pero todavía queda mucho por ver. El mensaje divisivo que a Milei lo llevó hasta el lugar que hace apenas dos años no podía imaginar no es una garantía de éxito para lo que deberá afrontar y resolver.

Anoche dejó de ser el candidato y ya es el presidente electo. A la motosierra tendrá que sumarle otras herramientas más constructivas. El enojo no tiene destinatarios excluyentes y las causas que lo alimentan no están resueltas.

* Para La Nación

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